La cámara había desaparecido. Las paredes se habían desvanecido. Llegaban unos jinetes. Una nube
de polvo creciendo en el horizonte. A continuación, unos gritos de terror y un chiquillo de cabello castaño
oscuro, vestido con bastas ropas de campesino, corriendo sin cesar mientras los jinetes se desataban en
una horda. Y el chiquillo debatiéndose a puñetazos y a patadas tras ser atrapado y arrojado sobre la silla
de montar por uno de los jinetes, que se lo llevaba más allá de los confines del mundo.
Aquel chiquillo era Armand y el escenario de los hechos, aunque Armand lo ignorara, las estepas
meridionales de Rusia. El chiquillo conocía otras palabras como Madre, Padre, Iglesia, Dios y Satanás,
pero no sabía el nombre de su patria ni del idioma que hablaba, ni que los jinetes que le habían raptado
eran tártaros y que nunca volvería a ver nada de lo que conocía o amaba.
Oscuridad, el tumultuoso movimiento del barco y el interminable mareo y, emergiendo del miedo y de
la desesperación, la enorme y deslumbrante jungla de edificios imposibles que formaba la Constantinopla
de los últimos días del Imperio Bizantino, con sus fantásticas multitudes y sus tarimas para la subasta de
esclavos. El balbuceo amenazador de unos idiomas extraños, amenazas efectuadas en el lenguaje
universal de los gestos y, en torno al chiquillo, los enemigos que no podía distinguir ni calmar, y de los
que no podía escapar.
Pasarían años y años, más de una existencia mortal, antes de que Armand volviera la vista atrás
hasta aquel espantoso momento y le diera nombres e historias a todo aquello: Los funcionarios de la
Corte bizantina que le habrían castrado y los guardianes de los harenes del Islam que habrían hecho otro
tanto, y los orgullosos guerreros mamelucos venidos de Egipto que se lo habrían llevado con ellos a El
Cairo de haber sido más rubio y más fuerte, y los radiantes venecianos de hablar dulce con sus polainas
y con sus chalecos de terciopelo, las criaturas más deslumbrantes de todas, cristianos igual que él, y, sin
embargo, intercambiando ligeras risas entre ellos mientras le examinaban, y él allí, mudo, incapaz de
responder, de suplicar, incluso de mantener esperanzas.
Vi los mares que se abrían ante él, el gran vaivén azul del Egeo y el Adriático y, de nuevo, el mareo en
la bodega y el solemne juramento de no seguir viviendo.
Y luego los grandes palacios moros de Venecia alzándose de la reluciente superficie de la laguna, y la
casa a la que le llevaban, con decenas y decenas de cámaras secretas, y la luz del cielo apenas
entrevista a través de los barrotes de las ventanas, y los otros chicos hablándole en aquel idioma
veneciano tan suave y extraño, y las amenazas y las lisonjas mientras se convencían, contra todos sus
miedos y supersticiones, de los pecados que debía cometer con el interminable desfile de extraños en aquel ambiente de mármol y luces de antorchas donde cada cámara se abría a una nueva escena de
ternura que se entregaba al mismo deseo ritual, inexplicable y, por último, cruel.
Y al fin, una noche, después de días y días de negarse a obedecer, hambriento y dolorido y privado de
hablar con nadie, fue obligado a cruzar de nuevo una de aquellas puertas tal como estaba, sucio y
cegado por la luz tras el encierro en la oscura y lóbrega celda. Y el ser que le estaba esperando allí, el
hombre alto, de rostro enjuto y casi luminoso, vestido de terciopelo rojo, le tocó con sus fríos dedos tan
suavemente que, medio adormilado, el muchacho no lloró al ver cambiar de manos las monedas. Pero
era una cantidad importante. Demasiado importante. Estaba siendo vendido. Y la cara del hombre... era
demasiado lisa; más bien parecía una máscara.
En el último instante, el muchacho se puso a gritar, juró que sería obediente, que no se pelearía más.
