Soñé con mi familia. En el sueño, estábamos todos abrazados unos a otros. Incluso Gabrielle se
hallaba presente, con un vestido de terciopelo. El castillo estaba ennegrecido, quemado por todas partes.
Los tesoros que había depositado allí se habían fundido o convertido en ceniza. Todo vuelve siempre a
convertirse en cenizas. Aunque... ¿cómo es realmente la vieja cita: «cenizas a las cenizas» o «polvo al
polvo»?
No importaba. Yo había regresado y les había convertido a todos en vampiros y allí estábamos, la
Casa de Lioncourt al completo, todos muy pálidos y hermosos, incluso aquel bebé chupador de sangre
que yacía en la cuna y aquella madre que se inclinaba sobre él para acercarle la gorda rata de larga cola
que se debatía entre sus dedos, y de la que había de alimentarse el pequeño.
Besándonos y abrazándonos entre risas, todos avanzábamos entre las cenizas: mis pálidos
hermanos, sus pálidas esposas, los niños fantasmagóricos parloteando sobre sus presas y mi padre
ciego, que, como una figura bíblica, se había puesto en pie exclamando:
—¡PUEDO VER!
Mi hermano mayor me pasaba el brazo por los hombros. Con unas buenas ropas, tenía un aspecto
espléndido. Nunca le había visto tan espléndido y la sangre vampírica le daba un aire muy reservado y
espiritual.
—¿Sabes? Ha sido magnífico que vinieras con todos estos Dones Oscuros —me decía con una
alegre carcajada.
—Con el Rito Oscuro, querido, con el Rito Oscuro —le corregía su esposa.
—Porque, si no lo hubieras hecho —continuaba mi hermano en el sueño—, ¡entonces estaríamos
todos muertos.
La casa estaba vacía. Los baúles ya estaban en camino. El barco zarparía de Alejandría dos noches
después. Sólo llevaría conmigo una pequeña valija. A bordo, el hijo de un marqués debería cambiarse de
ropa de vez en cuando. Y, por supuesto, el violín.
Gabrielle me miraba junto al arco de entrada al jardín, alta y esbelta, hermosamente flaca bajo sus
blancas ropas de algodón, con el sombrero puesto, como siempre, y el cabello suelto.
¿Tal vez era para mí, aquella melena al viento?
La pesadumbre seguía creciendo en mí como una marea que abarcaba todos los deudos, los muertos
y los no muertos.
Pero la pena pasó y volvió la sensación de hundimiento, de habitar en un sueño donde navegábamos
con voluntad o sin ella.
Comprendí que la mejor descripción de su cabello sería la de una lluvia de oro, que la poesía de
siempre cobra sentido cuando uno contempla a la persona a la que se ha amado. Adorables eran los
ángulos de su cara, su boca pequeña e implacable.
—Dime qué necesitas de mí, madre —murmuré en voz baja. La estancia, pulcra. El escritorio. La
lámpara. Una silla. Todos mis pájaros de brillantes colores enviados, probablemente, a su venta en el
bazar. Loros grises africanos que viven tanto como un hombre. Nicolás había llegado sólo a los treinta.
—¿Precisas dinero de mí?
Un gran y hermoso sonrojo en sus mejillas, los ojos en un destello de luz en movimiento, azul y
violácea. Por un instante, casi pareció humana. Habríamos podido estar en su habitación de nuestro
hogar. Libros, paredes húmedas, el fuego... ¿Había sido humana entonces?
El ala del sombrero le cubrió completamente las facciones por un instante al inclinar la cabeza.
Inexplicablemente, me preguntó:
—Pero, ¿dónde irás?
—A una casita en la rué Dumaine, en la ciudad francesa de Nueva Orleans —respondí con frialdad y
precisión—. Y cuando él haya muerto y descanse en paz, no tengo ni la más ligera idea de qué haré.
—No puedes hablar en serio.
—Tengo pasaje para el próximo barco que zarpa de Alejandría. Iré a Nápoles, y, de allí, a Barcelona.
Después, embarcaré en Lisboa rumbo al Nuevo Mundo.
Su rostro pareció adelgazar, haciendo más acusadas sus facciones. Movió ligeramente los labios pero
no dijo nada. Y luego vi aparecer en sus ojos las lágrimas y percibí su emoción como si surgiera de ella
para tocarme. Aparté la vista, revolví algo sobre el escritorio y luego, sencillamente, dejé las manos muy
quietas para que no me temblaran. Me alegraba de que Nicolás se hubiera llevado sus manos a la hoguera consigo, pues de lo contrario, me dije, habría tenido que volver a París y recuperarlas antes de
continuar viaje.
—¡Pero no puedes ir a vivir con él! —susurró Gabrielle.
¿Él? ¡Ah, sí! Mi padre.
—¿Qué importa? ¡Me voy! —repliqué.
Ella hizo un leve gesto de negativa con la cabeza. Se acercó al escritorio. Su paso era más ligero que
el de Armand.
—¿Ha hecho esa travesía alguno de nuestra r**a? —preguntó con un hilo de voz.
—Que yo sepa, no. En Roma me dijeron que no.
