Ya antes de dejar Grecia, por boca de viajeros ingleses y franceses, me habían llegado noticias
preocupantes de lo que estaba sucediendo en Francia. Y, cuando llegué a la Hostería Europea de
Ankara, encontré un gran paquete de cartas esperándome.
Roget había sacado todo mi dinero de Francia y lo había depositado en bancos extranjeros. «No debe
usted pensar en volver a París» me escribía. «He aconsejado a su padre y a sus hermanos que se
mantengan apartados de cualquier controversia. El ambiente, aquí, no es muy favorable a los
monárquicos.»
Las cartas de Eleni se referían, en su estilo, a los mismos temas:
El público quiere ver ridiculizada a la aristocracia. Una obrita nuestra, en la que aparece la
marioneta de una torpe reina a la que pisa sin piedad un escuadrón de estúpidos títeres soldados que ella
intenta mandar, arranca grandes risotadas y exclamaciones de los espectadores.
Los clérigos también son objeto de burlas: en otro pequeño drama que representamos, aparece un
sacerdote engreído que acude a castigar a un grupo de marionetas bailarinas, a las que afea su
comportamiento indecente. Pero, ¡ay!, el maestro de baile de las muchachas, que es en realidad un diablo
de cuernos rojos, convierte al desgraciado clérigo en un hombre lobo que termina sus días encerrado en
una jaula de oro por las burlonas muchachas.
Todo esto es obra del genio de Nuestro Divino Violinista, pero ahora es preciso estar con él todos los
momentos que pasa despierto. Para obligarle a escribir, le atamos a la silla y le ponemos delante papel y
tinta. Y, si no basta con ello, le obligamos a dictar las obras mientras nosotros las transcribimos.
Cuando recorría las calles, no hacía más que acercarse a los transeúntes para decirles con voz
apasionada que en este mundo hay horrores que no imaginan ni en sueños. Y te aseguro que, si París no
estuviese tan ocupado leyendo los panfletos que denuncian a la reina María Antonieta, nuestro amigo ya
habría conseguido que acabaran con todos nosotros.
Respecto a nuestro Amigo Más Antiguo, cada noche que pasa se muestra más irritado.
Naturalmente, me apresuré a contestar a Eleni rogándole que tuviera paciencia con Nicolás, que
tratara de ayudarle durante aquellos primeros años. «Sin duda, habrá algún modo de influir sobre él»
escribí. Y, por primera vez, añadí una pregunta: «¿Estaría en mi mano cambiar las cosas si yo
regresara?». Releí las palabras largo rato antes de estampar la firma. Las manos me temblaban. Por fin,
sellé la carta y la envié enseguida.
¿Cómo iba a regresar? Por muy solo que me sintiera, la idea de volver a París, de ver de nuevo el
pequeño teatro, me resultaba insoportable. ¿Y qué podría hacer por Nicolás cuando estuviera allí? La
antigua advertencia de Armand se repetía en mis oídos.
De hecho, daba la impresión de que Armand y Nicolás estaban siempre conmigo, no importaba dónde
me hallara. Armand, lleno de siniestras advertencias y predicciones; Nicolás, burlándose de mí con el
pequeño milagro del amor convertido en odio.
Jamás había necesitado a Gabrielle como en aquel instante, pero ella hacía mucho que me había
tomado delantera en nuestro viaje. De vez en cuando, evocaba el recuerdo de cómo eran las cosas antes
de que dejáramos París, pero ya no esperaba nada de ella.
En Damasco me aguardaba la contestación de Eleni:
Él te desprecia con la misma intensidad de siempre. Ante la sugerencia de que quizá deberías acudir a
su lado, se echa a reír. No te digo estas cosas para que te obsesiones, sino para que sepas que hacemos
cuanto podemos para proteger a este joven que jamás debería haber nacido al Reino de las Tinieblas.
