VII - Lecciones de baile

2256 Palabras
Cada noche la soñaba, ya era raro despertarse y encontrarse con una cruda realidad. Gardenia le parecía interesante ahora. Ya habían pasado varios días desde que Gardenia había aceptado cenar con él, no se atrevía a ir al Fuoco por temor a recordar su cuerpo y la lluvia, o quizás debía ir a verla y así se le pasaría la intensa pasión que estaba comenzando a sentir, si seguro si la veía de nuevo se le pasaría. Caminó hasta donde estaba Gardenia trabajando. –Si te distraes leyendo no vas a acabar tu trabajo. –Se quedó mirándola decepcionado, el enorme delantal cubría sus preciosas curvas, ella alzó la cara y le sonrió. -Su hermana me mandó una carta, no va a poder venir, dice que le diga y además me invitó a un baile. –Suspiró y rodó los ojos. –Como si pudiera… -Bueno, ya sabe que le doy permiso para ir a la fiesta. ¿No era eso lo que quería? Y tiene un vestido nuevo, no veo el problema. -Es dentro de tres semanas. –Dijo casi sollozando. – ¿No lo entiendes? No puedo ir. -No veo el problema, te compraste un vestido de gala, puedes ir. Te haces un peinado bonito como los últimos que… -Señaló su cabello en una trenza que descansaba sobre su hombro. –No un rodete, se ve horrible. -No se bailar. –Soltó de repente. –Dios, ¿En qué pensaba su hermana cuando propuso esto? Usted solo quiere verme fracasar. Wendell rió mirándola ¿No sabía bailar? ¿Y qué era eso de verla fracasar? Eso jamás. –No entiendo. Y no pongas palabras en mi boca, jamás he dicho que quiero verte fracasar. Se aclaró la garganta y leyó. –Querida Gardenia, lamento la intromisión en tu vida, pero te quiero ayudar, investigué y supe que tu abuelo es un barón de Inglaterra de la casa de Altramuz para ser más exactos, si podemos hacer que te reconozca entrarás en sociedad mucho más deprisa, en tres semanas hay un baile, y supongo que no sabes bailar, puedes ir a las clases de señoritas en el pueblo, enseñan educación y refinamiento a jóvenes damas, pero si mi hermano se pone de cabeza dura, dile que te enseñe a bailar, de paso, dile que ocurrió algo inminente y no voy a poder ir a Vernazza como lo acordé, espero veros pronto, y que por favor no se preocupe por mí, estoy en buena compañía aquí en Roma. Con amor, Zuce. –Dobló la carta mirando a Wendell. –Ese es el problema, no se bailar. ­-Al contrario de lo que piensas no te quiero ver fracasar. –Rió viendo lo molesta que ella se ponía. –Puedes ir a las clases si quieres, mientras sean en jueves. -No quiero, tengo miedo de que me vean fallar. –Suspiró agachando la mirada. –Yo… no puedo, es imposible que lo haga. Y si te lo pido, no accederás, odias bailar. Estoy destinada a fracasar y a reparar cacharros para ti. –Lo miró con pena. –Ah ¿En que estaba pensando? Jamás voy a lograr hacer más de lo que… -Pero eso es imposible, siempre haces un trabajo impecable. Tú no fracasas en nada. Respira ¿Quieres? Seguro aprendes rápido a bailar. Si te da tanto miedo, yo puedo enseñarte, no odio bailar, odio la consecuencia, te lo dije.   “Nunca comete ningún error, es una maquina”   - ¿Qué quieres a cambio? Sé que dijiste que me dejarías ir, pero no te lo creo, si me enseñas que quieres. -Un mes. –Dijo sin pensarlo dos veces. –Te enseño a bailar y pasas un mes más conmigo. -El baile es en tres semanas, le daré tres semanas, se acerca a un mes, debería estar contento. - ¿Puedo tentarte a que te quedes más tiempo por clases de etiqueta? –Le sonrió. –Sería un maestro excelente, tuve una educación impecable y podría enseñarte mucho. -No, ya leí mucho sobre etiqueta. Tres semanas más Wendell, así poder ir a la fiesta. -Te espero esta noche entonces en el gran salón con el cuarteto de cuerda y tu dama de compañía. –Aunque no lo admitía, estaba deseando poder bailar con ella. - ¿Hana? ¿Para qué? –Su sorpresa lo extrañó, ¿Cómo que para qué? –Es que… -No es muy bien visto que un hombre y una mujer estén a solas. ¿No leíste eso en los libros de etiqueta? –Rió a su costa haciéndola pestañear. –Vamos Gardenia, ¿Por qué no me dice que es lo que sucede? -Pero estamos a solas justo ahora. –Extendió sus brazos e hizo mueca de fastidio. – ¿Lo ve? Estamos solos. Yo no quiero fallar frente a nadie, eso es lo que pasa. Me da vergüenza fallar frente a otro ser humano. -Los músicos son alguien. –Dijo alzando los hombros. –Al menos cuatro alguien. -Ya sé que su presencia no la voy a poder evitar, la música es necesaria. Pero Hana, es prescindible. –Golpeó su palma con la hoja de papel. –Es que no quiero que me vean si me tropiezo o lo piso. -Bien Gardenia, Hana no estará. Tú ganas. –Sonrió, recordaba el consejo de su hermana. “Piensa en lo que ella quiere”. –esta noche enviaré a alguien a buscarte, para que te escolte a donde será tu clase. Ella solo asintió y se lo quedó viendo, no creía que él hubiera accedido a enseñarle, su corazón se aceleró como cuando lo espiaba en las ruinas, se sintió vacía, y sin darse cuenta se le salieron unas lágrimas. –Ya, tonta, ya basta, tú no lo amas ¡NO LO AMAS! –Se limpió la cara con su pañuelo y volvió a meterse de lleno en los frescos que estaba restaurando, se quedó allí hasta entrada la noche, no se había dado cuenta de cuánto tiempo había pasado, tocaron a la puerta y entraron cuando ella indicó que podían pasar. -Su señoría la manda a buscar. –Un sirviente cuyo nombre no sabía se presentó. –Para su clase de baile. Vengo a escoltarle. -Oh, si… ¿Qué hora es? ¿Sabe? –Dejó su mesa y fue al lado del caballero que la escoltaba. Mientras caminaba hacía la casa ducal se dio cuenta de lo entrada de la noche, el cielo nocturno estaba plagado de estrellas y de la costa venía un dulce salado aroma a mar, fresco, caminó apresurada y entró por las puertas de la casa ducal. -Las diez de la noche, el duque la espera. –La dirigió por los pasillos de la casa ducal, subiendo hasta el último piso de esta, le señaló la puerta de una habitación y tras una reverencia se despidió. La muchacha acomodó sus lentes y tocó la puerta, a los pocos segundos Wendell estaba abriendo la entrada a la habitación. –Si viniste. –Le sonrió. –Aquí estamos, bienvenida. -Si ¿Qué es este lugar? –Volteó a ver todo el dormitorio, parecía abandonado con un mapa del imperio romano y marcas de manos pequeñas. -La zona de niños. –Suspiró. Gardenia delineaba los dibujos con sus dedos, estudiándolas. -Entonces la casa ducal no fue hecha pensada en niños. –Tocó una de las marcas de las manos. –Este era tu cuarto ¿Cierto? –Le sonrió. –Aquí estabas. -Sí. –Dijo sin mucha emoción. –Y tienes razón, estas casas jamás son pensadas para criar niños. Nunca. - ¿Por qué aquí? ¿Y los músicos? –Estudió toda la pieza, estaba polvorienta y los muebles cubiertos con lonas, solo la chimenea estaba encendida. –Si te casas, ¿Aquí se quedarían tus hijos? -Dijiste que te daba miedo fallar frente a las personas, así que decidí que bailaremos con esto. –Señaló la pequeña mesa de la esquina con una pequeña caja de música de madera oscura, decorada con perlas negras en la tapa superior. –Primero lo primero. –Se acercó a ella y le comenzó a desatar los nudos del delantal. - ¿Qué crees que haces? –Ella intentó apartarse, pero él no la dejo, acabando por quitarle la pieza. –Tienes que enseñarme a bailar, por eso te doy mi tiempo. –Le recordó con los ojos bien abiertos. -En un baile no lo llevará así que la acostumbro a ello, además, es la pieza más fea que he visto, deje de ocultarse tras ella. -La uso porque es práctica y protege mis vestidos. –Dijo contraatacando, volvía a sacar las garras, un gesto que lo hizo sonreír. -Si sus vestidos lo valieran la dejaría, pero no. Solo llévelo en la excavación, es mi orden. –Puso el delantal al lado de la chimenea. Volvió con la chica y le quitó los anteojos. –En un baile no las llevará, una dama no las lleva a un baile. -Pero no veo, y leí que una dama debe saludar a sus conocidos; si no los veo ¿Cómo los saludo? Además, ¿Cómo bailaré si no veo? –Se excusó y trató de tomar sus lentes, pero el muchacho