VI - Lluvia

2364 Palabras
No supo que había hecho la chica después de irse, pero no regresó hasta entrada la noche, la buscó a la mañana siguiente en su sitio de trabajo y no la halló, afuera hacía calor, las lluvias tempranas estaban volviendo para la temporada de cosecha, contestó las cartas que debía, vio una de su hermana Azucena, quien le deseaba suerte y le avisaba que pronto estaría de regreso en Vernazza. Salió después a la excavación y encontró a la castaña que lo tenía en tantos aprietos. Se acercó sigiloso por su espalda solo mirándola, lucía enojada. - ¡MALDITO FANGO! –Lanzó su espátula cuando la tercera parte del fresco se rompió por causa del barro acumulado sobre esta, la espátula voladora casi da contra la cabeza del duque de Vernazza. Se echó a un lado tropezándose un poco. -Cuidado Gardenia, no tienes por qué maldecir, no son palabras propias de una dama. –Ella se levantó rápido mirándolo. –Dígame ¿Por qué tanta ira? -Se dificulta mi trabajo, y no estaré aquí mucho tiempo. -No entiendo lo del fango. –La miró, ella estaba con el ceño fruncido, entrecerrando sus ojos. –Lo siento. –Rió. –No soy un conocedor del tema. -El fango se pega a la delicada pieza que lleva quien-sabe-cuánto allí, como no es fuerte se quiebra. Se rompe, adiós al preciado arte con más de quinientos años de antigüedad. -Ah, sigo sin comprender, se lo dejaré a la experta. –Lo miró con los ojos entrecerrados, si le estaba entendiendo, pero bromeaba con ella. -No juegue conmigo señoría. -Todo lo contrario, no quiero jugar contigo menos cuando andas tan… ¿Cómo decirlo sin que suene mal? Gardenia lo miró y rió, él estaba coqueteando con ella, se maldijo mentalmente recordándose que él la había llamado maquina aburrida y sosa, tan atractiva como una oruga pegada a una hoja, no tenía por qué caer. –Solo dígalo, ya no importa, no creo que lo que diga sea peor de lo que piensa. -Loca, estás loca. Lo siento Gardenia pero es así, por cierto, Azucena mandó una carta, dijo que vendría pronto y que espera verte y a mi cumpliendo tus órdenes. -No sigues mis órdenes, tengo quejas. –Rió y acomodó un mechón que se escapó de su peinado, mejor que los rodetes que se hacía antes, ahora tenía una trenza francesa que caía a un lado de su hombro. -Gardenia, que no se te olvide que esta noche cenas conmigo. –Levantó la espátula del suelo extendiéndola a la chica. –Y no vuelva a lanzar este objeto, pudo matarme y ni siquiera me he casado. -No lo olvido, pero pensé que quizás no deba ir, no sé cómo cenar con un duque, aunque leí cada libro de etiqueta de su biblioteca. -Entonces será buena práctica, no te juzgaré Gardenia. ¿No crees que sería una buena manera de practicar como entrar en sociedad? –Lanzó su tentación de manera que ella no pudiera rechazarle, le tendía la mano esperando que ella la tomase. –Solo véalo como lo que es, una práctica, y si falla, no hay forma de que le afecte mi opinión, me odia ¿Recuerda? -Como quiera, pero no estorbes mi trabajo ahora Wendell. –Volvió a reír y tomó la espátula para volver con el fresco en el suelo. –Iré a la cena. Sintió en su pecho un calor extraño, su risa era hermosa y ella se portaba linda aun cuando tenía ciertos arranques en ocasiones, la dejó trabajar y entró a su estudio para mandar las respectivas cartas a los gobernadores y al club de anticuarios, permisos y deudas para cubrir el museo que abriría. Así pasó la tarde cuando comenzó a sentir el tintineo de las gotas golpeando el cristal, rió cuando recordó a la muchacha maldiciendo el fango, se levantó de su silla y fue a buscarla en el Fuoco, pero ella no estaba allí, vio a través del cristal hacia los jardines, y no podía creerlo, allí estaba ella, sorprendido tomó un paraguas y corrió hacia afuera, donde la muchacha iba descalza, sin delantal, con el cabello suelto y las gotas de lluvia seguían su silueta. -¡Definitivamente estás loca Gardenia! –Llegó a su lado y la cubrió con el paraguas. Ella rió y salió del paraguas para seguirse mojando. –Loca de remate, muy loca. -Le aseguro que no señoría. –Cerró los ojos, y sus pestañas sin los anteojos se notaban más largas, el vestido gris que llevaba se pegaba a su cuerpo y la visión que otorgaba no era la más favorable para el hombre que la veía. Se