Capitulo 8

1946 Palabras
—Yo soy el mal —respondió él con una media sonrisa. Casi se echó a reír—. No es cuestión de creencia, ¿verdad? ¿Pero tú piensas que podría pasar del sendero espiritual que he seguido durante tres siglos a la voluptuosidad y la sensualidad como si tal cosa? Nosotros éramos santos del mal —protestó— . No seré el mal vulgar. No, señor. —Pues no lo seas —replicó ella, impacientándose—. Si eres el mal, ¿cómo pueden ser tus enemigos la voluptuosidad y la sensualidad? ¿No conspiran contra el hombre por un igual el mundo, el demonio y la carne? Armand movió la cabeza como para decir que no le importaba. —Te preocupa más lo espiritual que el mal, ¿no es así? —intervine, mirándole fijamente. —Sí —respondió de inmediato. —Pero no comprendes que el color del vino en una copa de cristal puede ser espiritual —continué—. Una mirada en un rostro, la música de un violín. Un teatro de París puede estar imbuido de lo espiritual pese a toda su solidez. No existe en él nada que no haya sido moldeado por la fuerza de quienes poseían visiones espirituales de lo que podría ser. Algo se aceleró dentro de él, pero hizo caso omiso. —Seduce al público con tu voluptuosidad —le instó Gabrielle—. Por el amor de Dios, y del diablo, utiliza el poder del teatro a tu voluntad. —¿No eran espirituales los cuadros de tu viejo maestro? —inquirí. Noté en mi interior una sensación cálida al pensar en ello—. ¿Puede alguien contemplar las grandes obras de esa época y no llamarlas espirituales? —Yo mismo me he hecho esta pregunta muchas veces —dijo Armand—. ¿Era espiritualidad o voluptuosidad? Esos ángeles pintados en el tríptico, ¿estaban captados en la materia o eran esa materia transformada? —Lo único que sé es que, no importa lo que te hicieran después los demás, nunca dudaste de la belleza y del valor de la obra de Marius. Y eran la materia transformada. Sus imágenes dejaron de ser pinturas y se convirtieron en magia igual que, al matar a nuestras víctimas, la sangre deja de ser sangre y se convierte en vida. Se le nublaron los ojos, pero no surgió de él imagen alguna. Fuera cual fuese la senda que estaba recorriendo en sus recuerdos, viajaba por ella en solitario. —Lo carnal y lo espiritual se unen en el teatro igual que en la pintura —dijo Gabrielle—. Somos espectros sensuales por nuestra propia naturaleza. Tómalo como una clave para tu vida. Armand cerró los ojos por un instante como si quisiera aislarse de nosotros. —Ve a verles y escucha la música que hace Nicolás —le propuso ella—. Haz arte con ellos en el Teatro de los Vampiros. Tienes que pasar de lo que te ha fallado a lo que pueda mantenerte. De lo contrario, no hay esperanza... Me habría gustado que no lo dijera con tanta brusquedad, que no fuese al grano con tan pocos rodeos. No obstante, Armand asintió y sus labios se apretaron en una sonrisa amarga. —Lo único importante de verdad para ti —añadió ella lentamente— es que vayas a un extremo. Armand la miró con perplejidad. De ningún modo podía entender a qué se refería Gabrielle con esas palabras. Por otra parte, a mí me pareció una verdad demasiado atroz para pregonarla. Sin embargo, Armand no la rechazó. Una vez más, su rostro adquirió un aire pensativo, sereno e infantil. Permaneció un largo rato con la vista fija en las llamas. Por fin, rompió el silencio: —¿Qué necesidad tenéis de iros? —preguntó—. Nadie está en guerra con vosotros. Nadie tiene la intención de expulsaros. ¿Por qué no colaboráis conmigo en la construcción de esta pequeña empresa? ¿Significaba aquello que aceptaba, que iría a unirse a los demás y a formar parte del teatro del bulevar? Armand no me contradijo. Sólo volvió a preguntar mentalmente qué me impedía crear la imitación de vida mortal —si era así como quería denominarla— allí, en el mismo bulevar. Sin embargo, advertí que también en esto se daba por vencido. Armand sabía que la visión del teatro o del propio Nicolás me resultaría insoportable. Ni siquiera me sentía capaz de insistir de verdad en que él lo hiciera. Gabrielle se había encargado de ello. Y Armand era consciente de que ya era demasiado tarde para persuadirnos. Finalmente, Gabrielle declaró: —Nosotros no podemos vivir entre los de nuestra propia especie, Armand. Y yo pensé: «Sí, ésta es la verdad más sincera, y no sé por qué no puedo decirla en voz alta». —Lo que queremos es recorrer la Senda del Diablo —continuó ella—. Y de momento nos bastamos el uno al otro. Tal vez en el futuro, dentro de muchos años, cuando hayamos estado en mil lugares y hayamos visto un millar de cosas, tal vez entonces regresemos y volvamos a hablar como esta noche. Las palabras no produjeron ningún efecto visible en él, pero era imposible saber qué pensaba. Nadie dijo nada durante un largo rato. No sé cuánto tiempo permanecimos juntos y en silencio en la cámara. Traté de no pensar más en Marius ni en Nicolás. Había desaparecido ya cualquier sensación de peligro, pero tuve miedo de la despedida, de la tristeza del adiós, de la sensación de haber obtenido aquel asombroso relato de la desdichada criatura a cambio de muy poco. Fue Gabrielle quien rompió finalmente el silencio. Se levantó y se acercó con movimientos gráciles al banco contiguo al de Armand. —Nos vamos —dijo a éste—. Si las cosas salen según mis