¡Criaturas como nosotros con aquellas siniestras indumentarias! Otros seres como nosotros. El
Maestro dispersándolas en todas direcciones mientras corría escaleras arriba; los huesos de las criaturas
quebrándose al golpearse contra el techo y las paredes.
—¡Blasfemo, hereje! —gritaron las voces. Los brazos agarraron a Armand y no le soltaron. Y arriba,
en lo alto de la escalera, el Maestro se volvió hacia él y gritó:
—¡Armand! ¡Confía en tus fuerzas y ven!
Pero las criaturas se apelotonaban en persecución del Maestro, le rodeaban. Por cada una que él
estrellaba contra la pared encalada, aparecían otras tres, hasta que más de cincuenta antorchas
envolvieron las ropas de terciopelo del Maestro, sus largas mangas rojas y su cabello blanco. El fuego se
alzó hasta el techo con un rugido mientras le consumía, transformado en una antorcha viviente; y, con
todo, incluso envuelto en llamas, el Maestro se defendía quemando a sus atacantes mientras éstos
arrojaban las teas a sus pies como si fueran astillas de leña.
Armand, mientras tanto, fue conducido abajo y sacado de la casa en llamas junto con los aprendices
mortales, que chillaban de terror. Y fue llevado lejos de Venecia, surcando las aguas, entre gritos y
sollozos, en las entrañas de un buque tan aterrador como la nave de los esclavos, hasta salir a mar
abierto bajo el cielo de la noche.
—¡Blasfemo, blasfemo! —La fogata cada vez mayor, y el círculo de figuras encapuchadas a su
alrededor, y el cántico más y más estentóreo—: ¡Al fuego!
Y mientras Armand contemplaba la escena, petrificado, vio cómo los aprendices mortales, sus
hermanos, sus únicos hermanos, lanzaban alaridos de pánico mientras eran arrojados por el aire hasta
caer en el seno de las llamas.
—¡No, basta, deteneos...! ¡Ellos son inocentes! ¡Por el amor de Dios, basta! ¡Son inocentes...!
Armand gritaba y gritaba, pero había llegado su turno. Pese a su resistencia, le estaban levantando
del suelo con la intención de lanzarle hacia lo alto para que fuera a caer en la pira.
—¡Maestro, ayúdame! —exclamó. Tras esto, las palabras dieron paso a un único y prolongado grito
lastimero.
Furioso, se debatió enérgicamente entre los gritos y patadas.
Pero advirtió que le habían arrastrado lejos del fuego, que le habían rescatado y devuelto a la vida. Y
se encontró tendido en el suelo contemplando el cielo. Las llamas parecían lamer las estrellas, pero
estaban lejos de él y ya no podía ni sentir su calor. Armand apreció el olor de sus ropas quemadas y de
su cabello chamuscado. Lo peor era el dolor que sentía en el rostro y en las manos; la sangre seguía
rezumando de él y apenas era capaz de mover los labios...
—... Todas las vanas obras del Maestro, destruidas. ¡Todas las vanas creaciones que había hecho
entre los mortales con sus Poderes Oscuros, imágenes de ángeles y santos y mortales vivientes!
¿Quieres que te destruyamos a ti también? ¿O prefieres entrar al servicio de Satán? Toma una decisión.
Ya has probado el fuego y éste te aguarda, hambriento de ti. El infierno te espera. ¿Vas a tomar la
decisión...?
—... sí...
—... ¿Vas a servir a Satán como debe hacerse?
—Sí...
—... ¿Aceptas que todas las cosas del mundo son pura vanidad y te comprometes a que nunca
utilizarás tu Poderes Oscuros para satisfacer ninguna vanidad mortal, ni para pintar, crear música, bailar
o recitar para diversión de los mortales, sino para permanecer eternamente al exclusivo servicio de
Satán? ¿Te comprometes a emplear tus Poderes Oscuros para seducir y aterrorizar y destruir, sólo
destruir... ?
—Sí...
