Capitulo 15

2309 Palabras
Me estaba muriendo. O eso pensé. Era incapaz de contar las noches que habían transcurrido. Tenía que levantarme e ir a Alejandría. Tenía que cruzar el océano. Pero eso significaba moverse, abrirse paso en la tierra, rendirse a la sed. No cedería a ella. La sed llegó. La sed pasó. Fue el tormento y el fuego, y mi mente padeció la sed igual que la sufría mi corazón, y éste se hizo más y mas grande, su latir más y más sonoro. Pero, a pesar de todo, seguí sin ceder. Tal vez los mortales, encima de mí, pudieran oír mi corazón. De vez en cuando, les vi como breves llamaradas en la oscuridad y escuché sus voces parloteando en una lengua extranjera. Sin embargo, la mayor parte del tiempo sólo vi la oscuridad. Sólo escuché las tinieblas. Finalmente, fui la sed misma yaciendo bajo tierra, envuelto en sueños rojos, y la paulatina certeza de que estaba demasiado débil para abrirme paso entre la blanda tierra arenosa, para poder poner la rueda en marcha otra vez. Exacto. No podía levantarme de allí aunque quisiera. No podía moverme en absoluto. Respiraba. Seguía respirando. Pero no de la manera en que lo hacían los mortales. El latido del corazón me retumbaba en los oídos. Pero no morí. Sólo me consumí. Igual que aquellos seres torturados tras los muros de la cripta bajo les Innocents, metáforas desamparadas del sufrimiento universal que pasa desapercibido, que no deja constancia, que es ignorado. Mis manos se hicieron garras y mi cuerpo quedó reducido a piel y huesos y los ojos me saltaban de las órbitas. Es interesante que nosotros, los vampiros, podamos permanecer en ese estado para siempre, que sigamos existiendo incluso si no bebemos, si no nos entregamos a ese placer exquisito y fatal. Sería interesante, si no fuera porque cada latido del corazón significaba tal agonía. Y si pudiera detener mis pensamientos: Nicolás de Lenfent ha dejado de existir. Mis hermanos han muerto. El sabor apagado del vino, el sonido de los aplausos. «¿Pero no crees que sea bueno lo que hacemos aquí, dar felicidad a la gente?» «¿Bueno? ¿De qué estás hablando? ¿Bueno?» «¡Es algo bueno, produce algún bien, hay bondad en ello! Dios santo, incluso si este mundo carece de sentido, sin duda puede seguir existiendo en él la bondad. Es bueno comer, beber, reír..., estar juntos...» Risas. Aquella música desquiciada. Aquella estridencia, aquella disonancia, aquella interminable expresión chillona y penetrante del vacío y la ausencia de sentido... ¿Estoy despierto? ¿Estoy dormido? De una cosa estoy seguro. De que soy un monstruo. Y, gracias a que yazgo atormentado bajo tierra, algunos seres humanos pueden atravesar el estrecho desfiladero de la vida sin sobresaltos. Gabrielle ya debe estar en las junglas de África. En algún impreciso momento, penetraron unos mortales en la casa quemada bajo cuyo jardín me hallaba, unos ladrones que buscaban refugio. Demasiado parloteo en un idioma extranjero. Pero lo único que tenía que hacer era hundirme todavía más dentro de mi mismo, aislarme hasta de la fría arena que me envolvía, para no escucharles. ¿Estoy realmente aprisionado? El olor de la sangre ahí arriba... Tal vez esos dos hombres que descansan en el descuidado jardín sean la última esperanza de que la sangre me haga levantarme de la tierra, de que me haga revolverme y extender esas horribles (tienen que serlo) y monstruosas zarpas. Los mataré de miedo antes incluso de beber. Es una lástima. Siempre he sido un vampiro bello y refinado. Pero ya no. De vez en cuando, me parece que Nicolás y yo revivimos nuestras mejores conversaciones. «Estoy mas allá de todo dolor y de todo pecado» me dice. «Pero, ¿tú sientes algo?» le pregunto yo. «¿Es eso lo que significa verse libre de este estado? ¿Que uno deja de sentir?» ¿Que desaparecen la pesadumbre, la sed, el éxtasis? En esos momentos, me resulta interesante que nuestro concepto del paraíso sea el de un éxtasis. Las bienaventuranzas del cielo. Y que nuestra imagen del averno sea la de un dolor. El fuego del infierno. Así pues, no nos parece demasiado bien no sentir nada, ¿verdad? ¿Vas a rendirte, Lestat? ¿O no es cierto, más bien, que antes prefieres combatir la sed con este tormento infernal que morir y dejar de sentir? Al menos, sientes el deseo de la sangre, de una sangre cálida y deliciosa llenando todo tu ser... Sangre... ¿Cuánto