—No hables de eso —murmuré. Pero sentía que me iba ablandando, arrastrado por sus ojos y su voz.
Estaba muy cerca del éxtasis que me había embargado aquella noche en las almenas. Usando toda mi
fuerza de voluntad, extendí los brazos para asirme a Gabrielle.
—¿Quién entiende lo que pasó por tu cabeza cuando mis renegados seguidores, recreándose con la
música de tu preciado violinista, imaginaron su espantosa empresa en el bulevar?
No repliqué.
—¡El Teatro de los Vampiros! —Sus labios se estiraron en la más triste de las sonrisas—.
¿Comprende ella la ironía, la crueldad que encierra? ¿Sabe ella lo que sentías cuando salías a aquel
escenario como galán joven y escuchabas al público vitoreándote? ¿Cuando el tiempo era tu amigo, y no
tu enemigo como ahora? ¿Cuando entre bambalinas abrías los brazos y tus amantes mortales acudían a
ti, tu pequeña familia, apretándose contra ti...?
—Basta, por favor. Te pido que pares.
—¿Alguien más conoce el tamaño de tu alma?
Brujería. ¿Había sido utilizada alguna vez con más habilidad? ¿Y qué era lo que nos estaba diciendo
en realidad bajo aquel líquido fluir de palabras hermosas?: «Venid a mí y seré el sol en torno al cual giréis
en órbita, y mis rayos dejarán al descubierto los secretos que os ocultáis el uno al otro, y así yo, que
poseo hechizos y poderes de los que no tenéis la menor idea, os controlaré y os poseeré y os destruiré».
—Ya te lo he preguntado antes —dije—. ¿Qué quieres? ¿Qué es lo que quieres de verdad?
—¡A ti! —respondió—. ¡A ti y a ella! ¡Quiero que nos convirtamos en terceto en esta encrucijada!
«¿No que nos rindamos a ti?»
Sacudí la cabeza en gesto de negativa. Y advertí la misma alarma y repulsión en Gabrielle.
Armand no mostró enfado; ahora no había malevolencia en él. Y, sin embargo, volvió a decir en el
mismo tono de voz seductor:
—Te maldigo.
Fue como si lo recitara.
—Me ofrecí a ti en el momento en que me venciste —continuó Armand—. Recuérdalo cuando tus
hijos tenebrosos arremetan contra ti, cuando se levanten frente a ti. Recuérdame.
Me sentí abrumado, más perturbado incluso que tras el triste y horrible adiós a Nicolás en el local de
Renaud. Durante nuestro encuentro en la cripta bajo les Innocents, no había sabido qué era el miedo. En
cambio, había empezado a tenerlo desde el momento en que habíamos entrado en la cámara donde
ahora estábamos.
Y Armand fue presa de un nuevo acceso de cólera, tan terrible que fue incapaz de controlarlo.
Bajó la cabeza y desvió la mirada de mí. Se hizo pequeño, liviano, y permaneció plantado ante el
fuego con los brazos apretados contra el cuerpo. Su mente empezó a lanzar amenazas contra mí y pude
captarlas nítidamente, aunque Armand las silenció antes de que surgieran de sus labios.
No obstante, algo perturbó mi visión durante una fracción de segundo. Quizá fue una gota de cera
cayendo de una vela, o tal vez el parpadeo de mis ojos. Fuera lo que fuese, Armand desapareció de mi
vista. O trató de hacerlo, pero le vi alejarse del fuego a grandes saltos, como un relámpago oscuro.
—¡No! —grité. Y, lanzándome contra algo que no podía ver siquiera, le agarré entre mis manos, sólido
y material otra vez.
Armand se había movido muy deprisa y, pese a ello, yo había sido más rápido. Nos quedamos frente
a frente junto a la puerta de la cámara y, de nuevo, repetí mi escueta negativa sin dejar de sujetarle.
—No podemos separarnos así. No podemos decirnos adiós con este rencor, no y no.
Y mi voluntad se desmoronó de pronto mientras abrazaba a Armand y me apretaba contra él para que
no pudiera desasirse o tan siquiera moverse.
No me importaba lo que Armand era, ni lo que había hecho en el maldito momento de mentirme, o
incluso de intentar dominarme; no me importaba haber perdido mi condición de mortal y no poder
recuperarla nunca más.
Mi único deseo era que Armand se quedará allí. Quería estar con él, quería ser lo que él era y quería
que todas las cosas que había dicho fueran ciertas. No obstante, nunca podrían ser como él las deseaba.
Nunca podría tener aquel poder sobre nosotros. Nunca podría apartar de mi lado a Gabrielle.