fue más rápido y la acercó de la cintura, dejando sus caras peligrosamente cerca. - ¿Me ves a mí? –Su mano estaba firme en su cintura y podía sentir su respiración algo pesada por su tacto. La afectaba, a ella le gustaban sus atenciones, lo adivinaba. Sonrojada ella afirmó con la cabeza. –Te veo, Wendell. -Bien, durante el baile a tu pareja es lo único que debes ver. –Subió las manos por el cuello de la chica y comenzó a quitarle el recogido que llevaba - ¿Qué es lo que haces? ¿Sabes peinar a una mujer? –Su piel sentía cosquillas por donde sus dedos pasaban. –Wendell, es la clase de baile más extraña del mundo. -No, no sé peinar a una mujer. –Le puso las peinetas en las manos. –Sostén esto. - ¿Entonces qué haces? –Seguía curiosa sosteniendo las horquillas con las manos, le gustaba sentir las manos de él entre su cabello. -Improviso ¿Te cuento un secreto? –Soltó todo su cabello castaño haciendo que cayera por su espalda, pasó sus manos por entre los mechones y quedó inundado el lugar con un aroma a gardenias y rosas. -No sé porque te preocupa mi cabello, es algo trivial. -Quieres encontrar marido ¿No es así? Te diré el secreto base de la seducción, algunos hombres, enloquecemos por el cabello de una mujer. –Comenzó a peinarle el cabello con sus manos. –En especial si es largo, nos gusta ver como cae en su espalda delineando su rostro. –Levantó unos mechones recogiéndolos en la parte de atrás con algunas pinzas. –Una mujer se ve seductora con el cabello suelto. Nos hace pensar, muchas veces en como caería sobre nuestra almohada, como se vería dormida en nuestra cama, con su cabello suelto cubriéndole los pechos y la espalda. –Dejó de tocar el cabello de ella, para dejar de sentir el efecto que le estaba provocando, desbordante y cálido. –Es simplemente seductor. Muchos lo pensamos, nos encanta. ¿Quieres encontrar esposo? Sedúcelo, tienes las armas, sobre todo tu cabello, es hermoso, brillante y largo. ¿Necesitas más? Ella aun sentía las manos de él entre su cabello, las mariposas le rondaban el vientre, y resonaban en sus oídos sus palabras. –Gracias por el consejo, señoría. -Quizás debamos, quizás, dejar la clase para mañana. –Soltó el aire sintiendo su corazón totalmente acelerado, le regresó los lentes, observándola una vez más. A pesar del color tan opaco del vestido, aquel extraño recogido que hizo la hacía lucir preciosa, algo alto, con su cuello largo, eran detalles que la hacían seductora. –Que descanses, Gardenia. Ella esta vez admitió que pensaba lo mismo que él, si se quedaba con él, ni siquiera iba a recordar que estaba enojada y que había dimitido, iba a decidir quedarse, y perdonarle, y no podía. –Sí, señoría, mañana entonces. –Tomó su delantal y, abandonó la habitación, sintió el golpeteo de las gotas caer en las ventanas, no supo como, pero encontró el camino hasta su habitación, se colocó su ropa de dormir sin deshacer el peinado que llevaba, esperando que la lluvia se llevara la sensación de las manos de Wendell sobre su cabello. Por esos momentos se sintió como Cleopatra, misteriosa y poderosa, tuvo si se puede decir, por un tiempo, al único hombre que amaba, el mismo que destruyó todo. Wendell fue hasta su cuarto, miró las sábanas de su cama, vacías, sin embargo, su mente imaginaba a Gardenia. Gardenia compartiendo su cama, Gardenia y su piel bonita. Gardenia y su cuerpo de diosa. Gardenia y sus ojos verdes. Gardenia y su pelo castaño. Gardenia, Gardenia, Gardenia. –Estoy obsesionado. –resopló. –muy obsesionado. –Se desvistió metiéndose a la cama, concilió el sueño rápido, pero, aunque quería escapar de la realidad, su subconsciente la trajo incluso en el mundo que él dominaba con su imaginación. Ella, Gardenia de nuevo bajo la lluvia, pero iba mucho más, bailaba con ella, la desnudaba, la poseía, conseguía que ella se quedase, pero no como una empleada, sino como una amante. En sus sueños, no quería verla casarse con otro hombre.  
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR