Escalamos las pirámides juntos, subimos a las patas de la Esfinge gigante. Revisamos inscripciones
de antiguos fragmentos de losas. Estudiamos momias que se podían comprar por una miseria a los
ladrones, fragmentos de cerámica antigua, piezas de joyería y cristales. Dejamos que el agua del río
corriera entre nuestros dedos y salimos de caza a dúo por las estrechas callejas de El Cairo, y entramos
en los burdeles a reclinarnos en los almohadones y ver bailar a los muchachos y oír a los músicos
tocando una música cálida y erótica que, por un momento, ahogaba el lamento del violín que sonaba en
mi cabeza en todo instante.
Me descubrí incorporándome y poniéndome a bailar desenfrenadamente aquellas tonadas exóticas,
imitando las ondulaciones de los que me animaban a seguir, hasta perder todo sentido del tiempo y de la
razón bajo el quejido de los cuernos y el punteo de los laúdes.
Gabrielle permanecía sentada, quieta, sonriente, con el ala de su manchado sombrero de paja blanco
cubriéndole los ojos. Ya no nos hablábamos. Ella era sólo una especie de belleza pálida y felina, de
mejillas manchadas de barro, que vagaba por la noche eterna a mi lado. Con el gabán ceñido por un
grueso cinturón de cuero y el cabello en una trenza a la espalda, caminaba con la prestancia de una reina
y la lasitud de un vampiro, la curva de su mejilla luminosa en la oscuridad, su pequeña boca un c*****o de
rosa roja. Encantadora y, sin duda, destinada a desvanecerse muy pronto de nuevo.
No obstante, continuó conmigo incluso cuando alquilé una lujosa pequeña residencia, en otro tiempo
casa de un mameluco, con suelos de espléndidos azulejos y refinados tapices colgando de los techos.
Incluso me ayudó a llenar el patio de buganvillas y palmeras y todo tipo de plantas tropicales hasta
convertirlo en una pequeña jungla de verdor. Gabrielle se encargó espontáneamente de traer las jaulas
con los loros y golondrinas y brillantes canarios.
Incluso, de vez en cuando, hacía un gesto de comprensivo asentimiento cuando me oía murmurar que
no había cartas de París y me veía frenético ante la ausencia de noticias.
¿Por qué no me escribía Roget? ¿Había estallado París en disturbios y revueltas? Bien, tal cosa no
alcanzaría a mis parientes en la alejada Auvernia. ¿O sí? Pero, ¿le habría sucedido algo a Roget? ¿Por
qué no escribía?
Gabrielle me pidió que fuera río arriba con ella. Yo quería esperar una posible carta, quedarme a
preguntar a los viajeros ingleses, pero accedí. Al fin y al cabo, ya era bastante notable que me quisiera
por acompañante. A su manera, se estaba ocupando de mí.
Supe que había decidido vestirse una levita y unos pantalones bombachos de fresco lino blanco sólo
por complacerme. Que se cepillaba aquellos largos cabellos por mí.
Pero aquello ya no importaba nada. Me estaba hundiendo, lo notaba. Estaba vagando por el mundo
como si fuera un sueño.
Parecía muy lógico y natural que a mi alrededor encontrara un paisaje exactamente igual a como
había sido miles de años atrás, cuando los artistas lo habían pintado en los muros de las tumbas reales.
Parecía natural que las palmeras a la luz de la luna tuvieran el mismo aspecto de entonces, que el campesino sacara del río el agua que necesitaba igual que en ese tiempo remoto se hacía. Hasta las
vacas que abrevaban en la orilla eran idénticas.
Visiones del mundo cuando éste era nuevo.
¿Había pisado Marius aquellas arenas alguna vez?
Deambulamos por el enorme templo de Ramsés, hechizados por los millones y millones de pequeñas
imágenes talladas en las paredes. No dejaba de pensar en Osiris, pero las figurillas me resultaban
desconocidas. Recorrimos las ruinas de Luxor y descansamos juntos en la falúa, bajo las estrellas.
Ya de regreso hacia El Cairo, al aproximarnos a los grandes Colosos de Memnón, Gabrielle me habló
en un apasionado susurro de cómo los emperadores romanos habían viajado hasta allí para admirar esas
estatuas, igual que ahora hacíamos nosotros.
—Ya eran antiguas en tiempos de los cesares —comentó mientras guiábamos nuestros camellos por
las frías arenas.
Esa noche, el viento no era tan fuerte como otras veces y pudimos ver con claridad las inmensas
figuras de piedra contra el cielo n***o azulado. Aunque desgastados, los rostros parecían seguir mirando
al frente, testigos mudos del paso del tiempo cuya inmovilidad me producía tristeza y temor.
Si me pedía que fuera con ella, era sólo porque se sentía obligada a ello. La tristeza, la lástima...,
quizá también fueran razones que la impulsaban, pero lo que Gabrielle quería de verdad era ser libre.
Continuó conmigo mientras nos acercábamos a la ciudad. No dijo ni hizo nada más.