Está abrumado por sus poderes, desconcertado y enloquecido ante su visión. Los demás ya hemos visto
otras veces todo esto y conocemos el lamentable final que le espera.
Pese a todo, este mes ha escrito su mejor obra. Las bailarinas marionetas, sin cuerdas en esta
ocasión, son segadas por una epidemia en la flor de su juventud y descansan bajo lápidas y coronas de
flores. El sacerdote llora sobre las tumbas antes de marcharse. Entonces llega al cementerio un joven
violinista mágico y, mediante su música, consigue que las muchachas se levanten. Vestidas de vampiros
con túnicas de seda negra con volantes y cintas de n***o satén, salen de las tumbas y bailan alegremente
mientras siguen al violinista camino de París, representado por una hermosa estampa pintada en el
decorado. El público se muestra entusiasmado. Te aseguro que podríamos dar cuenta de nuestras presas
mortales en el escenario, y los parisinos no harían otra cosa que aplaudir, creyendo que se trata del
último truco que hemos inventado.
También encontré una carta alarmante de Roget:
París estaba dominado por una locura revolucionaria. El rey Luis se había visto forzado a reconocer a
la Asamblea Nacional. Todas las clases populares se estaban uniendo contra él como jamás había
sucedido. Roget había mandado un mensajero al sur para que viera a mi familia e intentara determinar el
ambiente revolucionario en el campo.
Respondí a ambas misivas con la preocupación y la sensación de impotencia que eran de esperar y,
mientras enviaba mis pertenencias a El Cairo, tuvo el presentimiento de que todo aquello en lo que
confiaba estaba en peligro. Exteriormente, continuaba mi mascarada como noble viajero sin ningún
cambio aparente; por dentro, el demonio cazador de las tortuosas callejas urbanas se sentía callada y
secretamente perdido. Por supuesto, me dije a mí mismo que era importante viajar al sur, a Egipto. Que Egipto era una tierra
de antigua grandeza y de maravillas intemporales. Que Egipto me hechizaría y me haría olvidar aquellos
sucesos que se producían en París y que no estaba en mi mano cambiar.
Pero mi mente establecía una relación más. Egipto, más que cualquier otra tierra del mundo, era un
lugar amante de la muerte.
Finalmente, Gabrielle apareció como un espíritu surgido del desierto de Arabia y zarpamos juntos.
Pasó casi un mes hasta que llegamos a El Cairo, y, cuando encontré mis pertenencias esperándome
en la residencia para europeos, había entre ellas un extraño paquete.
Reconocí de inmediato la letra de Eleni, pero no pude imaginar por qué me mandaría un bulto como
aquél y me quedé contemplándolo un cuarto de hora seguido, con la mente más en blanco que lo que
jamás la había tenido en mi vida.
No había mensaje alguno de Roget.
Me pregunté por qué no habría escrito el abogado. ¿Qué habría en el paquete? ¿Por qué estaba allí?
Finalmente, advertí que llevaba una hora sentado en una habitación entre un montón de maletas y
baúles y contemplando un paquete, mientras Gabrielle, que no mostraba ganas de esfumarse todavía, se
limitaba a observarme.
—¿Vas a marcharte? —susurré.
—Si tú quieres... —respondió.
Era importante abrir aquello, sí, abrirlo y descubrir de qué se trataba. Sin embargo, me pareció
igualmente importante echar un vistazo a la destartalada habitación e imaginar que era la de una posada
de pueblo en la Auvernia.
—He soñado contigo —dije en voz alta, con la mirada en el paquete—. He soñado que vagábamos
juntos por el mundo, tú y yo, y que los dos éramos serenos y fuertes. He soñado que nos cebábamos en
los malhechores como hacía Marius, y, al mirar a nuestro alrededor, sentíamos asombro, pavor y pena
ante los misterios que presenciábamos. Pero éramos fuertes. Seguíamos siempre adelante. Y
hablábamos. «Nuestra conversación» seguía y seguía...