Que alguien le dijera dónde le llevaban; no volvería a desobedecer, por favor, por favor. Pero, en el
mismo instante en que era arrastrado escaleras abajo hacia el fétido olor de las cloacas, volvió a notar el
contacto de los dedos firmes y delicados de su nuevo amo y, en el cuello, el roce de unos labios fríos y
tiernos que nunca jamás le harían daño, y aquel mortal e irresistible primer beso.
Amor y amor y amor en el beso del vampiro. Un amor que bañó a Armand, que le limpió, esto es todo,
mientras era transportado a la góndola y ésta avanzaba como un gran escarabajo siniestro por el
estrecho canal hasta las alcantarillas bajo otra casa.
Ebrio de placer. Ebrio de las manos blancas y sedosas que alisaban su cabello y de la voz que le
llamaba hermoso; ebrio del rostro que, en instantes de emoción, se llenaba de expresividad para hacerse
luego más sereno y deslumbrante que si fuera de alabastro y joyas. Un rostro como un remanso de agua
bajo el claro de luna: un roce, aunque sea con las yemas de los dedos, y toda su vida sale a la superficie,
para, a continuación, desvanecerse de nuevo en la quietud.
Ebrio a la luz de la mañana con el recuerdo de esos besos, cuando, a solas, abría una puerta tras otra
y descubría libros, mapas y estatuas de granito y de mármol, cuando los otros aprendices le localizaban y
le conducían pacientemente a su trabajo para enseñarle a mezclar los colores puros con la yema de
huevo y a extender la laca de la yema de huevo sobre los paneles, y para guiarle por el andamio mientras
los artistas aplicaban cuidadosas pinceladas en el borde mismo de la enorme escena de sol y nubes,
mostrándole aquellos grandes rostros y manos y alas angelicales que sólo podía tocar el pincel del
Maestro.
Ebrio cuando se sentaba a la larga mesa con ellos y se atiborraba de deliciosos platos que no había
probado hasta entonces y de vino que nunca se agotaba.
Y cayendo dormido finalmente, para despertar en ese momento del crepúsculo en que el Maestro se
presentaba junto a la enorme cama, espléndido como un producto de la imaginación con su ropa de
terciopelo rojo, su tupida cabellera blanca brillando a la luz de la lámpara y la felicidad más natural e
ingenua en sus brillantes ojos azules cobalto. Y el beso mortal.
—Ah, sí, no separarme nunca de ti, sí..., sin miedo.
—Pronto, querido mío, estaremos unidos de verdad. Antorchas encendidas por toda la casa. El Maestro en lo alto del andamio con el pincel en la mano:
«Quédate aquí, a la luz; no te muevas», y horas y horas inmóvil en la misma posición hasta ver, poco
antes del amanecer, sus propias facciones en el lienzo, las facciones del ángel. Y el amo sonriéndole
mientras avanzaba por el interminable corredor...
—No, Maestro, no me dejes. Permite que me quede contigo, no te vayas...
Nuevamente, la luz del día. Y dinero en los bolsillos, oro de ley, y el fasto de Venecia con sus canales
de aguas verdes oscuras entre los muros de los palacios, y los otros aprendices caminando del brazo con
él, y el aire fresco y el cielo azul sobre la plaza de San Marcos como algo que sólo hubiera soñado en la
infancia. Y, al atardecer, de nuevo el palazzo y la entrada del Maestro, el Maestro inclinado con el pincel
sobre la pequeña tabla, trabajando cada vez más deprisa bajo la mirada de los aprendices, entre
horrorizada y fascinada, y el Maestro levantando la vista hacia él y dejando a un lado el pincel y
llevándoselo del enorme estudio mientras los demás seguían trabajando hasta la medianoche, y su rostro
entre las manos del Maestro para recibir, de nuevo a solas en la alcoba, aquel secreto (nunca contárselo
a nadie) beso.