notó la redondez perfecta de sus pechos, las curvas de sus caderas y lo largo y firme de sus piernas. Se le hizo agua la boca al imaginar su piel tostada por el sol, su mente tomó un camino que no era el correcto, buscó algo con que distraerse, vio las estatuas del jardín, se concentró en el sátiro, bien sabía que si veía a las sirenas iba a ser peor, y menos ver la escultura de Venus, eso solo aumentaría el deseo que recién cultivó la muchacha. -No lo entiendes Wendell. –Ella lo miraba con los ojos entrecerrados, él sabía que no podía distinguir su cara y menos su deseo, así que se relajó un poco. –Parece que no lo entiendes. -No, esta mañana dijo que odiaba la lluvia. -No, dije que odiaba el fango, y si, lo odio porque dificulta mi trabajo, pero amo la lluvia. –Rió. –Lluvia, fango, es diferente. ¿Ves? - ¿Por qué? Es algo corriente. La lluvia es algo que sucede muy seguido. Común. -No, es maravillosa, antes de vivir aquí en Italia, estuve que Egipto, catorce largos años, allí la lluvia es escasa. –Él volvió a acercarse con el paraguas y ella volvió a salir riéndose. –La arena del desierto se levanta contra tu piel como papel de lija, tus labios se resecan, solo pasa una caravana a la semana con provisiones, y te debes bañar con esponja. Me gusta la lluvia porque me quita el recuerdo del desierto. Para mí no es corriente, es casi como yo. No podía creer que la suave piel de Gardenia alguna vez estuvo deshidratada por el calor del desierto, y no podía creer que su padre había permitido que su hija pasara tiempo así en lugar de estar en alguna escuela de señoritas y no llevando el trabajo de una obrera. Se acercó y tocó sus labios, estaban suaves, tal vez estuvieron agrietados antes, pero ahora eran carnosos, y moría por besarlos, recordó como antes lo había rechazado y huido, así que se alejó. –Si quieres olvidar el calor del desierto, toma un baño dentro de casa, aquí afuera te vas a enfermar, yo conozco la lluvia de Vernazza mejor que tú –Le extendió su mano y sintió una chispa recorrer su cuerpo cuando la delicada mano de la joven se estrechó con la suya, suspiró ¿La había tratado de tú?, y, antes de que él tuviera otro pensamiento indecente con la muchacha la condujo dentro de la casa, se quitó su abrigo y lo puso en los hombros de ella. -Fiorella, prepárele un baño caliente a la señorita. –Posó su mirada oscura sobre Gardenia, quien iba empapada de pies a cabeza y formaba un pequeño charco en el suelo. –Espero que esto no te impida ir a nuestra cena. –Le soltó la mano antes de que su cuerpo lo obligara a besarla en frente de su ama de llaves, subió las escaleras y se fue hasta su alcoba. A Gardenia se le atendió como pidió el duque, descansó unas horas antes de elegir el mejor vestido que tenía, uno beige que rosaba casi el suelo, con ayuda de Fiorella se hizo un pequeño peinado, dejando su cabello semi suelto, tomó sus lentes y fue hasta el comedor del duque donde ella estaba esperando junto a los señores Benjuí. -Lady Benjuí. –Gardenia hizo una reverencia. –Lord Benjuí. -Gardenia, es un honor que nos acompañes, el duque nos sorprendió de verdad cuando dijo que te había invitado. -La cena nos espera. –Lord Benjuí le ofreció el brazo a su mujer y el duque hizo lo mismo con Gardenia, quien lo miró sorprendida y tomó el brazo que le ofrecía y la conducía hasta su asiento. Comieron en silencio, a Gardenia le pareció que todo ese desplego de cortesía era hipocresía de parte de Wendell, aunque en el fondo quería creer que era real, que sentía algo de cordialidad hacía ella… No sabía ya que pensar, jugaba con las papas y el guisado de cordero. Vio como Wendell la observaba con la copa de vino entre sus manos y no pudo evitar sentirse indignada. –Por favor, ya deje de mirarme como si fuera un objeto señoría. -¡Qué barbaridad querida! ¡Un objeto! –Replicó Lady Benjuí. –Un objeto ¡Vaya manera de definirse! -Yo no diría objeto Gardenia, si, efectivamente te miro, pero como un artefacto. –Sonrió tomando un poco de jerez que se sirvió de la mesa. –No logro descifrarte. El ambiente se cargó de tensión, la mirada de Wendell y la de Gardenia chocaban, suspiraban fuertemente, Gardenia sentía ira mezclada con confusión, y lo que sentía Wendell era inexplicable. –Dios