Rasgué el envoltorio y vi la funda del Stradivarius.
Quise decir algo más, sólo para mí mismo, pero se me hizo un nudo en la garganta. Y mi mente no
podía trasmitir mis palabras por sí sola. Alargué la mano y tomé la carta que se había deslizado a un lado
sobre la madera pulida.
Como me temía, las cosas han llegado a lo peor. Nuestro Amigo más Viejo, enloquecido por los
excesos de Nuestro Violinista, le encarceló finalmente en tu antigua residencia. Y, aunque le dejó en la
celda su violín, le cortó las manos.
Con todo, debes saber que, entre nosotros, tales apéndices siempre pueden reinstaurarse. Y las manos
en cuestión fueron guardadas en lugar seguro por nuestro Amigo Más Viejo, que dejó sin sustento al
herido. Durante cinco noches. Por último, cuando la acción del grupo entero consiguió de nuestro Amigo Más Viejo que soltara a N.
y le devolviera todo cuanto era suyo, el asunto se dio por zanjado.
Pero N., enloquecido por el dolor y el ayuno (pues éste puede alterar por completo el temperamento),
se sumergió en un silencio impenetrable y así permaneció un tiempo considerable.
Por fin, acudió a nosotros y habló solamente para decirnos, como haría un mortal, que había puesto
en orden todos sus asuntos. Teníamos a nuestra disposición un fajo de obras recién escritas, y, a cambio,
debíamos convocar y celebrar con él el antiguo aquelarre en algún lugar del campo, con su hoguera de
costumbre. Si no lo hacíamos, convertiría el teatro en su pira funeraria.
Nuestro Amigo Más Viejo accedió solemnemente a sus deseos, y jamás habrás asistido a un aquelarre
semejante, pues creo que todos parecíamos aún más infernales con las pelucas y los ropajes finos, con
nuestros trajes de baile de vampiros, negros y llenos de volantes, formando el viejo círculo y entonando
los viejos cánticos con el desparpajo de unos actores.
«Deberíamos haberlo celebrado en el bulevar» dijo él. «Pero, tened; enviad esto a mi creador», y
puso en mis manos el violín. Nos pusimos a bailar, todos nosotros, para provocar al habitual frenesí, y
creo que jamás nos sentimos más emocionados, más aterrados, más tristes. Y él se lanzó a las llamas.
Sé cuánto te afligirá esta noticia, pero entiende bien que hemos hecho lo posible para que esto no
sucediera. Nuestro Amigo Más Viejo estaba amargado y afligido. Y creo que deberías saber que, a
nuestro regreso a París, descubrimos que N. había ordenado poner oficialmente al local el nombre de
Teatro de los Vampiros, y que estas palabras ya habían sido puestas como un rótulo en la fachada. Como
sus mejores obras siempre habían tenido vampiros y hombres lobos y otras criaturas sobrenaturales, el
público considera muy divertido este nuevo nombre y nadie ha exigido que se cambiara. En el París de
estos días resulta, sencillamente, una buena ocurrencia.
Horas más tarde, cuando por fin bajé la escalera y salí a la calle, vi en las sombras un fantasma pálido
y adorable, la imagen de una joven exploradora francesa de sucias ropas blancas y botas de cuero
marrones, con un sombrero de paja cubriéndole los ojos.
Reconocí quién era, por supuesto, y que una vez nos habíamos amado, ella y yo. Pero en aquel
momento era algo que apenas podía recordar o creer de verdad.
Creo que quise decirle algo mezquino, algo que la hiriera y la impulsara a alejarse de mí. Pero cuando
se acercó y dio unos pasos a mi lado, no dije nada. Me limité a dejarle la carta para no tener que cambiar
palabra. Y ella la leyó y la guardó, y luego pasó el brazo en torno a mí como solía hacer tanto tiempo
atrás, y echamos a andar juntos por las negras calles.
