Transcurrió una hora, quizás algo más. Armand se había sentado junto al fuego. Ya no quedaba en su
rostro marca alguna de la pelea, olvidada hacía mucho tiempo. Inmóvil y callado, parecía más frágil que
una concha vacía.
Gabrielle tomó asiento frente a él y contempló también en silencio las llamas, con rostro apenado y,
aparentemente, lleno de compasión. Me resultaba doloroso no poder conocer sus pensamientos.
Pensé en Marius. Marius... El vampiro que había pintado cuadros del y en el mundo real. Trípticos,
retratos, frescos en los muros de su palazzo.
Y el mundo real nunca había sospechado de él ni le había perseguido ni le había expulsado. Había
sido aquella banda de espectros encapuchados la que había acudido a quemar los cuadros, la que había
compartido con él el Don Oscuro (¿lo habría llamado así alguna vez el propio Marius?). Habían sido ellos
quienes habían decidido que Marius no podía vivir y crear entre los mortales. Habían sido ellos. No los
mortales.
Vi el pequeño escenario del local de Renaud y me oí a mí mismo cantando, y la canción se convirtió
en un rugido. «Es espléndido» dijo Nicolás. «No vale nada» repliqué. Y fue como si hubiera golpeado a
Nicolás. En mi imaginación, le oí decir lo que se había callado esa noche: «Déjame tener algo en lo que
creer. Tú nunca harías eso».
Los trípticos de Marius estaban en iglesias y capillas de conventos, tal vez en las paredes de las
grandes casas de Venecia y de Padua. Los vampiros no habrían penetrado en lugares sacros para
quitarlos. Así pues, tenían que estar en alguna parte, tal vez con una firma elaborada en el detalle, las
creaciones de aquel vampiro que se rodeaba de aprendices mortales, que mantenía a un amante mortal
de quien tomaba un poco de la secreta bebida y que salía de caza en solitario.
Pensé en la noche en la posada, cuando había percibido el sinsentido de la vida, y la difusa e
insondable desesperación de la historia de Armand me pareció un océano en el que podía ahogarme.
Esto era peor que la costa yerma en la mente de Nicolás. Esto, esta oscuridad, esta nada, duraba tres
siglos.
El radiante joven de cabello castaño sentado junto al fuego podía abrir de nuevo la boca y de ella
saldría una negrura como tinta china que cubriría el mundo.
Es decir, de no haber existido aquel protagonista, aquel maestro veneciano que había cometido el
acto herético de dar sentido a las imágenes de los paneles que pintaba —tenía que ser eso, darles
sentido—, y al que nuestra propia estirpe, los elegidos de Satán, había convertido en una antorcha
viviente.
¿Había visto Gabrielle aquellas pinturas del relato igual que yo las había visto? ¿Habían ardido ante
los ojos de su mente igual que habían hecho ante los míos? Marius estaba recorriendo algún camino hacia mi alma que le permitiría vagar por ella para siempre,
junto a los espectros encapuchados que habían devuelto las pinturas al caos.
Con una especie de pena sorda, pensé en los comentarios de los viajeros sobre si Marius estaba vivo,
si le habían visto en Egipto o en Grecia...
Quise preguntarle a Armand si tal cosa no era posible. Marius debía haber sido tan fuerte... No
obstante, me pareció poco respetuoso preguntárselo.
—Es una vieja leyenda —susurró él. Su voz sonó tan precisa como aquella otra voz interior. Sin
apresurarse y sin apartar la vista del fuego un solo instante, añadió—: Una leyenda de los tiempos
antiguos, de antes de que nos destruyeran a ambos.
—Tal vez no —respondí. Me llegó un eco de las visiones, de las pinturas en las paredes—. Tal vez
Marius está vivo.
—Somos milagros o espantos —comentó él sin alzar la voz—, depende de lo que se quiera ver en
nosotros. Y cuando uno tiene la primera noticia de nuestra existencia, sea a través de la sangre oscura o
a través de promesas o visitas, uno cree posible cualquier cosa. Pero no es así. Muy pronto, el mundo se
cierra con fuerza en torno a este milagro y deja de esperarse ninguno más. Es decir, uno se acostumbra
a los nuevos límites, y éstos vuelven a definirlo todo una vez más. Por eso dicen que Marius pervive.
Todos ellos perviven en alguna parte, ¿no es eso lo que deseas creer? En la asamblea de Roma ya no
queda uno solo de los que me enseñaron el ceremonial durante aquellas noches. Tal vez la asamblea
misma haya dejado de existir allí. Han transcurrido años y años desde que tuvimos las últimas noticias de
ella. No obstante, todos ellos deben existir en alguna parte, ¿verdad? Al fin y al cabo, no pueden morir...
—Tras un suspiro, añadió—: No importa.
Lo que importaba era algo mayor y más terrible: que aquella desesperación podía aplastar a Armand
bajo su peso. Que, a pesar de la sed que ahora tenía, de la sangre perdida durante nuestra pelea y del
silencioso horno que era su cuerpo sanando de los golpes y de la carne desgarrada, no era capaz de
decidirse a salir al mundo superior a cazar. Antes sufriría la sed y el calor del silencioso horno. Antes se
quedaría allí, con nosotros.
Pero Armand ya conocía la respuesta: que no podría quedarse con nosotros.
Gabrielle y yo no tuvimos que hablar para hacérselo saber. Ni siquiera tuvimos que aclarar la cuestión
mentalmente. Armand lo supo igual que Dios puede conocer el futuro, porque Él es el poseedor de todos
los hechos.
Una angustia insoportable. Y la expresión de Gabrielle, muy triste y abatida.
—Sabes que desearía de todo corazón llevarte con nosotros —dije al fin. Me sentí sorprendido de mi
propia emoción—, pero eso sería una catástrofe para todos.
No hubo ningún cambio en él. Armand lo sabía. Gabrielle no hizo la menor protesta.
—No puedo dejar de pensar en Marius —confesé.
«Lo sé. En cambio, no piensas en Los Que Deben Ser Guardados, lo cual es muy extraño.»
—Sencillamente, es un misterio más —respondí—. Y existe un millar de misterios como éste. En
quien pienso es en Marius, y soy demasiado esclavo de mis propias obsesiones y de mi propia fascinación. Es terrible darle tantas vueltas a la figura de Marius, separar a ese radiante personaje del
resto del relato.
«No importa. Si te place, tómalo. Yo no pierdo lo que doy.»
—Cuando alguien pone de manifiesto su dolor de forma tan torrencial, uno queda obligado a respetar
el conjunto de la tragedia. Uno tiene que intentar comprender. Y esta impotencia, esta desesperación, me
resulta casi incomprensible. Por eso pienso en Marius. A él lo entiendo. A ti, no.
«¿Por qué?»
Silencio.
¿No se merecía Armand la verdad?
—Siempre he sido un rebelde —declaré—. Tú, en cambio, has sido esclavo de todo lo que ha ejercido
poder sobre ti.
—¡Yo era el líder de mi asamblea!
—No. Eras esclavo de Marius, y luego lo fuiste de los Hijos de las Tinieblas. Caíste bajo el hechizo de
aquél, y, seguidamente, de los otros. Lo que padeces ahora es la ausencia de tales hechizos. Me
estremece pensar que, por unos instantes, me forzaras a entenderlo, a conocerlo como si fuera un ser
distinto del que soy.
—No importa —replicó él, con la vista fija aún en el fuego—. Piensas demasiado en términos de
decisiones y acciones. Mi relato no es ninguna explicación y no soy alguien que requiera un tratamiento
respetuoso en tus pensamientos ni en tus palabras. Y todos sabemos que la respuesta que has dado es
demasiado inmensa para ser proclamada. Y los tres sabemos que es definitiva. Lo que no entiendo es la
razón. ¿Así que soy una criatura muy distinta a vosotros y no podéis entenderme? ¿Por qué no puedo
acompañaros? Si me lleváis, haré todo lo que queráis. Caeré bajo vuestro hechizo.
Pensé en Marius con su pincel y sus botes de pintura al huevo.
—¿Cómo pudiste seguir creyendo nada de cuanto te decían después de que quemaran esos
cuadros? —exclamé—. ¿Cómo pudiste entregarte a ellos?
Agitación, cólera creciente.
Cautela, pero no miedo, en el rostro de Gabrielle.
—Y tú, cuando saliste al escenario y viste al público gritando para salir del teatro... (¿cuáles fueron las
palabras que usaron mis seguidores para describir la escena, el vampiro aterrorizando a la multitud y la
multitud saliendo atropelladamente al boulevard du Temple?) ... ¿Qué creías entonces? Que no
pertenecías al mundo de los mortales, eso es lo que creías. Sabías muy bien que no. Y no había ninguna
banda de espectros encapuchados y con túnicas que te lo dijeran. Lo sabías. Y tampoco Marius
pertenecía al mundo de los mortales. Ni yo.
—Ah, pero eso es distinto.
—No, no lo es. Por eso menosprecias el Teatro de los Vampiros que en este mismo instante está
representando sus obritas para conseguir el oro de los paseantes del bulevar. Tú no quieres engañar, a
diferencia de Marius. Y eso te separa todavía más de la humanidad. Quieres aparentar que eres mortal,
pero engañar te irrita y te hace matar.
—En esa aparición en el escenario —repliqué—, me manifesté yo mismo. Hice todo lo contrario a
engañar. Al poner de manifiesto mi condición monstruosa, buscaba de algún modo sentirme unido de
nuevo a mis congéneres humanos. Prefería que huyeran de mí a que no me vieran. Prefería que supieran
que era algo monstruoso a escurrirme por el mundo sin ser reconocido por aquellos de los que me
alimentaba.
—Pero no mejoró las cosas.
—No. Lo que hizo Marius fue lo mejor. No engañó a nadie.
—Claro que sí. ¡Le tomó el pelo a todo el mundo!
—No. Encontró un modo de imitar la vida mortal. De ser uno con los mortales. Sólo mataba
malhechores, y pintaba como los mortales. Ángeles puros y cielos azules, nubes, éstas son las cosas que
me has hecho ver mientras hablabas. Creó cosas buenas. Y veo en él sabiduría y ausencia de vanidad.
No necesitaba ponerse al descubierto. Había vivido mil años y creía más en las vistas del paraíso que
pintaba que en sí mismo.
Confusión.
«Ahora no importa, diablos que pintan ángeles,»
—Eso sólo son metáforas —afirmé—. ¡Y sí que importa! ¡Importa mucho, si has de renacer, si has de
retomar la Senda del Diablo alguna vez! Existen maneras de que podamos existir. Si pudiera imitar la
vida, encontrar un modo de...
—Dices cosas que no significan nada para mí. Somos los abandonados de Dios.
Gabrielle le miró de improviso y preguntó:
—¿Tú crees en Dios?
—Sí, siempre —respondió él—. Es Satán, nuestro amo, quien ha resultado ficción, y ésta es la ficción
que me ha traicionado.
—Oh, entonces estás condenado sin remedio —exclamé—. Y sabes muy bien que tu retiro a la
fraternidad de los Hijos de las Tinieblas fue apartarse de un pecado que no era tal.
—Cólera.
—Tu corazón se rompe por algo que nunca conseguirás —replicó, alzando la voz repentinamente—.
Has traído a Gabrielle y a Nicolás a este lado de la barrera, pero tú no puedes volver al otro lado.
—¿Por qué no prestas atención a tu propia historia? —pregunté—. ¿Se trata acaso de que no le
hayas perdonado nunca a Marius que no te advirtiera acerca de ellos, que te dejara caer en sus manos?
Yo no soy Marius, pero te diré que, desde que puse el pie en la Senda del Diablo, sólo he oído hablar de
un antiguo que pudiera enseñarme algo, y ése es Marius, tu maestro veneciano. Ahora, Marius me está
hablando. Me está diciendo algo sobre un camino para ser inmortal.
—Te estás burlando.
—¡No! ¡De ninguna manera! Y es a ti a quien se le rompe el corazón por lo que nunca conseguirás:
otra fe que abrazar, otro hechizo.
No hubo respuesta.
—Nosotros no podemos ser Marius para ti —insistí—, ni el señor oscuro, San tino. No somos artistas
con una gran visión que te pueda impulsar, ni somos amos de asambleas maléficas decididos a condenar
a la perdición a una legión. Y es este dominio, este glorioso mandato, lo que debes tener.
Sin proponérmelo, me había puesto en pie. Me acerqué al fuego y bajé la vista a Armand.
Y, por el rabillo del ojo, advertí el sutil gesto aprobatorio de Gabrielle y la manera en que cerraba los
ojos por un instante, como si se permitiera un suspiro de alivio.
Armand permaneció absolutamente inmóvil.
—Tienes que pasar por el sufrimiento de este vacío —le dije— y encontrar lo que te impulse a
continuar. Si vienes con nosotros, te fallaremos y nos destruirás.
—¿Cómo puedo pasar ese trance? —Alzó los ojos hacia mí y frunció el entrecejo con la expresión
más conmovedora—. ¿Por dónde empezar? Tú te mueves como la mano derecha de Dios, pero, para mí,
el mundo, ese mundo real en el cual vivía Marius, está fuera de mi alcance. Nunca viví en él. Me aplasto
contra el cristal, pero, ¿cómo entrar?
—No puedo decírtelo —respondí.
—Tienes que estudiar esta época —intervino Gabrielle con voz calmada pero imperiosa.
Armand se volvió hacia ella mientras mi compañera añadía:
—Tienes que comprender esta época a través de su literatura, su música y su arte. Acabar de surgir
de la tierra, como antes has dicho tú mismo. Ahora, vive en el mundo.
No hubo respuesta alguna de Armand. Una breve imagen del piso devastado de Nicolás con todos los
libros por el suelo. Civilización occidental amontonada.
—¿Y qué lugar hay mejor que el centro de las cosas, el bulevar y el teatro? —preguntó Gabrielle.
Armand frunció el entrecejo de nuevo y volvió la cabeza en actitud de rechazo, pero ella insistió:
—Tienes dotes para liderar la asamblea, y ésta todavía existe.
Él emitió un sonido grave, desesperado.
—Nicolás es un novicio inexperto —continuó Gabrielle—. Puede enseñarles cosas del mundo exterior,
pero no puede conducirles de verdad. Y la mujer, Eleni, tiene una inteligencia sorprendente, pero te
cederá el paso.
—¿Qué valor tienen para mí sus juegos? —musitó Armand.
—Son una manera de existir. Y, en este momento, eso es lo único que importa para ti.
—¡El Teatro de los Vampiros! Antes prefiero el fuego.
—Piénsatelo —insistió ella—. Hay en él una perfección que no puedes negar. Nosotros somos
apariencias engañosas de lo mortal, y el escenario es una ilusión de lo real.
—Es una abominación —replicó él—. ¿Cómo lo llamó Lestat? ¿Ridículo?
—Eso era para Nicolás, porque Nicolás construiría filosofías fantásticas sobre ello —explicó
Gabrielle—. Ahora debes vivir sin esas filosofías fantásticas, igual que hiciste cuando eras aprendiz de
Marius. Dedícate a conocer la época. Otra cosa: Lestat no cree en el valor del mal, pero yo sí. Y sé que tú
también.