Con todo, me pregunté si Armand se daba perfecta cuenta de lo que nos pedía. ¿Era posible que
creyera de verdad hasta en las palabras más inocentes que salían de sus labios?
Sin una palabra, sin pedirle permiso, le conduje de nuevo al banco junto al fuego. Volví a presentir
peligro, un terrible peligro, pero eso ya no tenía importancia, en realidad. Ahora, Armand tenía que
quedarse allí con nosotros.
Gabrielle murmuraba algo para sí mientras deambulaba de un extremo a otro de la cámara con la
capa colgada de un hombro. Casi parecía haberse olvidado por completo de nuestra presencia.
Armand la observaba con atención; Gabrielle, inesperada y bruscamente, se volvió hacia él y le dijo en
voz alta:
—Tú te acercas a él y le dices «llévame contigo». Le dices «ámame», y haces alusiones a unos
secretos, a unos conocimientos superiores, pero no nos ofreces nada, salvo un puñado de mentiras.
—Os he mostrado mi capacidad para comprender —respondió él con un leve murmullo.
—No, lo que has hecho son triquiñuelas —replicó ella—. Has creado imágenes. E imágenes bastante
infantiles. Has atraído a Lestat Palais Royal mediante los más elaborados engaños con el único propósito
de atacarle. Y ahora, cuando se produce un momento de pausa en la lucha, no se te ocurre sino intentar
sembrar disensiones entre nosotros...
—Sí, es cieno, antes trataba de engañaros —reconoció Armand—. Pero las cosas que he dicho aquí
son ciertas. Tú misma desprecias ya tu hijo por su amor a los mortales, por su necesidad de estar cerca
de ellos en todo instante, por su complacencia con el violinista. Tú sabías que el Don Oscuro
enloquecería a éste, y sabes que finalmente te destruirá. Y ansias verte libre de todos los Hijos de las
Tinieblas.
No puedes ocultarme ese pensamiento.
—¡Ah, qué ingenuo eres! —exclamó Gabrielle—. Ves las cosas, pero no las entiendes. ¿Cuántos años
duró tu vida mortal? ¿Recuerdas algo de esos años? Lo que has percibido en mí no es la suma total de la pasión que siento por mi hijo. Le he amado como nunca he querido a nada ni a nadie. En mi soledad, mi
hijo lo es todo para mí. ¿Cómo es posible que no sepas interpretar lo que ves?
—Eres tú quien se equivoca —contestó él con la misma voz dulce—. Si alguna vez hubieras querido
de verdad a otro, sabrías que lo que sientes por tu hijo no es nada en absoluto.
—Todo esto no lleva a ninguna parte —intervine.
Gabrielle, sin el más ligero titubeo, replicó de inmediato a Armand.
—No. Mi hijo y yo somos de la misma sangre en más de un sentido. En cincuenta años de vida, no he
conocido nunca a nadie más fuerte que yo, salvo mi hijo. Y siempre podemos corregir lo que nos espera.
¿Cómo vamos a hacerte uno de nosotros si utilizas estas cosas para echar leña al fuego? Pero quiero
que entiendas bien lo que te planteo: ¿qué tienes para dar de ti mismo que nosotros pudiéramos querer?
—Mi guía y mi consejo, eso es lo que necesitáis. Apenas habéis iniciado vuestra aventura y carecéis
de unas creencias que os sostengan. No podréis vivir sin un credo, sin un rumbo...
—Millones de humanos viven sin guía ni credo. Eres tú quien no puede pasarse sin ellos —protestó
Gabrielle.
Una oleada de dolor, de sufrimiento, surgió de Armand. Pero Gabrielle continuó hablando con una voz
tan monocorde y carente de inflexiones que casi era un monólogo.
—Yo también me hago preguntas —dijo—. Hay cosas que deseo conocer. No puedo vivir sin regirme
por una filosofía, pero ésta no tiene nada que ver con viejas creencias en dioses o diablos. —Empezó a
deambular de nuevo por la estancia, sin dejar de mirarle mientras hablaba—. Quiero saber, por ejemplo,
por qué existe la belleza, por qué la naturaleza sigue creándola y cuál es el vínculo entre la vida de una
tormenta de relámpagos y las sensaciones que nos inspira. Si Dios no existe, si estas cosas no están
unificadas en un gran sistema metafórico, ¿por qué conservan aún tal poder simbólico sobre nosotros?
