Cuando desperté, me hallaba a bordo de un barco. Me llegó el crujido de las cuadernas, el olor
salobre del mar. Capté el olor de la sangre de los tripulantes y supe que estaba en una galera,
porque escuché el batir rítmico de los remos bajo el sordo rumor de las enormes velas.
No podía abrir los ojos ni mover las extremidades, pero me sentía en calma. No tenía sed. De hecho,
experimentaba una extraordinaria sensación de paz. Tenía el cuerpo caliente como si acabara de
saciarme y me resultaba agradable permanecer allí tendido, soñando despierto y acunado dulcemente
por el mar.
Al rato, mi mente empezó a despejarse.
Noté que estábamos deslizándonos muy deprisa por aguas bastante tranquilas. Y que el sol acababa
de ponerse. El cielo crepuscular empezaba a oscurecer y el viento estaba amainando. El sonido de los
remos alzándose y cayendo resultaba tan nítido como sedante.
Ahora, tenía los ojos abiertos.
Ya no estaba en el sarcófago. Acababa de salir del camarote de popa del largo navio y me hallaba en
cubierta.
Aspiré el fragante aire salado y contemplé el delicioso azul incandescente del cielo tras el ocaso y la
multitud de estrellas brillantes que empezaban a lucir. Desde tierra firme, las estrellas nunca se ven así.
Nunca parecen tan cercanas.
A ambos costados de la nave había oscuras islas montañosas, acantilados salpicados de pequeñas
luces vacilantes. El aire estaba impregnado del aroma de las plantas, de las flores, de la propia tierra.
Y la esbelta nave avanzaba a buena marcha hacia un estrecho paso entre los acantilados.
Me sentía inusualmente fuerte y despejado. Por un instante, sentí la tentación de intentar averiguar
cómo había llegado hasta allí, si me hallaba en el Egeo o incluso en el Mediterráneo, de saber cuándo
había dejado Egipto y si los hechos que recordaba habían tenido lugar realmente.
Pero las preguntas me resbalaron en muda aceptación de lo que estaba sucediendo.
Marius estaba arriba, en el puente, delante del palo mayor. Me acerqué al pie del puente, me detuve
allí, y alcé la vista hacia su rostro.
Llevaba la larga capa de terciopelo rojo que le había visto en El Cairo, y el viento agitaba sus
abundantes cabellos rubios, casi blancos. Tenía los ojos fijos en el paso que se abría ante nosotros, en
los peligrosos escollos que sobresalían de los bajíos, y su mano izquierda asía la pasarela de la pequeña
cubierta.
Me embargó una irresistible atracción hacia él, y la sensación de paz aumentó en mi interior.
No había la menor grandeza ominosa en su rostro ni en su postura, ni una altivez que me causara
miedo o humillación. Sólo le envolvía una serena nobleza, con los ojos muy abiertos y fijos al frente y un
gesto en la boca que sugería de nuevo una actitud de excepcional dulzura.
Un rostro demasiado liso, sí. Era demasiado fino: tenía el lustre de la piel de una cicatriz y, en una
calle a oscuras, habría sobresaltado, o incluso asustado, a cualquiera. Despedía una ligera luz. Pero la
expresión era demasiado cálida, demasiado humana en su bondad para sugerir otra cosa que una
invitación.
Armand me hubiera tal vez parecido un dios sacado de Caravaggio; y Gabrielle, un arcángel de
mármol en el pórtico de una iglesia.
Pero la figura que tenía ante mí era la de un hombre inmortal.
Y el hombre inmortal, con la mano derecha extendida ante sí, pilotaba silenciosa pero
inconfundiblemente aquella nave entre las rocas que orlaban el estrecho.
Las aguas brillaban como metal fundido, con destellos azules, plateados y negros. Al batir las rocas,
las veloces olas levantaban nubes de espuma.
Me acerqué más y, con el menor ruido posible, subí la escalerilla hasta el puente.
Marius no apartó la vista de las aguas un solo instante, pero extendió la mano izquierda y asió la mía,
que tenía al costado.
Calor. Una presión moderada. Pero aquél no era momento para hablar e incluso me sorprendió que
hubiera advertido mi presencia.
Frunció el entrecejo, y entrecerró ligeramente los ojos y, como si obedecieran a sus mudas órdenes,
los remeros aminoraron el ritmo de las paladas.
Me sentí fascinado por lo que veía, y advertí, al aumentar mi concentración, que podía apreciar el
poder que emanaba de él, un latido grave que surgía acompasado con el de su corazón.
También pude oír a unos mortales en los acantilados y en las estrechas playas que se extendían a
babor y a estribor. Los vi congregados en los promontorios o corriendo hacia la orilla con antorchas en las
manos. Mientras los veía allí, de pie en la semioscuridad del anochecer con la vista fija en los faroles de
nuestro barco, me llegaron sus pensamientos tan nítidamente como si fueran voces. El idioma era griego,
desconocido para mí, pero el mensaje era claro:
Está pasando el señor. Bajad a ver: está pasando el señor. Y la palabra «señor» incorporaba en su
significado una vaga sugerencia de algo sobrenatural. Y una oleada de veneración, mezclada de
excitación, se alzaba de las orillas como un coro de susurros superpuestos.
¡Escuchar aquello cortaba la respiración! Pensé en el mortal al que había aterrorizado en El Cairo y en
la antigua debacle en el escenario del teatro. Pero, salvo esos dos humillantes incidentes, había vagado
invisible por el mundo durante diez años, y aquellos mortales, aquellos campesinos de ropas pardas
congregados para contemplar el paso del barco, sabían quién era Marius. O, al menos, sabían algo de lo
que en realidad era. Aunque no utilizaban el término griego para referirse a los vampiros, uno de los
pocos que había aprendido.
Y pronto dejamos atrás las playas. Los acantilados se cerraron a ambos lados. El barco se deslizó con
los remos sobre las olas. Los elevados farallones de roca reducían la luz del cielo.
En unos instantes, vi abrirse ante nosotros una gran bahía plateada y un muro de roca cortado a pico
al frente, mientras a ambos lados unas laderas más practicables cerraban las aguas. El muro era tan alto
y vertical, que no logré distinguir nada en la cima.
Al aproximarnos, los remeros redujeron la velocidad. El barco viraba ligeramente a un lado, y, cuando
derivamos hacia el acantilado, vi la confusa forma de un viejo embarcadero de piedra cubierto de brillante
musgo. Los remeros habían levantado sus palas hacia el cielo.
Marius continuaba inmóvil como antes, ejerciendo una leve presión sobre mi mano con una de las
suyas, mientras con la otra señalaba el embarcadero y el muro de roca que se alzaba como la noche
misma, en el cual se reflejaba, difusa, la luz de nuestros fanales.
Cuando estábamos a apenas un par de metros del embarcadero —peligrosamente cerca para un
barco del tamaño y tonelaje que parecía tener éste—, noté que nos deteníamos.
A continuación, Marius me tomó de la mano y cruzamos juntos la cubierta. Montamos sobre la borda
del barco. Un criado de cabello oscuro se acercó y depositó una bolsa en la mano de Marius. Luego, los
dos juntos saltamos al embarcadero de piedra, salvando sin el menor sonido la distancia sobre las aguas.
Volví la vista y contemplé la nave, que se mecía ligeramente. Los remeros empezaban a bajar otra
vez las palas. Instantes después, el barco se dirigía hacia las luces lejanas de una pequeña población al
otro lado de la bahía.
Marius y yo nos quedamos solos en la oscuridad, y, cuando la embarcación no fue más que un punto
oscuro en las aguas brillantes, le vi señalar una angosta escalera tallada en la roca.
—Ve delante de mí, Lestat —me indicó.
La subida me sentó bien. Me gustó escalar con rapidez la cuesta, seguir los peldaños bastamente
tallados y los tramos en zigzag, notar cómo arreciaba el viento y ver el agua cada vez más lejana y
quieta, como si el movimiento de las olas hubiera cesado.
Marius sólo estaba unos pasos detrás de mí, y, nuevamente, pude notar y escuchar aquel latido de
poder. Era como una vibración que me calaba los huesos.
Los peldaños tallados en la piedra desaparecían antes de llegar a la mitad del acantilado y pronto me
encontré siguiendo un sendero por el que no pasaría ni una cabra montes. Aquí y allá, un peñasco o un
afloramiento de rocas ponía un margen entre nosotros y una posible caída a las aguas, pero, la mayor
parte del tiempo, el sendero mismo era lo único que sobresalía del acantilado y, conforme subíamos y
subíamos, incluso a mí me entró miedo de mirar hacia abajo.
Una vez, con la mano en torno a la rama de un árbol, lo hice y vi a Marius avanzando pausadamente
hacia mí con la bolsa colgada al hombro y la mano derecha libre. La bahía, el pueblo distante y el puerto
parecían de juguete, un diorama montado por un niño con un espejo, arena y unos pedazos de madera.
Mi vista alcanzaba incluso más allá del paso a aguas abiertas, hasta las siluetas en sombras de otras
islas que surgían del mar inmóvil. Marius sonrió y aguardó. Después, con gran suavidad, susurró:
—ContinúaComo si estuviera hechizado, reanudé la subida y no me detuve hasta llegar a la cima. Salvé
gateando un último saliente de rocas y maleza y me puse en pie sobre una hierba mullida.