¿Dos años? ¿Tres? Imposible recrear o abarcar con palabras el esplendor de esa época: las flotas
que zarpaban del puerto hacia la guerra, los himnos que se entonaban ante los altares bizantinos, las
representaciones de la Pasión y de los milagros que se celebraban en los estrados de las iglesias y en
las plazas, con su boca del infierno y sus demonios retozones, y los deslumbrantes mosaicos que cubrían
los muros de San Marcos y de San Zanipolo y del Palazzo Ducale, y los pintores que trabajaban en esas
calles, Giambono, Uccello, el Vivarini y el Bellini, y los continuos días de fiesta y de procesiones. Y
siempre de madrugada, en las enormes estancias del palazzo iluminadas con antorchas, él a solas con el
Maestro mientras los demás dormían encerrados bajo llave en sus alcobas. El pincel del Maestro
moviéndose vertiginosamente sobre la tabla colocada ante él, como si estuviera descubriendo el cuadro
en lugar de crearlo...; el sol y el cielo y el mar extendiéndose bajo el dosel que formaban las alas del
ángel.
Y esos momentos horribles e inevitables en que el Maestro se ponía en pie gritando, arrojando los
botes de pintura en todas direcciones, y se llevaba las manos a los ojos como si quisiera arrancárselos de
las cuencas.
—¿Por qué no puedo ver? ¿Por qué no veo mejor que los mortales?
El muchacho apretado contra su maestro. Esperando el éxtasis del beso. Un secreto oscuro, no
revelado. El Maestro saliendo por la puerta sin ser visto, un rato antes del amanecer.
—Déjame ir contigo, Maestro.
—Pronto, querido mío, mi amor, mi pequeño, cuando seas lo bastante fuerte y alto y haya
desaparecido de ti toda imperfección. Ve ahora y disfruta de todos los placeres que te aguardan, goza del
amor de una mujer durante las próximas noches, y goza también del amor de un hombre. Olvida las
penas que conociste en el burdel y saborea esas cosas mientras te quede tiempo.
Y rara era la noche que terminaba sin que la figura del Maestro volviera, justo antes de salir el sol, y le
acompañaría muchas veces durante las horas de luz, hasta que, con el crepúsculo, llegara de nuevo el
beso mortal.
Aprendió a leer y a escribir. Se encargaba de llevar las pinturas a sus destinos finales en las iglesias y
las capillas de los grandes palacios, de cobrar las obras entregadas y de comprar los óleos y pigmentos.
Reñía a los criados cuando las camas se quedaban por hacer y las comidas no estaban a tiempo. Y,
adorado por los aprendices, éstos se despedían llorando cuando, terminado el aprendizaje, los enviaba a
su nuevo servicio. Le leía poesía al Maestro mientras éste pintaba, y aprendió a tocar el laúd y a cantar
tonadas.
Y en las tristes ocasiones en que el Maestro abandonaba Venecia durante muchas noches seguidas,
era él quien gobernaba la casa en su ausencia, ocultando su zozobra a los demás y sabiendo que ésta
sólo terminaría cuando regresara el Maestro.
Y una noche, por fin, en las horas de la madrugada en que hasta Venecia duerme:
—Ha llegado el momento, hermoso mío, de que vengas a mí y te conviertas en lo que soy. ¿Es éste tu
deseo?
—Sí.
—Te alimentarás siempre en secreto con la sangre de los malhechores, como yo hago, y guardarás
este secreto hasta el fin de los tiempos.
—Hago la promesa, me entrego, lo deseo..., deseo estar contigo, Maestro mío, para siempre. Tú eres
el creador de todo lo que soy. Nunca ha existido un deseo tan intenso.
El pincel del Maestro señalaba la pintura que se alzaba hasta el techo, por encima de las hileras de
andamios.
—Éste es el único sol que volverás a ver siempre. Pero dispondrás de un milenio de noches para ver
la luz como ningún mortal la ha visto nunca, para arrancar de las lejanas estrellas, como si fueras otro
Prometeo, una iluminación eterna con la cual comprender todas las cosas.
¿Cuántos meses transcurridos tras esto? ¿Cuántos meses de vagar sin rumbo bajo el dominio del
Don Oscuro?