—... ¿A consagrarte a tu único amo, Satán, siempre y eternamente Satán? ¿A servir a tu verdadero
amo y maestro en la oscuridad y el dolor y el sufrimiento? ¿A entregarle tu mente y tu corazón?
—Sí.
—¿Y a no ocultar secreto alguno a tus hermanos en Satán, a proporcionarles los conocimientos que
poseas del blasfemo y de su carga... ?
Silencio.
—¡A explicar todo lo que conozcas sobre su carga! —insistieron las criaturas—. ¡Vamos, apresúrate,
las llamas esperan!
—No os entiendo...
—¡Hablamos de Los Que Deben Ser Guardados! ¡Cuéntanos lo que sepas!
—¿Contaros qué? No sé nada, salvo que no quiero sufrir. Estoy muy asustado.
—Dinos la verdad, Hijo de las Tinieblas. ¿Dónde están? ¿Dónde se encuentran Los Que Deben Ser
Guardados?
—No lo sé. Leed mi mente, si tenéis ese poder. Comprobaréis que no contiene nada que os pueda
decir.
—¿Pero qué son? ¿No te lo ha contado nunca tu blasfemo maestro? ¿Qué son Los Que Deben Ser
Guardados?
Así, pues, tampoco aquellas criaturas sabían a qué se refería el Maestro. El nombre no tenía más
significado para ellas que para el propio Armand. «Cuando seas lo bastante poderoso como para que
nadie pueda arrancarte ese conocimiento en contra de tu voluntad,» El Maestro había sido muy previsor.
—¿Qué significa ese nombre? ¿Dónde están? ¡Es preciso que nos des la respuesta!
—Os juro que no la tengo. Os lo juro por mi miedo, que es lo único que poseo ahora. ¡No lo sé!
Rostros lechosos apareciendo encima de él, uno tras otro. Los labios insípidos depositando besos
dulces e intensos, las manos acariciándole y las relucientes gotitas de sangre rezumando de las muñecas
de las criaturas. Estas querían descubrir la verdad en la sangre, pero, ¿qué importaba eso? La sangre
era la sangre.
—Ahora eres el hijo del diablo.
—Sí.
—No llores por Marius, tu maestro. Marius está en el infierno, donde pertenece. ¡Bebe ahora la sangre
curativa y levántate y baila con los de tu estirpe para gloria de Satán! ¡Bebe y la inmortalidad será tuya de
verdad!
—Sí... —La sangre quemándole la lengua al levantar la cabeza; la sangre llenándole con tortuosa
lentitud.— ¡Oh, por favor!
En torno a él, frases en latín y el pausado batir de unos tambores. Las criaturas se daban por
satisfechas, sabían que había dicho la verdad. No le matarían y el éxtasis borró cualquier otra reflexión.
El dolor de sus manos y de su rostro se había disuelto en el éxtasis...
—Levántate, joven, y únete a los Hijos de la Oscuridad.
—Sí.
Manos blancas tendidas hacia las suyas. Cornos y laúdes aullando sobre el batir de los tambores,
arpas pulsadas en un rasgueo hipnótico mientras el círculo empezaba a moverse. Figuras encapuchadas
vestidas de n***o con túnicas de mendicante que ondulaban cuando alzaban las rodillas y doblaban el
espinazo.
Y, soltándose las manos, dieron vueltas y saltaron y cayeron de nuevo, girando y girando, y una
tonada se alzó en un murmullo cada vez más potente tras los labios cerrados.
El círculo siguió girando más deprisa. El murmullo era una gran vibración melancólica sin forma ni
continuidad y, sin embargo, parecía una especie de lenguaje, el propio eco del pensamiento. Cada vez
más potente, se alzó como un gemido que no lograra quebrarse en un grito.
Él hacía el mismo sonido, al unísono con los demás, y luego giraba y, mareado de dar vueltas, saltaba
al aire, muy alto. Las manos le asían, los labios le besaban y él daba vueltas y más vueltas impulsado por
los demás, alguien gritando en latín, otro respondiendo, otra voz gritando más fuerte, seguida de una
nueva respuesta.