Un olor a muerte y a fuegos de cocinas, a arena y a excrementos de camello. Un olor egipcio. El olor
de un lugar que ha permanecido igual durante seis mil años.
—¿Qué puedo hacer por ti, querido mío? —susurró.
—Nada —respondí.
Era yo quien lo había hecho, quien había seducido a Nicolás, quien le había hecho lo que era, quien le
había dejado allí. Y era yo quien había trastocado el camino que podría haber seguido su vida. Y así, esa
existencia, sumida en la tenebrosa oscuridad y apartada de su curso humano, terminaba en esto.
Más tarde, Gabrielle guardó silencio mientras yo escribía mi mensaje a Marius en la pared de un
antiguo templo. Expuse el fin de Nicolás, el violinista del Teatro de los Vampiros, y tallé mis palabras con
la misma profundidad con que lo habría hecho un artesano egipcio. Un epitafio para Nicolás, una lápida
en el olvido que tal vez nunca leyera o entendiera nadie.
Resultaba extraño tenerla conmigo. Extraño tenerla de pie a mi lado hora tras hora.
—No volverás a Francia, ¿verdad? —me preguntó por último—. No volverás por lo que le hizo,
¿verdad?
—¿Por lo de las manos? —dije yo—. ¿Por lo de amputarle las manos?
Gabrielle me miró, y su rostro se petrificó como si una conmoción le hubiera robado toda expresión.
Pero ella había leído la carta. Lo sabía. ¿A qué venía esa conmoción? A mi manera de decirlo, tal vez...
—¿Pensabas que volvería para vengarme?
Ella asintió con un titubeo. No deseaba meterme tal idea en la cabeza.
—¿Cómo iba a hacerlo? —continué—. Sería una hipocresía, ¿no crees?, cuando dejé allí a Nicolás
contando con que ellos harían lo que tuviera que hacerse...
Los cambios del rostro de Gabrielle eran demasiado sutiles para ser descritos. No me gustaba ver
tanto sentimiento en sus facciones. No era propio de ella.
—Lo cierto es que el pequeño monstruo intentaba ayudar haciendo eso, ¿no crees?, cortándole las
manos. Debió ser todo un problema para él, en realidad, cuando habría podido quemar a Nicolás con
toda facilidad sin ni siquiera pestañear.
Gabrielle asintió, pero advertí su aspecto abatido y, al tiempo, quería la suerte que también hermoso.
—Eso es lo que he pensado —murmuró—, pero no he creído que tú opinaras lo mismo.
—¡Bah!, soy lo bastante monstruo para entenderlo —respondí—. ¿No recuerdas lo que me dijiste
hace años, antes de que ninguno de los dos dejara nuestro hogar? Lo dijiste el mismo día en que Nicolás
subió a la montaña con los comerciantes para regalarme la capa roja.
Me contaste que su padre estaba tan enfadado con él por tocar el violín, que le había amenazado con
romperle las manos. ¿Crees que, de algún modo, encontramos nuestro destino suceda lo que suceda?
Quiero decir, ¿no crees que, incluso como inmortales, seguimos un camino que ya teníamos marcado
cuando estábamos vivos? Imagínalo: el amo de la asamblea le cortó las manos.
Durante las noches siguientes, quedó claro que Gabrielle no quería dejarme solo, y me di cuenta de
que se habría quedado conmigo por el asunto de la muerte de Nicolás, no importaba dónde
estuviéramos. Con todo, la circunstancia de hallarnos en Egipto no resultaba indiferente. Ayudaba a su
decisión el hecho de que amaba aquellas ruinas y monumentos como no había amado nunca nada.
Tal vez la gente tenía que llevar muerta seis mil años para despertar su amor. Pensé en decírselo, en
burlarme un poco de ella con el comentario, pero la idea pasó simplemente por mi cabeza y se esvaneció. Aquellos monumentos eran tan viejos como las montañas que ella amaba. El Nilo había
corrido por la imaginación del hombre desde el comienzo de los tiempos.