—Quizás ese viaje no pueda hacerse.
—Puede hacerse. Lo sabes muy bien —respondí. Los dos habíamos surcado ya los mares en
nuestros sarcófagos forrados de corcho. Y ay del leviatán que me molestara.
Gabrielle se acercó todavía más y me miró. Y su rostro no pudo ocultar por más tiempo el dolor que
sentía. Estaba arrebatadora. ¿Por qué la había vestido siempre con trajes de gala, sombreros de plumas
y perlas?
—Ya sabes cómo ponerte en contacto conmigo —le dije, pero la aspereza de mi voz carecía de
convicción—. La dirección de mis bancos en Londres y Roma. Estos bancos han vivido tanto tiempo o
más que un vampiro y seguirán siempre donde están. Pero ya sabes todo esto, siempre lo has sabido...
—Basta —replicó ella en un siseo—. No me digas esas cosas.
Todo aquello era una gran mentira, una parodia. Era precisamente el tipo de conversación que ella
siempre había detestado, el tipo de conversación que era incapaz de mantener. Ni en mis pensamientos
más desatados había esperado nunca que las cosas fueran así, que fuera yo quien hablara con frialdad y
ella quien llorara. Había pensado que yo me echaría a sollozar cuando Gabrielle me dijera que se
marchaba. Había pensado que me arrojaría a sus pies.
Nos miramos durante un largo instante. Sus ojos estaban teñidos de rojo y casi le temblaba la boca.
Y entonces perdí el control.
Me levanté y fui hacia ella y estreché entre mis manos sus hombros menudos y delicados. Estaba
dispuesto a no dejarla marcharse, por mucho que se resistiera. Pero no se debatió, y los dos
continuamos llorando casi en silencio como si no pudiéramos parar. Y, sin embargo, no se entregó a mí.
No se fundió en mi abrazo.
A continuación, se echó hacia atrás. Me acarició el cabello con ambas manos, se inclinó hacia
adelante y me besó en los labios, y luego se apartó con gesto ligero y sin el menor ruido.
—Entonces, está bien, querido mío —musitó.
Moví la cabeza. Palabras y palabras y palabras sin decir. Para ella no tenían utilidad, y nunca la
habían tenido.
Volvió a la puerta del jardín con su andar lento y lánguido, moviendo las caderas cadenciosamente, y
alzó la mirada al cielo nocturno antes de volverla de nuevo hacia mí.
—Tienes que prometerme una cosa —dijo por último.
Era el atrevido joven francés que se movía con la gracia de un árabe por rincones de un centenar de
ciudades donde sólo un gato callejero podría pasar sin riesgos.
—Desde luego —asentí. Sin embargo, mi espíritu estaba ya tan quebrantado que no quería seguir
hablando. Los colores se difuminaron. La noche no era cálida ni fría. Yo quería que Gabrielle se marchara
sin más, pero me aterraba el momento en que tal cosa sucediera, cuando ya no podría hacerla volver.
—Prométeme —dijo— que no buscarás poner fin a todo sin antes estar conmigo, sin que volvamos a
reunimos.
Por un instante, la sorpresa me impidió responder. Luego afirmé:
—No pienso ponerle finjamos. —Mi tono fue casi desdeñoso—. Por lo tanto, tienes mi promesa. No
me cuesta nada dártela. ¿Qué te parece, ahora, si tú me haces otra a mí? Que me harás saber dónde
irás después de aquí, dónde puedo localizarte; prométeme que no te desvanecerás como si fueras algo
que sólo he imaginado...
Me detuve. Había notado en mi voz un tono de urgencia, con atisbos de histeria. No podía imaginarla
escribiendo una carta o mandándola al correo o haciendo ninguna de las cosas que los mortales hacían
habitualmente. Era como si no nos hubiera unido, ni entonces ni nunca, una naturaleza común.
—Espero que aciertes en esa valoración de ti mismo —comentó.
—Yo no creo en nada, madre —respondí—. Hace mucho tiempo le dijiste a Armand que creías que
hallarías respuestas en los bosques y las grandes junglas, que las estrellas te revelarán algún día una
gran verdad. Yo, en cambio, no creo en nada y eso me hace más fuerte de lo que piensas.
—Entonces ¿por qué tengo tanto miedo por ti? —insistió. Su voz era apenas un jadeo. Creo que tuve
que seguir el movimiento de sus labios para oír lo que decía.
—Tú percibes mi soledad —contesté—, mi amargura al quedar al margen de la vida. Mi amargura de
ser el mal, de no merecer ser amado y, a pesar de todo, necesitar desesperadamente el amor. Mi horror
de no poder mostrarme nunca a los mortales. Pero estas cosas no me detienen, madre. Soy demasiado
fuerte para que me detengan. Como una vez dijiste, soy muy bueno en ser lo que soy. Estos temas,
simplemente, me hacen sufrir de vez en cuando, eso es todo.
—Te quiero, hijo mío.
Quise añadir algo acerca de su promesa, de los agentes en Roma, de que escribiera. Quise decirle...
—Recuerda tu promesa —murmuró.