Estaba volando, rotas las a******s con la tierra y con el terrible dolor de la muerte de su Maestro y de
la destrucción de los cuadros y de la muerte de los mortales que había amado. El viento sopló de frente, y
el calor le estalló en el rostro y en los ojos, pero la tonada era tan hermosa que no importaba que ignorara
las palabras, que no pudiera rezarle a Satán o que no supiera creer ni rezar una oración como aquélla,
pues nadie se daba cuenta de su ignorancia. Todos los demás, formando un coro, continuaron lanzando
gemidos y lamentos y dando vueltas y saltando de nuevo; y luego, balanceándose hacia adelante y hacia
atrás, echaron la cabeza hacia atrás, cegados por las llamas que les lamían, y alguien gritó «¡Sí, SÍ!».
Y la música se alzó como una oleada. Tambores y panderetas desencadenaron un ritmo bárbaro en
torno a Armand, mientras las voces se lanzaban por fin a una extravagante y acelerada melodía. Los
vampiros alzaron los brazos entre aullidos y sus siluetas pasaron revoloteando ante él, presas de
agitadas contorsiones, con las espaldas arqueadas y un taconeo nervioso. Era el júbilo de los diablillos en
el infierno. La escena horrorizó a Armand, y, al mismo tiempo, le atrajo. Y cuando las manos le asieron y
le hicieron dar vueltas sobre sí mismo, el joven se puso a taconear, a girar y a bailar como los demás,
dejando que el dolor le atravesase, doblando las extremidades y dando la alarma a sus gritos. Y, antes de que amaneciera, Armand se encontró delirando, rodeado por una decena de hermanos
que le acariciaban y le tranquilizaban y le conducían peldaños abajo por una escalera que habían abierto
en las entrañas de la Tierra.
Durante los meses que siguieron, Armand creyó soñar que su Maestro no había muerto entre las
llamas. Soñó que su Maestro había caído del tejado, como un cometa flamante, a las aguas salvadoras
del canal que corría debajo. Y que sobrevivía en lo más profundo de las montañas del norte de Italia. Y
que le llamaba a su lado. El Maestro se hallaba en el santuario de Los Que Deben Ser Guardados.
A veces, en sus sueños, el Maestro aparecía poderoso y radiante como siempre le había visto; la
belleza parecía ser su vestimenta. Otras veces, se presentaba en el suelo como una criatura ennegrecida
y consumida, como un ascua dotada de vida, con los ojos enormes y amarillos. Únicamente su cabello
blanco aparecía tan abundante y lustroso como Armand lo recordaba. El Maestro se arrastraba por el
suelo, sin fuerzas, suplicándole ayuda. Y, detrás de él, una luz cálida surgía del santuario de Los Que
Deben Ser Guardados; y, con la luz, llegaba el olor de incienso. Parecía haber allí una promesa de
antigua magia, una promesa de belleza fría y exótica más allá de todo bien y de todo mal.
Pero todo aquello eran vanas imaginaciones. El Maestro le había dicho que el fuego y la luz del Sol
podían destruirles y él mismo había visto al Maestro envuelto en llamas. Tener sueños de aquel tipo era
como desear la vuelta a la vida mortal.
Y cuando Armand abría los ojos y contemplaba la Luna y las estrellas y el tranquilo espejo del mar
que tenía ante él, se daba cuenta de que no había esperanzas ni penas ni alegrías. Todas estas
emociones habían procedido del Maestro y éste ya no existía.
«Soy el hijo del diablo.» Aquello era poesía. Desapareció de él toda la fuerza de voluntad y no quedó
nada, salvo la confraternidad de las tinieblas. Y su impulso cazador pasó a cebarse no sólo en los
malhechores, sino también en los inocentes. La caza se transformó, por encima de todo, en un acto de
crueldad.
En Roma, en la gran asamblea reunida en las catacumbas, saludó con una reverencia a Santino, el
líder del grupo, quien descendió una escalinata de piedra para recibirle con los brazos abiertos. Aquel
poderoso Maestro había nacido a las Tinieblas en tiempos de la peste negra y le contó a Armand la visión
que le había asaltado en el año 1349, cuando la epidemia estaba en pleno furor, respecto a que nuestra
raza era como la propia peste negra: una plaga sin explicación, destinada a hacer dudar al hombre, a
hacerle dudar de la bondad y de la intervención divinas.