planes, estaremos a muchas millas de París antes de la medianoche de mañana. Armand la miró con calma y aceptación. De nuevo, me fue imposible saber qué pensamiento ocultaba. —Aunque decidas no ir al teatro —continuó Gabrielle—, acepta las cosas que podemos darte. Mi hijo tiene riquezas suficientes para hacerte muy fácil la entrada en el mundo. —Puedes quedarte esta torre como refugio —añadí—. Úsala el tiempo que quieras. A Magnus le pareció muy segura. Un instante después, Armand asintió con cortés gravedad, pero no dijo nada. —Deja que Lestat te dé el oro necesario para convertirte en un caballero —insistió ella—. Lo único que pedimos a cambio es que dejes en paz a los ex miembros de tu asamblea si decides no ponerte a su frente de nuevo. Armand estaba vuelto hacia el fuego una vez más, con el rostro sereno, irresistiblemente hermoso. Asintió en silencio. Pero el gesto sólo significaba que la había oído, no que le prometiera nada. —Si no acudes a ellos —insistí lentamente—, no les hagas daño. No hagas daño a Nicolás. Y cuando pronuncié estas palabras, su rostro cambió muy sutilmente. Fue casi una sonrisa que se extendió furtivamente por sus facciones. Y sus ojos se volvieron lentamente hacia mí. Y vi en ellos un aire de desprecio. Aparté la vista, pero la mirada había tenido sobre mí el efecto de un mazazo. —No quiero que le hagan daño —insistí con un tenso susurro. —No. Tú quieres verle destruido —replicó él con otro susurro—, para así no tener que sentir más miedo ni pena por él. Su mirada de desdén se intensificó terriblemente. Gabrielle se apresuró a intervenir. —Armand —dijo—, Nicolás no es un peligro para ellos. La mujer es capaz de controlarlo ella sola, y Nicolás tiene muchas cosas que enseñaros sobre la época en que estamos, si le escucháis. Los dos se miraron en silencio durante un largo instante. De nuevo, la expresión de Armand se hizo dulce, suave y hermosa. Y, con un gesto extrañamente decoroso, tomó la mano de Gabrielle y la estrechó con fuerza. Permanecieron plantados uno frente a otro hasta que Armand le soltó la mano y se apartó un poco de ella y cuadró los hombros. Después, nos miró a ambos. —Acudiré a ellos —anunció con la voz más suave posible—. Y aceptaré el oro que me ofrecéis y buscaré refugio en esta torre. Y aprenderé de vuestro apasionado novicio lo que tenga que enseñarme. Pero sólo recurro a estas cosas porque flotan en la superficie del mar de oscuridad en el que me estoy ahogando. No me hundiré sin haber entendido algo más. No te dejaré la eternidad sin..., sin una batalla final. Le estudié con la mirada, pero no me llegó de su mente ningún pensamiento que aclarara sus palabras. —Quizá, con el paso de los años, volverá a mí el deseo —añadió—. Conoceré de nuevo el apetito, la pasión. Tal vez, cuando nos encontremos en otra época, todo esto será algo más que conceptos abstractos y huidizos. Entonces hablaré con un vigor que iguale el tuyo, en lugar de ser un mero reflejo de éste. Y discutiremos sobre la inmortalidad y la sabiduría. Entonces hablaremos de la venganza y la aceptación. Por ahora, me basta con decir que deseo volver a verte. Deseo que nuestros caminos se crucen en el futuro. Y, sólo por esta razón, haré lo que me pides y no lo que quieres: perdonaré a tu malhadado Nicolás. Exhalé un audible suspiro de alivio. Sin embargo, su tono de voz estaba tan cambiado, era tan enérgico, que hizo sonar en mi interior un silencioso llamado a alarma. Allí estaba, sin duda, el amo de la asamblea, aquel ser callado y lleno de fuerza, el que sobreviviría por mucho que llorara y gimiera el huérfano que llevaba dentro. No obstante, en aquel momento, apareció en su rostro una sonrisa calmosa y graciosa y advertí en sus facciones un aire triste y cautivador. Se convirtió de nuevo en el santo de da Vinci, o, más exactamente, en el diosecillo de Caravaggio. Y, por un instante, no hubo en él nada de malo o de peligroso. Estaba demasiado radiante, demasiado lleno de todo de lo que era sabio y bueno. —Recordad mis advertencias —murmuró—. No mis maldiciones. Gabrielle y yo asentimos. —Y cuando tengáis necesidad de mí, estaré allí. Entonces, Gabrielle hizo algo absolutamente sorprendente: lo abrazó y lo besó. Y yo hice lo mismo. El se mostró dócil, tierno y amoroso en nuestros brazos. Y nos dio a conocer sin palabras que acudiría al teatro y que podríamos encontrarle allí a la noche siguiente. Un instante después, había desaparecido, y Gabrielle y yo nos hallábamos a solas, como si él no hubiera estado nunca allí. No escuché sonido alguno en la torre. No escuché nada, salvo el rumor del viento en el bosque, a lo lejos. Y cuando subí los escalones, encontré abierta la verja y contemplé los campos que se extendían hasta los árboles en completa quietud. Le quería. Lo supe, aunque la idea me resultaba tan incomprensible como él mismo. Pero me alegré mucho de que todo hubiera acabado. Me alegré de que pudiéramos continuar nuestro camino. Y, sin embargo, permanecí largo rato asido a los barrotes, con la vista puesta en los bosques lejanos y en el resplandor mortecino que producía la luz de la ciudad distante en las nubes bajas. Y la pena que sentía no era sólo por haberle perdido a él; era por Nicolás, y por París, y por mí.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR