Vernazza, 27 de mayo
Llovía a cantaros, las excavaciones estaban abandonadas porque todos se refugiaban en las casas, solo una chica estaba bajo la lluvia, escondiendo sus lágrimas con las gotas. Gardenia estaba absorta, lloraba porque se sentía como una verdadera tonta, toda la noche soñó con Wendell, ella llevaba el cabello suelto y él jugaba con los mechones más cortos y como había pasado en su picnic se había acercado para besarla, pero ella despertaba allí, como si su cuerpo le recordara de que ella le rechazó, los amigos no se aprovechaban de esa situación, en ese momento le consideró amigo, y como él se estaba portando la hacían considerar más su dimisión, quería estar con él, y después de haber sentido sus manos tan cerca, quería sentirlas por más tiempo, empezó a considerar el hecho de “ser Cleopatra” y posiblemente llegar a ser la amante de su jefe.
Wendell observó la lluvia a través de la ventana de su estudio, la intuición le dijo que debía salir y, tomando un paraguas bastante grande, cruzó las puertas y salones de la casa para irse al jardín. La observó sentada en una de las fuentes, el vestido que usaba ni siquiera era de ella, lo sabía, el color vivo del turquesa lo delataba, se acercó y pudo notar que ella había estado llorando ¿Por qué siempre lloraba? –Otra vez bajo la lluvia, Gardenia, por favor. –Se acercó con el paraguas y la cubrió del agua que caía, ella temblaba de frío y él la abrazó, ella se inundó con el calor que salía del cuerpo de Wendell. –Entra, te vas a enfermar, ya estas fría. –La tomó de la mano y la condujo dentro de la casa. Iba con la mirada gacha y las mejillas pálidas.
-Gracias Wendell. –Estornudó y se encogió un poco por el frío. No soportaba verla así de desdichada, seguro lloraba porque ya quería irse, irse muy lejos y comenzar a vivir.
-Tómate el día libre Gardenia, necesitas descansar. –Suspiró. –Mandaré a tu dama de compañía a que te atienda. –La condujo de la mano por los pasillos hasta llevarla a su habitación, ella se cambió sus ropas mojadas cuando él salió para después meterse en la cama. Él volvió a los minutos con un té para ella, lo sirvió y lo dejó en la mesita de noche al lado de su cama.
-Wendell. –Lo llamó antes de que saliera. Él se giró y se sentó al lado de ella en la enorme cama. –Tengo que preguntarte una cosa.
-Sí, Gardenia. ¿Qué se te ofrece? –Su voz estaba cargada de pesar, sea lo que sea, que una mujer le dijera que tenían que hablar o que quería preguntar algo era presagio de cosas malas.
- ¿Por qué? Se supone que te odio. Pero me tratas con caballerosidad y… me preocupa que solo sea hipocresía de tu parte, que en realidad no me aprecies, que solo lo hagas para conservarme aquí trabajando.
-Tú me odias por motivos que no conozco, pero yo no te odio, te trato bien pues… no lo sé, pero no es por el museo ni la excavación, me agradas. Descansa, espero que puedas ir a nuestra cena de hoy. –Le dedicó una sonrisa sincera y se fue a su estudio a trabajar, Gardenia tomó el té de la mesita y lo bebió lentamente, se refugió bajo sus sabanas y pronto se quedó dormida.
Wendell en su estudio no se concentraba ni en una sola carta, al comenzar a leer a alguna para firmarla o escribir una respuesta, venía a su mente Gardenia, bajo la lluvia, la primera noche que la vio y en esa mañana, ¿Por qué lloraba? Se dio cuenta, sus ojos estaban rojos e hinchados. Quizás sería mejor preguntarle y ya la pregunta llevaba rondándole en la cabeza por horas, se levantó de su mesa dejando los documentos que debía revisar y fue hasta la habitación de Gardenia, al llegar, tocó la puerta de madera que daba paso a su habitación. – ¿Gardenia? –Repitió tocar pero nadie respondía, el honor le decía que no podía entrar en la habitación de una dama pero su corazón le comenzaba a dictar otra cosa, abrió la puerta y entró, la muchacha dormía plácidamente acurrucada, sus pies descalzos y su cabello suelto cayéndole por la cara. Se acercó sonriendo y quitó los mechones de su rostro ovalado. – ¿Por qué siempre lloras? –Susurró.