Toda una vida nocturna de deambular juntos por las callejas y los canales —indiferente al peligro de la
oscuridad y ya sin miedo alguno—, y el antiquísimo éxtasis de la muerte, y nunca, jamás, un alma
inocente. No, siempre la de un malhechor, y la mente conmovida hasta topar con Tifón, el asesino de su
hermano, y luego el acto de apurar la maldad de la víctima humana y de transmutarla en éxtasis. El
Maestro, marcando el camino; el festín, compartido.
Y luego la pintura, las horas solitarias con el milagro de su nueva habilidad, el pincel moviéndose a
veces sobre la superficie esmaltada como dotado de voluntad propia, y los dos juntos pintando con furia
sobre el tríptico, y los aprendices mortales dormidos entre los botes de pintura y las botellas de vino. Y
solamente un misterio que perturba la felicidad, el misterio de que, como en el pasado, el Maestro debía
abandonar Venecia de vez en cuando para emprender un viaje que parecía interminable a quienes
quedaban dolidos por su ausencia.
Una separación aún más terrible, ahora. Cazar solo sin el Maestro, yacer a solas en el profundo
sótano después de la caza, esperando. No escuchar el timbre de la risa del Maestro ni el latido de su
corazón.
—¿Pero adonde vas? ¿Por qué no puedo ir contigo? —suplicó Armand. ¿No compartían el secreto?
¿Por qué, entonces, no le explicaba aquel misterio?
—No, querido mío, todavía no estás preparado para esta carga.
De momento ha de seguir siendo sólo mía, como lo ha sido durante más de mil años. Algún día me
ayudarás en lo que constituye mi deber, pero eso sólo será cuando estés preparado para recibir el
conocimiento, cuando hayas demostrado querer conocerlo de verdad y cuando seas lo bastante
poderoso como para que nadie pueda arrancarte ese conocimiento en contra de tu voluntad. Quiero que
entiendas que, hasta entonces, no tengo otra opción que dejarte al margen. Mi viaje es para atender a
Los Que Deben Ser Guardados, como siempre he hecho.
Los Que Deben Ser Guardados.
Armand les daba vueltas en la cabeza a aquellas palabras, que le producían miedo. No obstante, lo
peor era que apartaban de él al Maestro. Y sólo aprendió a superar ese miedo cuando comprobó que el
Maestro volvía a él una y otra vez tras estas ausencias.
—Los Que Deben Ser Guardados están en paz, o en silencio —decía el Maestro, al tiempo que se
quitaba de los hombros la capa de terciopelo roja—. Puede que nunca lleguemos a saber nada más del
tema.
Y, de nuevo, Armand y el Maestro volcados en el festín, en la sigilosa persecución de los malhechores
por las callejas venecianas.
¿Cuánto tiempo podría haber continuado aquello? ¿Lo que dura una vida mortal? ¿Lo que duran
cien?
Y había transcurrido aproximadamente medio año de esta tenebrosa felicidad, cuando una noche, tras
el crepúsculo, el Maestro se incorporó de su ataúd en el profundo sótano justo por encima del agua y
anunció:
—¡Levántate, Armand, tenemos que marcharnos de aquí! ¡Ellos están aquí!
—¿Ellos, Maestro? ¿Quiénes? ¿Los Que Deben Ser Guardados?
—No, querido mío. Los otros. ¡Vamos, debemos darnos prisa!
—Pero, ¿cómo pueden hacernos daño? ¿Por qué tenemos que marcharnos?
Los rostros blancos tras las ventanas, los golpes a las puertas. El ruido de los cristales rotos. El
Maestro volviendo la vista a un lado y a otro para contemplar los cuadros. El olor a humo. El olor a brea
ardiendo. Los misteriosos asaltantes subían del sótano, y también bajaban del piso superior.
—¡Corre! ¡No hay tiempo para poner nada a salvo!
Escaleras arriba hasta el techo. Unas figuras oscuras y encapuchadas blandiendo antorchas a través
del umbral, el fuego rugiendo en las habitaciones de la planta baja, haciendo estallar las ventanas y
envolviendo en llamas la escalera. Todos los cuadros destruidos.
—¡Al tejado, Armand, vamos!