Lestat lo denomina el Jardín Salvaje, pero a mí no me basta. Y debo confesar que esto, esta curiosidad
desquiciada o como quieras llamarlo, me aleja de mis víctimas humanas. Me conduce a campo abierto,
lejos de las obras humanas. Y tal vez me aparte de mi hijo, que está bajo el embrujo de todo lo humano y
mortal.
Se acercó a Armand y entrecerró los ojos, mirándole cara a cara. En aquel momento, nada en sus
gestos delataba que era una mujer. Continuó hablando.
—Sea como sea, ésta es la linterna con la que ilumino la Senda del Diablo. ¿Con cuál la has recorrido
tú? ¿Qué más has aprendido, aparte de supersticiones y creencias en el diablo? ¿Qué sabes de nuestra
especie y de cómo empezó a existir? Respóndenos a eso y quizá valga para algo. Aunque, por otra parte,
puede que tampoco eso sirva para nada.
Armand estaba estupefacto, sin recursos para ocultar su asombro. Miró a Gabrielle con aire de
confusa candidez. Luego se puso en pie y retrocedió, tratando obviamente de escapar de ella. Su mirada
perdida en el vacío era la de un ser abatido, vencido.
Se hizo el silencio, y, por un instante, sentí por Armand un extraño impulso protector. Gabrielle había
expresado la verdad desnuda de las cosas que le interesaban, como era su costumbre desde que yo
recordaba, y, como siempre, lo había hecho con su hiriente indiferencia. Había hablado de lo que le interesaba a ella sin prestar la menor atención a lo que él sintiera. Ven a un plano distinto, al mío, le había
dicho. Y él se había bloqueado, se había empequeñecido. Su grado de importancia estaba resultando
alarmante y no daba muestras de recuperarse del ataque de Gabrielle.
Dio media vuelta y avanzó de nuevo hacia el banco como si fuera a sentarse; luego se dirigió a los
sarcófagos y, finalmente, hacia la pared. Era como si aquellas superficies sólidas le repelieran, como si
su mente chocara con un campo invisible que le rechazaba antes de alcanzarlas.
Salió de la cámara, adentrándose en la estrecha escalera de piedra, y luego dio la vuelta y regresó.
Su mente estaba cerrada ahora, o, peor aún, no había en ella pensamiento alguno. Sólo pude captar
las imágenes desordenadas de lo que veía ante sí, simples objetos materiales que brillaban bajo su
mirada, la puerta tachonada de clavos de hierro, las velas, el fuego del hogar. Vi una detallada evocación
de las calles de París, de los vendedores y de los pregoneros de periódicos, de los cabriolés, del sonido
armonioso de una orquesta, de un horrible estruendo de palabras y frases de los libros que había leído
tan recientemente.
Todo aquello me resultaba insoportable, pero Gabrielle, con un gesto firme, me indicó que me quedara
donde estaba.
Algo estaba impregnando la cripta. Algo estaba sucediéndole al aire mismo de la estancia.
Algo cambió, aunque las velas seguían ardiendo y el fuego seguía crepitando y lamiendo las piedras
ennegrecidas del fondo del hogar, y las ratas seguían corriendo por las mazmorras de los muertos,
debajo de nosotros.
Armand se detuvo bajo el dintel en arco de la puerta y pareció que transcurrían horas, aunque no era
así; Gabrielle estaba lejos de mí, en un rincón de la cámara, con una expresión fría en su rostro
concentrado y unos ojos tan radiantes como pequeños eran.
Armand se disponía a hablarnos; pero lo que iba a ofrecernos no era ninguna explicación. Las cosas
que diría ni siquiera seguirían un orden. Era como si le hubiéramos abierto en canal y las imágenes que
salían de él fueran de su sangre.
Su figura era apenas la de un joven con los brazos cruzados sobre el umbral de la estancia. Entonces
comprendí qué era aquella sensación. Era una monstruosa intimidad con otro ser, comparada con la cual
hasta el extasíame momento de dar muerte a una víctima resultaba aburrido y controlado. Armand estaba
abierto a nosotros y no podía contener por más tiempo el deslumbrante torrente de imágenes que hacía
que su vieja voz silenciosa pareciera fina, lírica y afectada.
¿Era aquél el peligro que había intuido yo todo el rato? ¿Era aquello lo que había desatado mi miedo?
En el mismo instante de darme cuenta de ello, el miedo empezó a ceder. Parecía que todas las grandes
lecciones de mi vida las había aprendido a través de la renuncia al miedo. Una vez más, se rompía la
cáscara de miedo que me envolvía para que otra cosa surgiera a la vida.
Nunca jamás en toda mi existencia, tanto mortal como inmortal, me había visto amenazado con una
intimidad semejante.