Y yo me hundía cada vez más, callado y aturdido, sabedor de que pronto recibiría otro golpe
demoledor. Me embargaban la certeza y el horror. Gabrielle me diría el adiós definitivo y yo no podía
evitarlo. ¿Cuándo empezaría a perder el control? ¿Cuándo rompería a llorar sin poderlo remediar?
Todavía no.
Cuando encendimos las luces de la casita, los colores me asaltaron: las alfombras persas cubiertas de
delicadas flores, los tapices con un millón de espejuelos cosidos, el brillante plumaje de los pájaros en su
aleteo...
Busqué algún envío de Roget, pero no había ninguno y, de pronto, me sentí furioso. Sin duda, ya
debería haber recibido noticias suyas. ¡Tenía que enterarme de lo que estaba sucediendo en París! A
continuación, me entró miedo.
—¿Qué diablos está pasando en Francia? —murmuré—. Tendré que ir a ver a otros europeos. A los
británicos. Ellos siempre tienen información. Allá donde van, siempre llevan consigo su maldito té indio y
su Times de Londres.
Me enfureció ver a Gabrielle allí plantada, tan quieta. Era como si en la sala estuviera sucediendo
algo; la misma sensación sofocante de tensión y expectación que había experimentado en la cripta antes
de que Armand nos contara su largo relato.
Pero no sucedía nada, salvo que Gabrielle se disponía a dejarme para siempre. Que estaba a punto
de esfumarse en el tiempo para siempre. ¡Y cómo podríamos volver a encontrarnos alguna vez!
—Maldición —exclamé—. Esperaba una carta.
No había criados en la casa, pues no habíamos avisado de nuestro regreso. Me apetecía enviar a
alguien a contratar a unos músicos. Acababa de saciarme y sentía calor en el cuerpo y me decía a mí
mismo que me apetecía bailar.
Gabrielle rompió de improviso su inmovilidad y dio unos pasos muy medidos. Con una extraña
decisión, salió al patio.
La vi arrodillarse junto al estanque. Después levantó dos adoquines del pavimento, sacó un paquete y,
tras limpiarlo de tierra y arena, me lo trajo.
Antes incluso de que lo expusiera a la luz, vi que lo enviaba Roget. Aquel paquete había llegado antes
de iniciar nuestro viaje Nilo arriba, ¡y ella me lo había ocultado!
—¿Por qué has hecho una cosa así? —exclamé, hecho una furia.
Le arranqué el paquete de las manos y lo puse sobre el escritorio.
La miré fijamente y sentí odio por ella, más odio que nunca. ¡Ni siquiera en el egoísmo de la infancia la
había odiado como en aquel momento!
—¿Por qué me has ocultado ese paquete? —insistí.
—Porque quería una oportunidad —susurró ella. Vi un temblor en su mentón y en su labio inferior, y
unas lágrimas de sangre—. Pero tú ya habías tomado una decisión —añadió—, incluso sin esto.
Extendí la mano y desgarré el envoltorio. Cayó de él una carta, acompañada de varios recortes
doblados de un periódico inglés. Abrí el sobre de la carta con manos temblorosas y empecé a leer:
Monsieur:
Como ya debe saber, el 14 de julio, las turbas de París atacaron la Bastilla. La ciudad es presa del
caos. Ha habido revueltas por toda Francia. Durante meses he tratado en vano de ponerme en contacto
con su familia y de sacarla del país sana y salva, si era posible.
Sin embargo, el lunes pasado he recibido la noticia de que los campesinos y arrendatarios de tierras
se habían alzado contra la casa de su padre. Sus hermanos, junto con sus esposas, hijos y todos los que
intentaron defender el castillo, fueron asesinados y la casa, saqueada. Únicamente su padre logró
escapar.
Unos criados fieles consiguieron esconderle durante el asedio, y, más tarde, trasladarle a la costa. En
el día de hoy, se encuentra en la ciudad de Nueva Orleans, en la antigua colonia francesa de la Luisiana.
Le ruega a usted que vaya en su ayuda. Está abrumado de dolor y rodeado de extraños. Le suplica que
acuda.
Había más. Disculpas, seguridades, detalles... Todo ello dejó de tener sentido.
Guardé la carta en el escritorio y me quedé mirando la madera de éste y el charco de luz que producía
la lámpara.
—No vayas a su lado —dijo Gabrielle.
Su voz resultaba pequeña e insignificante en el silencio. Pero el silencio era como un inmenso grito.
—No vayas a su lado —repitió. Las lágrimas, dos largos regueros rojos que brotaban de sus ojos,
surcaban sus mejillas como si fueran el maquillaje de un payaso.
—Vete —susurré. La palabra flotó en el aire y, de improviso, mi voz se elevó de nuevo.
—¡Vete! —volví a decir. Y, nuevamente, mi voz no se detuvo sino que continuó elevándose hasta que
me encontré gritando con extrema violencia:
—¡¡VETE!