Ante mí se alzaban nuevas rocas y farallones y, como si hubiera surgido de su seno, una inmensa
casa fortificada con luces en sus ventanas y en sus torres.
Marius me pasó el brazo por los hombros y nos dirigimos a la entrada.
Noté que aflojaba el abrazo, al tiempo que se detenía ante un enorme portalón. Enseguida, oí correr el
pestillo desde el interior. La puerta se abrió y Marius volvió a asirme con fuerza, guiándome hacia el
corredor, donde un par de antorchas proporcionaban suficiente luz.
Con cierta sorpresa, advertí que no había allí nadie que pudiera haber corrido el pestillo o abierto la
puerta. Marius se volvió, miró hacia la puerta, y ésta se cerró de nuevo.
—Corre ese pestillo —me indicó.
Me pregunté por qué no lo movía como había hecho con todo lo demás, pero le obedecí de inmediato.
—De esta manera es mucho más fácil —comentó, y en su rostro apareció una ligera expresión de
burla—. Te acompañaré a la habitación donde podrás dormir tranquilo. Después, ven a verme cuando
quieras.
No pude oír a nadie más en la casa. Pero allí habían estado unos mortales, de eso estaba seguro.
Podía captar su olor aquí y allá. Y las antorchas llevaban sólo un rato encendidas.
Subimos por una pequeña escalera a la derecha, y, cuando entramos en la estancia que me había
sido asignada, me quedé pasmado.
Era una cámara enorme, con toda una pared abierta a una terraza de barandilla de piedra que
colgaba sobre el mar.
Volví la cabeza, pero Marius se había ido ya. Había partido con su bolsa, pero, en una mesa de piedra
en mitad de la estancia, encontré el violín de Nicolás y mi valija.
Al reconocer el instrumento, me recorrió un escalofrío de tristeza y de alivio, pues ya temía haberlo
perdido definitivamente.
En la cámara había bancos de piedra, una lámpara de aceite encendida en un pedestal y, en un
rincón, un par de sólidas puertas de madera.
Me acerqué a ellas, las abrí y descubrí un pequeño pasadizo que doblaba bruscamente en ángulo
recto. Detrás del recodo había un sarcófago con una tapa sin adornos. Estaba tallado en diorita, una de
las piedras más duras de la naturaleza, a mi entender. La tapa resultaba inmensamente pesada, y,
cuando examiné el interior, vi que estaba blindada con planchas de hierro y que contenía un pestillo que
podía cerrarse desde dentro.
En el fondo del sarcófago había varios objetos brillantes. Al levantarlos, despidieron unos reflejos casi
mágicos bajo la luz que se filtraba hasta allí.
Había una máscara dorada de rasgos delicadamente tallados, con los labios cerrados y unas
pequeñas aperturas en los ojos, sujeta a una capucha confeccionada con láminas de oro batido
dispuestas como pequeñas tejas. La máscara era pesada, pero la capucha resultaba muy ligera y flexible;
cada lámina iba atada a las vecinas mediante un hilo de oro. Y también había un par de guantes de piel cubiertos completamente de otras láminas de oro de menor tamaño, como las escamas de un pez. Por
último, el sarcófago contenía asimismo una gran manta doblada, de la más suave lana roja, con nuevas
láminas de oro, de mayor tamaño, cosidas en una de las caras.
Advertí que, si me ponía aquella máscara y aquellos guantes —y si me cubría con la manta—,
quedaría perfectamente protegido de la luz si alguien abría el sarcófago durante mi sueño.
Pero era improbable que nadie llegara hasta el sarcófago. Y las puertas de aquellas cámara en forma
de L también estaban forradas de hierro, y tenían otro pestillo de metal para cerrar por dentro.
Pese a ello, aquellos objetos misteriosos poseían un encanto. Me complació tocarlos y me imaginé
poniéndomelos para dormir. La máscara me recordó las que simbolizaban en Grecia la comedia y la
tragedia.
Todo aquello recordaba la sepultura de un rey.
Dejé los objetos, un poco a regañadientes.
Volví a la estancia de la terraza, me quité la ropa que había llevado durante mis noches bajo tierra en
El Cairo y me puse prendas limpias. Me sentí bastante absurdo allí plantado, en aquel lugar intemporal,
vestido con una levita azul violácea con botones de perlas y la habitual camisa de encaje, y con unos
zapatos de satén con diamantes en las hebillas, pero ésa era la única indumentaria que tenía. Me até el
cabello a la nuca con un lazo n***o, como un buen gentilhombre del siglo XVIII, y fui en busca del amo de
la casa.