tiempo van a quedarse esos humanos aquí, encima de mí, en mi jardín destrozado? ¿Una noche? ¿Dos? Recuerdo que dejé el violín en la casa donde vivía. Tengo que recuperarlo y entregarlo a algún joven músico mortal, alguien que... Bendito silencio. Salvo el sonido del violín. Y los blancos dedos de Nicolás pulsando las cuerdas, y el arco moviéndose veloz bajo el foco, y los rostros de las marionetas inmortales, entre fascinadas y divertidas. Cien años atrás, los parisinos le habrían capturado. No habría tenido que arrojarse a la hoguera él mismo. Y también me habrían capturado a mí. Pero lo dudo. No, jamás habría existido un lugar de las brujas para mí. Ahora, Nicolás vive en mi recuerdo. Una piadosa frase mortal. ¿Y qué clase de vida es ésta? Si a mí no me gusta vivir aquí, ¿qué significará vivir en el recuerdo de otro? Nada, me parece. No estás realmente ahí, ¿verdad? Gatos en el jardín. Olor a sangre gatuna. Gracias, pero prefiero sufrir. Prefiero secarme como un pellejo con dientes. Surgió un sonido en la noche. ¿Cómo era? El poderoso timbal gigante que retumbaba pausadamente por las calles del pueblo de mi infancia mientras los actores italianos anunciaban la representación que tendría lugar en el pequeño escenario de la parte trasera de su pintarrajeado carromato. El gran timbal que yo mismo había tocado por las calles de la ciudad durante aquellos días preciosos en que, fugado de casa, había sido uno de ellos. Pero el sonido era aún más fuerte. ¿El estallido de un cañón transportado por el eco a través de valles y pasos de montaña? Lo noté en los huesos. Abrí los ojos en la oscuridad y supe que se acercaba. Tenía el ritmo de las pisadas. ¿O era el de un corazón latiendo? El mundo se llenó de aquel sonido. Era un estruendo siniestro, que se acercaba más y más. Y, sin embargo, una parte de mí supo que no era ningún sonido real, nada que pudiera captar un oído mortal, nada que hiciera vibrar la porcelana de los estantes o el cristal de las ventanas. O que hiciera encaramarse a lo alto de la tapia a los gatos. Egipto yace en silencio. El silencio cubre el desierto a ambas orillas del poderoso río. No se oye ni el balido de una oveja. Ni el mugido de una vaca. Ni el llanto de una mujer en algún rincón. Y, en cambio, el sonido es ensordecedor. Por un instante, tuve miedo. Me estiré en la tierra, forcé los dedos hacia la superficie. Sin visión, sin peso, flotaba en la tierra arenosa y, de pronto, no pude respirar, no pude gritar, y me pareció que, si hubiera podido hacerlo, habría gritado tan fuerte que habría roto todos los cristales en kilómetros a la redonda. Las ventanas se habrían hecho añicos y las copas de cristal fino habrían estallado. El sonido era más fuerte. Se acercaba. Traté de rodar sobre mí mismo y alcanzar el aire, pero no pude. Y entonces me pareció ver la cosa, la figura aproximándose. Un leve fulgor rojo en la oscuridad. Quizá sea la muerte, me dije. Quizá, por algún sublime milagro, la Muerte está viva y nos toma en sus brazos, y esa figura que se acerca no es un vampiro, sino la personificación misma del paraíso y sus bienaventuranzas. Y con ella nos alzamos más y más, hacia las estrellas. Dejamos atrás los ángeles y los santos, dejamos atrás la luz misma y penetramos en la divina oscuridad, en el vacío, al tiempo que dejamos atrás la existencia. Y todos nuestros actos son perdonados y disueltos en el olvido. La destrucción de Nicolás se convierte en un débil punto de luz que se desvanece. La muerte de mis hermanos se desintegra en la gran paz de lo inevitable. Traté de empujar la tierra, de hacer fuerza con los pies, pero yo estaba demasiado débil. Noté en la boca un gusto a tierra arenosa. Sabía que debía levantarme, y el sonido estaba diciéndome que lo hiciera. Lo volví a sentir como una descarga de artillería: el rugido de un cañón. Y me di perfecta cuenta de que aquel sonido estaba buscándome, que estaba acudiendo a mí. Me buscaba como un haz de luz. No podía quedarme allí. Tenía que responder. Envié hacia él el más caluroso sentimiento de bienvenida. Le dije que estaba allí y escuché mis propios penosos jadeos mientras pugnaba por mover los labios. Y el sonido alcanzó tal potencia que hizo vibrar hasta la última fibra de mi ser. En torno a mí, la tierra se movía bajo su efecto. Fuera lo que fuese, había penetrado en