Capitulo 11

3116 Palabras
Ya antes de salir de Francia, Gabrielle empezó a interrumpir el viaje para desaparecer durante varias noches seguidas. En Viena, solía ausentarse más de una quincena y, para cuando me instalé en el palazzo de Venecia, sus ausencias se prolongaban durante meses. En mi primera visita a Roma, desapareció durante medio año. Y, después de dejarme en Nápoles, regresé a Venecia sin ella, abandonándola para que regresara al Véneto por sus propios medios, cosa que hizo. Naturalmente, se trataba de la atracción que ejercía sobre ella el campo abierto, los bosques y los montes, o las islas en las que no vivían seres humanos. Y tras aquellas ausencias regresaba en un estado tan lamentable (los zapatos rotos, la ropa hecha trizas, el cabello enmarañado) que su aspecto resultaba punto por punto tan espeluznante como el de los harapientos miembros de la asamblea parisina bajo les Innocents. Entonces, deambulaba por mis estancias con sus ropas sucias y descuidadas, contemplando las grietas del yeso o la luz captada en las distorsiones de los cristales de las ventanas. Entonces me preguntaba por qué debía un inmortal repasar los periódicos, habitar en palacios, llevar oro en los bolsillos o escribir cartas a la familia mortal que había dejado atrás. Con aquel murmullo rápido y espectral hablaba de los acantilados que había escalado, de las ventiscas bajo las que había avanzado, de las cavernas llenas de marcas misteriosas y antiguos fósiles que había descubierto. Después, se marchaba de nuevo tan silenciosa como había llegado, y yo me quedaba esperándola, pendiente de su regreso, irritado con ella y amargado, para mostrarme ofendido con ella cuando por fin reaparecía. Una noche, durante nuestra primera visita a Verona, una pregunta suya me sobresaltó en una calleja oscura: —¿Sigue vivo tu padre? En esa ocasión, había estado ausente dos meses. Yo la había añorado amargamente y ahora me preguntaba por la familia como si ésta tuviera alguna importancia. Aun así, contesté: —Sí, y muy enfermo. Pero ella no pareció prestarme atención. Traté de contarle que en Francia las cosas estaban muy mal y que, sin duda, habría una revolución. Gabrielle movió la cabeza e hizo un gesto de indiferencia. —No pienses más en ellos —dijo—. Olvídalos. Y se marchó una vez más. Lo cierto era que no quería olvidarlos. Nunca dejaba de escribir a Roget preguntándole por mi familia. Le escribía con más frecuencia al abogado que a Eleni, al teatro. Le pedí unos retratos de mis sobrinos y mandé a Francia regalos de todos los lugares donde me detenía. Y me preocupé ante la revolución, como cualquier francés mortal. Y por último, cuando las ausencias de Gabrielle se hicieron más largas, y nuestros momentos juntos se volvieron más llenos de tensión e incertidumbre, empecé a discutir estos asuntos con ella. —El tiempo se llevará a nuestra familia —le decía—. El tiempo se llevará la Francia que hemos conocido. Entonces, ¿por qué renunciar a los nuestros ahora que aún podemos tenerlos? Yo necesito estas cosas, te lo aseguro. ¡Esto es la vida para mí! Pero aquello sólo era la verdad a medias. Yo no poseía a Gabrielle más de lo que poseía a cualquier otro. Ella debió entender lo que le estaba diciendo en realidad. Debió oír la recriminación que había tras mis palabras. Los diálogos como éste la entristecían. Hacían surgir de ella la ternura. Entonces me permitía traerle ropas limpias, peinarle el cabello... Y luego salíamos juntos a cazar y charlar. Tal vez incluso acudía a los casinos conmigo, o a la ópera. Durante un breve lapso de tiempo, se convertía en una espléndida gran dama. Y esos momentos nos mantenían unidos todavía, perpetuaban nuestra creencia en que todavía éramos una pequeña asamblea, un par de amantes triunfantes frente al mundo mortal. Juntos ante el fuego en alguna mansión rural, cabalgando juntos en el asiento del cochero con las riendas en mis manos, caminando juntos por el bosque a medianoche, seguíamos cambiando nuestras opiniones discrepantes de vez en cuando. Incluso íbamos juntos en busca de casas encantadas, un pasatiempo reciente que nos llenaba de excitación. De hecho, Gabrielle regresaba a veces de un viaje precisamente porque había oído hablar de una presencia fantasmal y quería que la acompañara a ver qué descubríamos. Naturalmente, la mayoría de las veces no encontrábamos nada en los edificios vacíos donde se decía que aparecían los espíritus. Y