Santino condujo a Armand al santuario cubierto de cráneos humanos y le contó la historia de los
vampiros.
Estos, igual que los lobos, habían existido en todas las épocas como un flagelo de la humanidad
mortal. Y en la asamblea de Roma, sombra oscura de la Iglesia Católica, radicaba su perfección final.
Armand ya estaba al corriente de los rituales y de las prohibiciones más comunes. Ahora debía
aprender las grandes leyes:
UNA: Que cada asamblea debe tener su líder y que sólo éste puede ordenar que se efectúe el Rito
Oscuro sobre un mortal, además de ocuparse de que se observen como es debido las ceremonias.
DOS: Que no deben realizarse nunca el Rito Oscuro con un inválido, un tullido, un niño o un mortal
incapaz de, incluso con los Poderes Oscuros, sobrevivir por su cuenta. Se entiende también que todos
los mortales que reciban los Dones Oscuros deben ser hermosos, para que el insulto a Dios sea más
grande cuando se efectúe sobre ellos el Rito Oscuro.
TRES: Que los vampiros viejos no deben realizar nunca este rito mágico para que la sangre de los
novicios no sea demasiado fuerte, pues el poder de los vampiros crece con el tiempo de forma natural y
los viejos tienen demasiado para transmitirlo. Las heridas, las quemaduras y otras catástrofes
semejantes, si no logran destruir al Hijo de Satán, no hacen otra cosa que incrementar sus poderes una
vez curado. Con todo, Satán protege a su rebaño del poder de los viejos vampiros, pues todos éstos, sin
excepción, se vuelven locos.
A este respecto, Santino hizo observar a Armand que en aquel momento no había ningún vampiro
vivo que tuviera más de trescientos años. Ninguno de los que aún vivían guardaba recuerdos de la
fundación de la primera asamblea en Roma. El diablo llamaba a los vampiros a su lado con bastante
frecuencia.
También hizo hincapié en que el efecto del Rito Oscuro era impredecible, aunque fuera realizado por
un vampiro novicio y con todo el cuidado debido. Por razones que nadie conocía, algunos mortales se
hacían fuertes como titanes cuando renacían como Hijos de las Tinieblas, mientras otros apenas pasaban
de c*******s ambulantes. Por eso debía escogerse con mucho cuidado a los mortales, y debía evitarse
tanto a los que poseían un gran apasionamiento y una voluntad indomable como a los que carecían por
completo de ambas cosas.
CUATRO: Que ningún vampiro puede destruir jamás a otro, salvo el amo de la asamblea, quien posee
poder sobre la vida y la muerte de toda su grey, y, además, tiene la obligación de conducir al fuego a los
viejos y a los locos cuando ya no pueden seguir sirviendo a Satán como es debido. Ese líder de la
asamblea tiene la obligación de destruir a todos los vampiros que no han sido creados como es debido, y
a aquellos que están tan malheridos que no podrían sobrevivir por sí solos. Y, por último, tiene también la
obligación de procurar la destrucción de todos los proscritos y de quienes hayan quebrantado las leyes.
CINCO: Que ningún vampiro debe revelar jamás su verdadera naturaleza a un humano y permitir que
éste siga viviendo. Ningún vampiro debe contar la historia de los vampiros a un mortal y dejarle seguir
viviendo. Ningún vampiro debe contar por escrito la historia de los vampiros ni revelar ninguna
información verídica sobre los mismos, para que los mortales no puedan descubrir tal historia y tomarla
por cierta. Y ningún mortal debe enterarse nunca del nombre de un vampiro, salvo el de su lápida
sepulcral, del mismo modo en que ningún vampiro debe revelar a los mortales la ubicación de su guarida
ni la de ningún otro vampiro.
Éstas eran, pues, las grandes órdenes que debían obedecer todos los vampiros y que regían la
existencia entre los no muertos.