No obstante, Armand debía conocer que siempre habían corrido historias sobre viejos vampiros
heréticos, poseedores de poderes terribles, que no se sometían a autoridad alguna, ni siquiera del diablo.
Eran vampiros que habían sobrevivido mil años (Hijos de los Milenios, eran llamados a veces). En el
norte de Europa estaban los relatos acerca de Mael, que vivía en los bosques de Inglaterra y Escocia. En
el Asia Menor corría la leyenda de Pandora, y, en Egipto, la antigua historia del vampiro Ramsés, a quien
se había vuelto a ver en los tiempos presentes.
Relatos semejantes podían encontrarse en todas partes del mundo y eran fáciles de descalificar como
meras fantasías, salvo por un detalle. Marius, el viejo hereje, había sido descubierto en Venecia, y allí
mismo había sido castigado por los Hijos de las Tinieblas. Lo que se contaba de Marius había sido cierto.
Pero Marius ya no existía.
Armand no dijo nada tras estos últimos comentarios. No le contó a Santino los sueños que había
tenido. Lo cierto era que los sueños se habían hecho vagos y confusos en su cabeza, igual que los
colores de los cuadros de Marius. Ya no estaban recogidos en la mente de Armand ni en su corazón para
que los descubriera quien escuchara sus pensamientos.
Cuando Santino habló de Los Que Deben Ser Guardados, Armand volvió a confesar que no sabía qué
significaba esa frase. Tampoco lo sabía Santino, ni ningún vampiro que éste hubiera conocido nunca.
El secreto seguía oculto. Marius había muerto y, con él, el viejo e inútil misterio quedaba reducido al
silencio. Satán es nuestro Señor y nuestro Maestro. En Satán, todo se conoce y todo se entiende.
Armand complació a Santino. Aprendió de memoria las leyes, perfeccionó su dominio de los
encantamientos ceremoniales, de los rituales y de las plegarias. Fue testigo de los aquelarres más
grandes que iba a presenciar jamás y tomó enseñanzas de los vampiros más poderosos, expertos y
hermosos que conocería en toda su existencia. Aprendió tanto, que se convirtió en un misionero
encargado de reunir en asambleas a los Hijos de las Tinieblas que vagaban perdidos y de conducir a
otros en la celebración del aquelarre y en la realización del Rito Oscuro cuando el mundo, el demonio y la
carne llamaban a hacerlo.
Enseñó las Bendiciones Oscuras y las Ceremonias Oscuras en España, Francia y Alemania, y
conoció Hijos de las Tinieblas salvajes y tenaces cuya compañía hacía arder dentro de él una llamita
mortecina cuando la asamblea le rodeaba, consolada por su presencia y obteniendo la unidad gracias a
su fuerza.
Armand perfeccionó el arte de la cacería de mortales hasta superar a todos los Hijos de las Tinieblas
que conocía. Aprendió a convocar a los humanos que realmente deseaban morir. Le bastaba con
acercarse a las viviendas de los mortales y llamar en silencio a sus víctimas para verlas aparecer.
Jóvenes, viejos, miserables, enfermos, feos y hermosos...; no importaba, porque no escogía. Les
lanzaba visiones por si querían captarlas, pero ni una sola vez se acercó a sus víctimas o tan siquiera
pasó los brazos en torno a ellas. Atraídos inexorablemente hacia él, eran sus presas mortales quienes le
abrazaban. Y cuando sus carnes cálidas y vivas le tocaban, cuando abría los labios y sentía derramarse
la sangre, Armand conocía el único placer que podía aliviar sus penas.
En el punto álgido de esos momentos, pese al éxtasis carnal de la caza, le parecía que su camino era
profundamente espiritual, sin contaminar por los apetitos y confusiones que confortaban el mundo.
En aquel acto sangriento se unían lo espiritual y lo carnal, y Armand estaba convencido de que era lo
primero lo que sobrevivía. Para él era una Santa Eucaristía, y la Sangre de los Hijos de Cristo sólo servía
para hacerle comprender la esencia misma de la vida durante la fracción de segundo en que se producía
la muerte. Únicamente los grandes santos de Dios le igualaban en aquella espiritualidad, en aquella
confrontación con el misterio, en aquella existencia de renuncia y meditación.
No obstante, Armand fue viendo desaparecer a los más poderosos de sus camaradas. Vio cómo se
volvían locos y hacían caer la destrucción sobre ellos mismos. Fue testigo de la inevitable disolución de
muchas asambleas, de cómo la inmortalidad derrotaba a los Hijos de las Tinieblas más perfectamente
creados. Y, en ocasiones, le pareció un castigo terrible que esa inmortalidad no tuviera el menor efecto
sobre él.
¿Acaso estaba destinado a ser uno de los vampiros viejos, de los Hijos de los Milenios? ¿Eran
creíbles aquellas historias que persistían todavía?
De vez en cuando, un vampiro errabundo hablaba de si la fabulosa Pandora había sido vista por un
instante en la ciudad de Moscú, en la lejana Rusia, o comentaba rumores sobre si Mael estaba instalado
en las yermas costas inglesas. Los viajeros hablaban incluso de Marius, de que había sido visto de nuevo
en Egipto, o en Grecia. No obstante, ninguno de aquellos narradores había visto con sus propios ojos a
los vampiros legendarios. En realidad, no sabían nada y sólo repetían rumores conocidos de oídas.