la casa quemada y en ruinas. La puerta había saltado reventada como si sus goznes, en lugar de anclados en hierro, lo hubieran estado en simple yeso. Vi todas esas imágenes sobre la pantalla de mis párpados cerrados. Y vi aquello moviéndose bajo los olivos. Estaba en el jardín. Presa de un renovado frenesí, quise abrirme paso hacia el aire. Pero el ruido sordo y corriente que escuchaba ahora era el de algo excavando la tierra encima de mí. Noté algo suave como el terciopelo que me rozaba el rostro. Y vi encima de mí la luz tenue del cielo a oscuras y la capa de nubes como un velo que tapaba las estrellas, y nunca como en aquel momento me parecieron tan bienaventurados los cielos en toda su sencillez. El aire llenó mis pulmones. Emití un sonoro gemido de placer al notarlo. Pero todas aquellas sensaciones estaban más allá del placer. Respirar o ver la luz eran milagros. Y el sonido del timbal, aquel ruido ensordecedor, parecía el acompañamiento perfecto. Y la figura, aquel ser que había venido a buscarme, aquél de quien procedía el sonido, estaba delante de mí. El sonido se desvaneció; se difuminó hasta que no fue sino el eco de una nota de violín. Y empecé a salir de la tierra como si alguien me levantara, aunque el ser continuó donde estaba, con las manos a los costados. Por fin, adelantó los brazos para sostenerme, y el rostro que vi parecía surgido del reino de lo imposible. ¿Cómo podía tener un aspecto así uno de nosotros? ¿Qué sabíamos nosotros de paciencia, de supuesta bondad, de compasión? No, aquel ser no era uno de nosotros. Era imposible. Y, pese a todo, lo era. Sangre y huesos sobrenaturales, como yo. Ojos irisados que captaban la luz de todas direcciones, pestañas cortas como trazos dorados de la pluma más fina. Y esa criatura, ese vampiro poderoso, me sostenía erguido y me miraba a los ojos. Y creo que dije algo descabellado, que expresé algún pensamiento desesperado: Afirmé que conocía el secreto de la eternidad. —Entonces, dímelo —musitó el ser con una sonrisa. Era la más pura imagen del amor humano. —¡Oh, Dios, ayúdame! ¡Condéname al pozo del infierno! —Estaba escuchando mi propia voz—. No puedo seguir contemplando esta belleza. Vi mis brazos como huesos, mis manos como garras de ave. Es imposible, me dije, seguir viviendo como el espectro que ahora soy. Me miré las piernas. Eran dos palos. Las ropas se me caían a pedazos. Era incapaz de moverme y de mantenerme en pie. De pronto, me asaltó el recuerdo de la sensación de la sangre fluyendo en mi boca. Vi ante mí, como una mortecina llamarada, sus ropajes de terciopelo rojo, la capa que le cubría hasta el suelo, las manos enguantadas de rojo intenso que me sostenía. Los mechones de su tupido cabello, rubios y canos, dibujaban ondas que caían en desorden sobre su amplia frente y enmarcaban su rostro. Y los ojos azules podrían haber parecido meditabundos bajo las pobladas cejas doradas, de no ser por su gran tamaño y por haber estado tan dulcificados por el sentimiento expresado en su voz. Un hombre en la flor de la vida en el momento de recibir el don inmortal. Y en su rostro cuadrado, con las mejillas ligeramente hundidas y la boca grande y carnosa, la expresión de dulzura y de paz. —Bebe —me dijo, alzando un poco las cejas y modelando la palabra en sus labios lenta y detenidamente, como si de un beso se tratara. Como hiciera Magnus aquella noche mortal tanto tiempo atrás, el vampiro abrió la mano y apartó la ropa de su garganta. La vena, púrpura oscuro bajo la piel translúcida sobrenatural, quedó expuesta. Y de nuevo empezó el ruido, aquel sonido apabullante, y el ser terminó de sacarme de la tierra y me atrajo hacia sí. Una sangre como la luz misma, fuego líquido. Nuestra sangre. Y mis brazos cobrando un vigor incalculable, rodeando sus hombros. Y mi rostro apretado contra su carne blanca y fría. Y la sangre impregnando mi interior, esparciendo el fuego hasta el último capilar. ¿Cuántos siglos habían purificado aquella sangre, destilando su poder? Bajo el rugido del rojo líquido al manar, me pareció que decía algo. Le oí repetir: —Bebe, joven mío, herido mío. Noté que su corazón se expandía, que su cuerpo vibraba y que estábamos apretados el uno contra el otro. Creo que me oí a mí mismo diciendo: —Marius... Y que él respondía: —Sí.
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