La muchacha se removió despertándose, sonrió al ver al hombre que una vez amó a su lado. – ¿Buenos días? –Rió y se desperezó. – ¿Se me olvidó despertar y la cena?
Wendell rió mordiéndose el labio. –No, para tu suerte. –Se levantó de la cama dejándola levantarse. –Ya son las siete de la noche señorita.
- ¡DIOS MIO! Ya es tarde… Nuestra cena. –Al decir esto rápidamente se retractó y se sonrojo. –Lo siento yo… me dormí.
Le cubrió la boca con un dedo. –Si te sientes mal puedes quedarte a descansar, pero si quieres venir, seré feliz de escoltarte hacia el salón. –Acarició sus labios antes de soltarla.
-Además olvide la lección de baile. –Por instinto se mordió el labio, aun sintiendo las manos de Wendell sobre ellos.
-Después de la cena y de un breve paseo, comenzaremos tus clases. –Sonrió. –No quiero que fracases en sociedad. –Se levantó de su lado y fue hasta la puerta. –Gardenia, te espero afuera, de verdad quiero ser yo quien te escolte.
-Wendell… -La vio algo nerviosa cubrirse con su camisón, su cabello suelto y sus ojos verdes sin ningún cristal que los opacase.
-Sí, ¿Qué sucede Gardenia?
- ¿Quiénes nos acompañan hoy? –Ella se mordió el labio nuevamente buscando sus lentes en la mesita, se los colocó para poder observarle mejor. –Es que… tengo vergüenza de mostrarme frente a los señores Benjuí, por la forma en la que me excusé la otra noche.
- ¿Hoy? Nadie, los señores Benjuí estarán en el recital de su hija Jane, la cena de hoy es para nosotros. Solo tú y yo.
Se sonrojó al oírlo, movió sus ojos nerviosa y jugó con sus dedos. –Eso… es… inesperado. Te veo afuera. –Lo vio salir de su cuarto y tras rebuscar entre su ropa, se decidió a usar un vestido color crema bastante cubierto, solo quedaba ceñido debajo de su cintura mostrando su figura. Decidió dejar suelto su cabello, quería fantasear y sentir de nuevo la mirada de Wendell sobre ella. Salió de su habitación y tomó el brazo que él le tendía y juntos, bajaron al comedor.
Comieron en silencio, solo unas pocas miradas se dedicaban para luego sonreír, Gardenia se sentía anonadada, tanta ternura de parte de Wendell la hacían creer que iban de forma hipócrita, él solo la quería para acabar la excavación.
-¿Por qué Wendell? ¿Buscas tentarme con todo esto? –Jugó con su puré de papas y su filete a medio terminar. –Dices que te agrado, pero todo es para que me quede ¿Cierto?
-Te seré honesto, sí, quiero tentarte, pero si después de todo decides irte no te voy a decir que no, solo tengo unas cuantas semanas, y me he dado cuenta de lo valiosa que eres.
- ¿Para tu excavación? –Rió. –Porque eso es de lo único que hablas. La excavación, el museo. ¿Por qué son tan importantes para ti?
-Mucho más que eso, eres divertida, y me he relajado mucho conversando contigo en los últimos días. Y sí, es importante, es mi distracción más grande, cuando estoy allí no soy un duque, solo soy un fanático de la historia. –Sonrió. –Un hombre fanático de la historia.
- ¿Cómo me tentarías? –Lo miró y sin darse cuenta ya estaba mordiéndose el labio en una actitud coqueta. Había cambiado el tema nuevamente, él alzó la mirada para verla.