Y, de pronto, supe que aquél era nuestro último momento juntos. Lo supe y me di cuenta de que no
podía hacer nada por cambiarlo.
—¡Gabrielle! —musité.
Pero ya se había marchado.
La sala, el jardín exterior, la noche misma, estaban en calma y en silencio.
En algún momento antes del amanecer, abrí los ojos. Estaba tendido en el suelo de la casa, donde me
había derrumbado llorando hasta caer dormido. Recordé que debía partir hacia Alejandría, avanzar cuanto pudiera, y luego enterrarme bajo la arena
cuando saliera el sol. Sería magnífico dormir en el suelo arenoso. También recordé que la puerta del
jardín había quedado abierta. Y que ninguna de las puertas estaba cerrada con llave.
Pero no conseguí moverme. De una manera fría y muda, me imaginé buscándola por El Cairo,
llamándola, diciéndole que volviera. Por un momento, casi me pareció que lo había hecho, que había
corrido tras ella completamente humillado y que había tratado de hablarle otra vez del destino que me
conducía a perderla igual que a Nicolás le había llevado a perder las manos. De algún modo, teníamos
que trastocar el destino. El triunfo final debía ser nuestro.
Una idea sin sentido. Y tampoco había corrido tras ella. Había salido de caza y había vuelto. Para
entonces, ella ya estaría lejos de El Cairo, tan perdida de mí como un leve grano de arena en el aire.
Finalmente, largo rato después, volví la cabeza. Un cielo carmesí sobre el jardín, una luz carmesí
resbalando por el otro lado del tejado. La llegada del sol..., y la llegada del calor y el despenar de mil y
una voces por las tortuosas callejas de El Cairo y un sonido que parecía surgir de la arena y de los
árboles y de los campos sembrados.
Y, muy lentamente, mientras escuchaba estos sonidos y entreveía el fulgor luminoso agitándose en el
tejado, advertí la proximidad de un mortal.
Estaba en el umbral de la puerta del jardín, contemplando mi silueta inmóvil en el interior de la casa.
Era un joven europeo de cabellos rubios vestido de árabe. Bastante guapo. Y, con las primeras luces del
día, me distinguió allí: un europeo como él, tendido en el suelo de baldosas de una casa abandonada.
Me quedé mirándole mientras se adentraba en el jardín desierto; la luminosidad del cielo me calentaba
los ojos y empezaba a quemarme la suave piel en torno a ellos. Con su túnica y su limpio turbante, era
como un fantasma cubierto por una sábana blanca.
Me di cuenta de que debía escapar. Tenía que huir lejos inmediatamente, y esconderme del sol
naciente. Ya no tenía tiempo de llegar a la cripta. El mortal estaba en mi guarida. No me quedaba tiempo
ni para matarle y librarme de él, pobre mortal infortunado.
Pero no me moví. Y él se acercó aún más. Todo el cielo fluctuaba detrás de él mientras su silueta se
definía y formaba una sombra.
—¡Monsieur!
El susurro solícito, como el de la mujer de Notre Dame que, tantos años atrás, había intentado
ayudarme antes de que la convirtiera en mi presa junto a su inocente pequeño.
—¿Qué le sucede, monsieur? ¿Puedo ayudarle en algo?
Un rostro tostado por el sol bajo los pliegues del blanco turbante, unas cejas doradas destellantes,
unos ojos grises como los míos.
Me di cuenta de que estaba poniéndome en pie, pero no lo hice por propia voluntad. Me di cuenta de
que mis labios dejaban los dientes al descubierto. Y entonces oí un rugido que surgía de mí y advertí la
sorpresa en su rostro.
—¡Mira! —dije en un susurro, apoyando los colmillos en el labio inferior—. ¡Mira bien!
Y, corriendo hacia él, le así por la muñeca y le obligué a poner la mano abierta sobre mi rostro. —¿Has creído que era humano? —grité. Y luego le levanté, manteniendo a distancia sus pies
mientras él los sacudía y se debatía inútilmente—. ¿Has pensado que era tu hermano?
El muchacho abrió la boca con un gemido seco, un carraspeo y, luego, un grito.
Le lancé por los aires y le vi volar sobre el jardín con el cuerpo girando y los brazos y las piernas
extendidos, hasta desaparecer por encima del tejado deslumbrante.
El cielo era un fuego cegador.
Salí corriendo por la puerta del jardín y me interné en el callejón. Corrí bajo pequeñas arcadas y crucé
calles extrañas. Probé puertas y verjas y aparté de mi camino a algunos mortales. Atravesé incluso
paredes que surgían ante mí y de las que se alzaban nubes de polvo de yeso que amenazaban con
sofocarme, para salir de nuevo a una calleja embarrada de olor rancio. Y la luz continuó detrás de mí
como si se tratara de una cacería a pie.
Y cuando encontré una casa quemada con las celosías en ruinas, irrumpí en ella y me enterré en el
jardín. Cavé mas y más hondo, hasta que no pude ya seguir moviendo los brazos ni las manos.
Estaba refugiado en el frío y la oscuridad.
Me hallaba a salvo.