mío, un artefacto, señor Duque. -Al contrario Lady Benjuí, los artefactos son misteriosos, raros, al principio sin el cuidado apropiado se ven mal, pero un poco de tiempo, te das cuenta de que es un tesoro… A veces juzgamos mal a los artefactos… Están llenos de secretos. -Señoría eso sonó hermoso. –Lady Benjuí aprobó las palabras del duque, al igual que su esposo. –Vaya que es un misterio señorita Gardenia. Fue entonces cuando Gardenia dejó de ver los ojos de Wendell. – ¿De qué habla Lady Benjuí? -Mi culpa señorita. –Interrumpió Lord Benjuí. –Le he contado a mi esposa como ha dimitido para ser presentada en sociedad, y como era antes, callada y cerrada como una ostra, y ¡POR TODOS LOS CIELOS! Apreció a Wendell, pero usted merecía mucho esa oferta que le dio Lady Vanacelli, conocer Roma y buscar esposo… Lo siento señoría, pero la muchacha merece más que trabajar en unas ruinas, se lo he dicho desde que llegó, es nieta de un barón. -O sea ¿No están molestos los del club por mi dimisión? –Alzó la mirada casi sonriente, ni siquiera la mención de su abuelo que no la reconocía era motivo para opacarle la alegría. -Al contrario. –Susurró Wendell. –Todo lo contrario. -El único molesto es el Duque. –Todos rieron, incluyendo a Gardenia, pero exceptuando a Wendell, cuya mirada fría se posesionaba de Gardenia, y como se veía ella bajo la lluvia. –Los demás estamos ansiosos de verla pronto en el museo cuando esté abierto al público, vestida como la dama que es, acompañada de su futuro esposo, un posible lord. -Qué bueno que lo comprenden, estoy por llegar a los veintisiete y quiero una familia. -Alabado sea Dios, Gardenia, la apreciamos muchísimo. –Lady Benjuí alzó su copa. –Por qué deseo que encuentres lo que buscas. Wendell también alzó su copa. –También deseo lo mismo para ti… Gardenia. –Dijo su nombre con absoluta sensualidad, tanto que hizo sentirle un calor como miel en el vientre, se levantó de su silla con un ligero sonrojo. –Hasta mañana, y gracias por la velada. –Hizo una reverencia y salió casi huyendo del comedor. Wendell despidió a Lord y Lady Benjuí, tras irse los señores fue a buscar a Gardenia por toda la casa, la lluvia volvió a caer y le fue imposible deshacerse del recuerdo de ella empapada con su cuerpo perfecto, Gardenia tenía la figura de una diosa, fue a la biblioteca y la encontró acurrucada en el sillón, sin sus anteojos, podría casi jurar que ella estuvo llorando, lo notaba en sus ojos rojos y su nariz tupida. –No debiste mojarte en la lluvia, te dije que enfermarías. –Sonrió esperando que ella devolviera el gesto. -Si viene a burlarse mejor se va. –Dijo con un nudo en la garganta. –Señoría, no sé qué piensa usted que es un halago, pero para mí no lo fue, me sentí bastante humillada. -Gardenia, perdón, no fue mi intensión herirte. –Agachó su mirada evitando mirarla, el deseo iba a posesionarse de él si recordaba unos segundos más su cuerpo. –Dije la verdad, no quería humillarte, eres en serio misteriosa, no sé nada de ti, nunca siquiera recibes nada de tu abuelo y es un barón en Inglaterra ¿Ves? ¿Cómo llegaste a ser lo que eres? ¿Qué escondes? - ¿Eso fue sincero? –Alzó su mirada para verlo, no respondería aquellas preguntas, lo evadía, él se dio cuenta de ello. –Wendell, ¿Eso fue sincero? -Por supuesto que si Gardenia, pero no mentía cuando decía que eres un misterio, lo eres, es difícil saber lo que piensas, porque llegaste a odiarme, no sé qué hice para que llegaras a odiarme… No importa ya Gardenia, en cuanto se cumpla tu tiempo yo te dejaré ir si quieres irte, es una promesa. Gardenia le extendió la mano, y al instante él la estrecho. –Acepto tus disculpas Wendell. –Se sonrieron al instante. -Nunca me dijiste si querías ser Cleopatra. -Tal vez sí. –Soltó una risita. – ¿Qué mujer no quiere tener un poco de magia consigo para hechizar al hombre que ama? - ¿Te digo algo Gardenia? Yo creo que todas las mujeres nacen con ese poder, algunas saben usarlo, otras no. –Le dio un suave beso en la mejilla. –Que pases hermosa noche. –Gardenia se sintió un poco menos fuerte, si él seguía teniendo esos gestos, la llama extinta de su amor iba a renacer y ella lo sabía. -No creo quedarme para que me hieras.  
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