Nada de todo ello distraía ni divertía al obediente siervo de Satán. Cumpliendo con ciega fidelidad las
Leyes Oscuras, Armand continuó su servicio.
Con todo, a lo largo de esos siglos de obediencia, Armand guardó siempre para sí dos secretos. Dos
secretos que eran más suyos que el mismo ataúd en el que se encerraba durante el día, y que los
escasos amuletos que llevaba.
El primero de ellos era que, por grande que fuera su soledad y por mucho que se prolongara la
búsqueda de hermanos y hermanas de r**a en quienes poder buscar cierto descanso, jamás había
llevado a cabo el Rito Oscuro por sí mismo. No estaba dispuesto a ofrecer a Satán ningún Hijo de las
Tinieblas creado por él.
Y el otro secreto, que mantenía oculto a sus seguidores por el propio bien de éstos, era sencillamente
su grado de desesperación, cada vez más profundo.
Era el hecho de no anhelar nada, de no apreciar nada, de no creer en nada; de no disfrutar un ápice
en el ejercicio de sus poderes, asombrosos y siempre crecientes; de vivir todos los momentos en un
vacío roto una vez cada noche de su vida eterna con el acto de la caza.
Mientras los demás le habían necesitado, Armand les había ocultado celosamente aquel secreto que
le había permitido guiarles, pues su miedo les habría hecho sentirlo también.
Pero todo había terminado.
Un gran ciclo había finalizado y, ya años atrás, Armand había notado que se cerraba sin comprender
siquiera que se trataba de tal ciclo
Le llegaron de Roma los relatos maliciosamente confusos de los viajeros, ya no actuales cuando le
eran contados, respecto a que el líder, Santino, había abandonado a su grey. Algunos decían que se
había vuelto loco y se había retirado al campo; otros afirmaban que se había arrojado al fuego, y unos
terceros declaraban que «el mundo» se lo había tragado, que se lo había llevado un grupo de mortales
en un carruaje n***o y que no se le había vuelto a ver.
«O nos arrojamos al fuego o entramos en la leyenda» había comentado el narrador de la historia.
Luego llegaron noticias de que el caos reinaba en Roma, de que decenas de líderes se ponían la
capucha y la túnica negras para presidir la asamblea. Y, más tarde, pareció que no quedaba ninguno de
aquellos líderes.
A partir de 1700, no había vuelto a tener noticias de Italia. Durante más de medio siglo, Armand no
había sido capaz de fiarse de su pasión ni de la de quienes le rodeaban para crear el frenesí del
auténtico aquelarre. Y, durante este tiempo, había vuelto a soñar con Marius, su viejo Maestro, con sus
ricas vestimentas de terciopelo rojo, y había visto el palazzo lleno de vibrantes pinturas. Y había sentido
miedo.
Entonces había llegado otro.
Sus hijos habían corrido a los subterráneos bajo les Innocents para describirle a aquel nuevo vampiro
que llevaba una capa de terciopelo rojo forrada de piel y podía profanar las iglesias y a*****r a los
portadores de cruces y deambular por los lugares de luz. Terciopelo rojo. Sólo era una coincidencia, y, sin
embargo, el detalle le enfureció y le pareció un insulto, un dolor gratuito que su alma no podía soportar.
Y, seguidamente, el nuevo vampiro había creado a la mujer, a aquella mujer de cabellera leonina y
nombre de ángel, tan bella y poderosa como su hijo.
Y Armand había subido los peldaños que le conducían fuera de las catacumbas, conduciendo a su
grupo contra nosotros, igual que los encapuchados se habían lanzado a destruirles a él y a su Maestro
siglos antes, en Venecia.
Y había fracasado.
Armand se vio en pie, vestido con aquellas extrañas ropas de brocados y encajes. Llevaba unas
monedas en los bolsillos. Su mente se inundó de imágenes procedentes de los miles de libros que había
leído. Y se sintió conmovido por todo lo que había presenciado en los lugares de luz de aquella gran
ciudad llamada París, y fue como si escuchara a su viejo Maestro susurrándole al oído:
«Pero dispondrás de un milenio de noches para ver la luz como ningún mortal la ha visto nunca, para
arrancar de las lejanas estrellas, como si fueras otro Prometeo, una iluminación eterna con la cual
comprender todas las cosas».
—Todas las cosas han escapado a mi comprensión —declaró—.
Me veo como alguien a quien la tierra haya devuelto, y vosotros, Lestat y Gabrielle, sois como las
imágenes pintadas por mi viejo Maestro en tonos cerúleos, carmines y dorados.
Permaneció inmóvil en el umbral de la cámara con las manos ocultas bajo los brazos cruzados,
mirándonos y preguntando en silencio:«Qué hay que conocer? ¿Qué hay que dar? Somos los abandonados de Dios. Y delante de mí no se
extiende ninguna Senda del Diablo, ni suena en mis oídos ninguna campana del infierno.