los desdichados a quienes se tachaba de poseídos por el demonio no eran, las más de las ocasiones, sino enfermos mentales corrientes. No obstante, hubo veces en que presenciamos fugaces apariciones y sucesos misteriosos para los cuales no encontramos explicación: objetos que volaban, voces que surgían como rugidos de la boca de niños poseídos, corrientes de aire heladas que apagaban las velas en una habitación cerrada... Nunca sacamos nada en claro, sin embargo, de todo aquello. No vimos más de lo que un centenar de estudios mortales había descrito ya. Finalmente, el asunto se convirtió para nosotros en un mero juego, y, cuando hoy vuelvo la vista atrás, me doy cuenta de que continuábamos con él porque nos mantenía juntos, porque nos proporcionaba unos momentos de convivencia que, de otro modo, no habríamos tenido. Pero las ausencias de Gabrielle no eran lo único que destruía nuestro afecto por los demás con el transcurso de los años. Era también su actitud cuando estaba conmigo, las ideas que expresaba. Aún conservaba aquella costumbre suya de decir exactamente lo que pensaba y poco más. Una noche, en nuestra casita de la vía Ghibellina, de Florencia, Gabrielle apareció tras una ausencia de un mes y empezó a hablar. —Ya sabes que las criaturas de la noche están maduras para acoger a un gran líder. No a un supersticioso murmurador de viejos ritos, sino un gran monarca oscuro que nos galvanice siguiendo unos nuevos principios. —¿Qué principios? —pregunté. Haciendo caso omiso de mi réplica, ella continuó: —Imagina algo más que este clandestino y repulsivo alimentarse de mortales, algo grande magnífico como lo era la Torre de Babel antes de que la cólera divina la derribara. Hablo de un líder instalado en un palacio satánico que envía a sus seguidores a volverse hermano contra hermano, a hacer que las madres maten a sus hijos, a arrojar a la hoguera todos los grandes logros de la humanidad, a agostar la tierra para que todos, inocentes y culpables, mueran de hambre. Crear el caos y el sufrimiento allí donde vayas y derrotar a las fuerzas del bien para desesperación de los hombres. Eso sí que es algo merecedor de ser llamado maldad. Ésa sí que es la obra de un verdadero demonio. Tú y yo no somos nada más que flores exóticas del Jardín Salvaje, como tú me dijiste. Y el mundo de los hombres no es ahora ni más ni menos de lo que ya vi en mis libros hace años, en la Auvernia. La conversación me disgustó. Pero me alegró tener a Gabrielle junto a mí en la estancia, poder hablar con alguien que no fuera un pobre mortal engañado. No estar solo con mis cartas de casa. —¿Pero qué hay, entonces, de tus cuestiones estéticas? —pregunté—. ¿Qué hay de eso que le explicaste a Armand acerca de que querías saber por qué existía la belleza y por qué razón continúa afectándonos? Gabrielle se encogió de hombros. —Cuando el mundo del hombre se hunda en ruinas, la belleza se impondrá. Volverán a crecer los árboles donde había calles; las flores cubrirán de nuevo el prado que hoy es un rancio tenderete de barracas. Éste será el propósito del amo satánico: ver crecer las hierbas silvestres y ver cómo el bosque tupido cubre todo rastro de las ciudades que un día fueron enormes hasta que nada queda de ellas. —¿Y por qué llamas a todo eso satánico? —quise saber—. ¿Por qué no llamarlo caos? Eso es lo que sería. —Porque así es como lo llamarían los humanos. Fueron ellos quienes inventaron a Satán, ¿no es así? Satánico no es más que el calificativo que dieron al comportamiento de aquellos que perturbaban el orden en el que querían vivir los hombres. —No lo entiendo. —Pues utiliza tu mente sobrenatural, hijo mío de ojos azules y de cabellos de oro, mi hermoso «matalobos». Es muy posible que Dios hiciera el mundo como dijo Armand. —¿Es esto lo que has descubierto en los bosques? ¿Te lo han revelado las hojas de los árboles? Gabrielle se echó a reír. —Desde luego, Dios no es necesariamente antropomórfico —respondió a continuación—. Ni lo que, en nuestro colosal egoísmo y sentimentalismo, llamaríamos «una persona decente». Pero probablemente existe un Dios. Satán, en cambio, fue una invención humana, un modo de denominar a la fuerza que busca derribar el orden civilizado de las cosas. El primer hombre que elaboró unas leyes (fuera Moisés o algún antiguo rey Osiris egipcio), ese legislador creó al diablo. El diablo es el que tienta al hombre a quebrantar las leyes, y nosotros somos realmente