Se dio cuenta de ese movimiento, sus dientes atrapando la carne de su labio inferior. –Tentar se trata de darte lo que quieres pero que no puedes obtener fácilmente, no por tus medios. –Sonrió desatándose un poco el nudo de la corbata – ¿Qué quieres Gardenia? ¿Quieres que recite poesía o quieres pasear por la casa? Podría tocar el piano para ti, enseñarte a cabalgar. –“Besarte”, pensó. –Es algo muy sencillo, tú pides, yo ofrezco. Y siempre hay un precio que pagar.
-Es de noche como para cabalgar señoría. –Y no se lo imaginaba recitando poesía, para decirlas debías creer en el amor y él en especial no creía. “Hay quienes piensan que un status social y un heredero son suficientes razones para casarse con alguien que haría lo que fuera por nadar en la abundancia…” Azucena ya se lo había dicho, estaba casi segura de que hablaba de Wendell, él no creía en el amor y quería casarse por conveniencia.
-Elige entonces, sino seguiré pensando que eres un misterio. –Tomó un poco de vino de su copa aun observándola. –Hay mucho que saber de ti, ¿Por qué eres quién eres? Y sobre todo ¿Quién eres exactamente? –Gardenia agachó de nuevo la mirada hacía su plato jugando con su filete. Se acomodó los lentes y volvió a alzar el rostro.
-Escuché decir a Fiorella que usted posee un invernadero. ¿Qué le dice eso de mí?
-El invernadero… –Pensó unos momentos. –Me dice que te gustan las flores. ¿Quieres flores? Tengo muchas más de las que puedas imaginar.
- ¿Ves como no soy un misterio? –Bebió de su copa mirándolo un poco enojada. –Y no es misterio, a las damas le gustan las flores. A todas, me atrevo a decir.
-A otras les gusta el dinero. –Pensó en Anastasia, en Rosaura, en cada mujer que había conocido y eran amantes de las joyas, la abundancia, los objetos caros y valiosos, en comparación con Gardenia, diferían muchísimo.
-A mí no, se lo aseguro, no soy chica de dinero. –Dejó su plato de lado. –Ya no tengo hambre.
-Si gustas, podemos ir al invernadero ahora. –Se levantó de su silla y fue hasta donde ella ofreciéndole su brazo. Ella lo tomó y comenzaron a caminar uno al lado del otro, dejaron el comedor y salieron de la casa ducal. –Pensé que ya habrías visto el invernadero.
-No, siempre estaba metida de cabeza restaurando antigüedades para mi jefe tirano.
-¿Soy un tirano? –Comenzó a reír. –Gardenia, sé que lo dices en juego. Dime que es un juego, ¿Yo un tirano? Nada que ver.
-Hablo en serio. –La risa de Wendell era tan contagiosa que ella comenzó a reír casi de inmediato. –Siempre me mantenía trabajando y aunque me agradecías no lo hacías de corazón.
- ¿Quién dice que no era de corazón? Tu trabajo siempre fue estupendo, me quitabas una carga de encima en relación al museo, sabía que podía dejar cualquier cosa en tus capaces manos y lo ibas a reparar con exquisitez devolviéndole su brillo original. –Aquellas palabras hicieron sonrojar a Gardenia. ¿De verdad lo creía? –Y, te diré algo… Un secreto.
- ¿Otro secreto más señoría? –Rió, Wendell se acercó a su oído como si fuera a contarle algo importante en susurros.
-Sí, soy tirano porque… soy un duque. –La risa de Gardenia lo hizo sonreír, ella lo empujó suavemente, estaba bromeando con él.
-Oh por favor, eso no es un secreto. Wendell, eso lo sabe cualquiera. Tirano, egocéntrico, con complejo de Dios.
-Sí, estoy acostumbrado a que sigan mis órdenes, y a ganarme el respeto, pero el tuyo nunca lo tuve, eres independiente. –La soltó para abrir las puertas del enorme invernadero, tan grande como la casa ducal, inmensas variedades de flores y plantas habían dentro, con una fuente justo en el centro.
-Tienes un pequeño Edén aquí. –Se acercó a las rosas, las margaritas y demás flores que conocía. –Es precioso.
-Podrías comer piñas en el desayuno. –Ella lo miró extrañada y alzó los hombros.
-No sé qué es una piña.
-Ven entonces. –La llevó a un extremo del invernadero y le mostró la planta que crecía cerca del suelo, con una gran fruta que tenía pinchos como corona.
-Vaya, nunca la había visto. ¿Es tropical? No parece ser de estos lugares.
-Sí, así es Gardenia, y si te quedas el suficiente tiempo, podrías probar los higos.
-Ya los he comido, un par de higos no me tientan. –Volteó a ver una flor que estaba cerca de la fuente, era como blanca, pero también era amarilla y rosada. –Es preciosa.
-Te agradezco. –Cortó la flor y la colocó en su cabello. –Gardenia, yo te agradezco por todo lo que haces.
- ¿Qué? –Lo miró confundida mientras se dejaba acariciar por él. –No entiendo.
-Es una dalia malva, significa gratitud. Y te la doy porque te agradezco por todo este tiempo que has dado aquí, has hecho buen trabajo.
-¿Todas las flores poseen significado? –Vio la flor con delicadeza y aspiró su aroma. –Yo quiero saber ¿Qué otras hay?
-Sí, hay las que simbolizan pasión, otras dicen cosas feas. –Sonrió.
-¿Con cuál digo que te odio? –Rió escondiéndose tras los pétalos de la flor que tenía en su mano.
-No lo sé. Gardenia ¿Por qué me odias? Yo quiero saber. –Tomó las manos de ella quitándoselas de la cara junto con la flor. –Dímelo.
-Yo… La gente hace tonterías cuando del corazón se trata. No sabría decirte y menos explicarte, si te hubieras enamorado alguna vez, lo entenderías.
-Me enamoré una vez. –Puso en sus manos una azucena. –Corazón inocente.
La chica lo ignoró y fue hasta una flor blanca de esplendido aroma y exquisitez. –Así que hay flores de pasión, de amor y para decir cosas feas. Me has dado gratitud y dijiste que te enamoraste…
-Sí, y dije que tenías un corazón inocente. –Susurró.
Jugó con los pétalos de la flor blanca. –Es bellísima.
-Usas su esencia, y llevas su nombre, creí que la reconocerías.
-¿Gardenia? No me diga que significa algo horrible. –Rió. –Me moriría si dice algo feo.
-Amor prohibido. –Soltó y al escucharlo ella palideció.
- ¡¿QUÉ?! –Las flores cayeron de sus manos, sorprendida vio de nuevo la flor reconociendo que ese era el perfume de la esencia que ella usaba. –La gardenia ¿Significa…?
-Tu nombre, el nombre de la flor, Gardenia, significa “Declaración de un amor prohibido”
Le cayó como balde de agua fría, pues su vida era su nombre, sus padres tenían un amor prohibido y ella llego a sentir algo secreto por Wendell. –Típico de mí, que me guste una flor así. –Dejó a un lado la azucena y la dalia, se abrazó a si misma pues sentía el frío colarse por su cuerpo. –debí darme cuenta.
- ¿Te has enamorado? ¿Por eso quieres irte y casarte? –Ella asintió. – ¿Quién?
-Me enamoré, pero no resultó… no para mi… me enamoré de alguien que está prohibido para mí, que siempre lo estuvo y siempre lo estará, es inalcanzable, y necesito irme porque no tienes idea de cuánto duele. No te odio, solo lo dije porque no soportaba seguir estando en la casa ducal y quería darte motivos para que aceptaras mi renuncia.
-Eso es algo que compartimos. Enamorarnos de alguien que está prohibido. –Suspiró y sonrió. –Es bueno saber que no me odias. Y… que idiota el hombre que no te valoró. –Gardenia se mordió el labio, si tan solo supiera que hablaba de él.