satánicos por cuanto no seguimos ninguna ley para la protección del hombre. Entonces, ¿por qué no saltárnoslas todas? ¿Por qué no provocar un incendio que consuma todas las civilizaciones de la Tierra? Me sentía demasiado asombrado para responder. —No te preocupes —añadió Gabrielle con una carcajada—, yo no pienso hacerlo. Pero creo que sucederá en las décadas futuras. ¿No crees que alguien lo hará? —¡Espero que no! —contesté—. O, mejor, deja que lo exprese de este modo: si uno de nosotros lo intenta, habrá guerra. —¿Por qué? Todo el mundo seguirá a ese líder. —Yo no. Yo combatiré contra él. —¡Ah, eres muy divertido, Lestat! —exclamó ella. —Es ridículo... —¡Ridículo! —Gabrielle había apartado la mirada en dirección al patio, pero pronto la volvió de nuevo hacia mí, y el color surgió en sus mejillas—. ¿Ridículo echar por tierra todas las ciudades? Entendí que denominaras ridículo al Teatro de los Vampiros, pero ahora te estás contradiciendo. —Es ridículo destruir cualquier cosa por el mero hecho de destruirla, ¿no crees? —Eres imposible—replicó ella—. Algún día, en el futuro lejano, habrá un líder así. Él reducirá al hombre al temor y a la desnudez de la que proviene. Y nos alimentaremos del hombre, sin esfuerzo, como siempre hemos hecho, y el Jardín Salvaje, como tú lo llamas, cubrirá el mundo. —Casi deseo que alguien lo intente —declaré—, pues yo me alzaría contra él y haría cuanto pudiera por derrotarle. Y posiblemente podría salvarme, podría volver a ser bueno a mis propios ojos, por el hecho de disponerme a salvar de todo eso al hombre. Muy enfadado, me incorporé de mi asiento y salí al patio. Ella vino detrás de mí. —Acabas de expresar el argumento más antiguo del Cristianismo para la existencia del mal — señaló—. Que está ahí para que podamos combatirlo y obrar el bien. —Qué triste y qué estúpido —asentí. —Esto es lo que no entiendo de ti —continuó ella—. Te aferras a tu vieja fe en la bondad con una tenacidad prácticamente inconmovible. ¡Y, en cambio, resultas magnífico en lo que constituye tu naturaleza! Cazas a tus presas como un ángel oscuro. Matas despiadadamente y, cuando lo decides, pasas la noche saciándote de víctimas. —¿Y bien? —le dirigí una fría mirada—. No sé ser malo haciendo el mal. Ella se rió. —De muchacho era un buen tirador —añadí—. Y un buen actor en el escenario. Ahora soy un buen vampiro. Así es como entendemos la palabra «bondad». Cuando Gabrielle se hubo ido, me tendí de espaldas en las losas del patio y contemplé las estrellas pensando en todos los cuadros y esculturas que había visto en la ciudad de Florencia. Me di cuenta de que me desagradaban los lugares donde sólo había grandes árboles, y de que el sonido de las voces humanas era, para mí, la música más dulce y más suave. Pero, ¿qué importaba, en realidad, lo que yo sintiera o pensara? Bien es cierto que Gabrielle no siempre me aturdía con extrañas filosofías. De vez en cuando, en sus apariciones, me hablaba de cosas prácticas que había descubierto. Era, sin duda, más valerosa y aventurera que yo. Y me enseñaba cosas. Gabrielle ya había comprobado, antes incluso de que abandonáramos Francia, que los vampiros podíamos dormir en la tierra. No eran precisos ataúdes mi catafalcos. Y se descubría alzándose espontáneamente de entre la tierra al ponerse el sol, antes incluso de terminar de despertarse. Los mortales que nos encontraban durante las horas diurnas, estaban perdidos, a no ser que nos expusieran a los rayos del sol inmediatamente. Por ejemplo, cerca de Palermo, Gabrielle se había echado a dormir en el sótano de una casa abandonada y, al despertar, había notado que el rostro y los ojos le ardían como si la hubieran escaldado, y en su mano derecha tenía agarrado a un mortal, ya cadáver, que al parecer había intentado perturbar su descanso. —Le había estrangulado —me contó— y aún tenía mi mano cerrada sobre su garganta. Y la escasa luz que se filtraba por la puerta entreabierta me había quemado el rostro. —¿Qué habría sucedido de ser varios los mortales? —quise saber, vagamente fascinado con ella. Gabrielle movió la cabeza en gesto de negativa y se encogió de hombros. Desde entonces, dormía siempre enterrada, no en sótanos o ataúdes. Nadie volvería a perturbar su descanso. A ella no le importaba. Aunque no lo declaré en voz alta, yo estaba convencido de que dormir en la cripta tenía su gracia. Había cierto encanto novelesco en el hecho de alzarse de la tumba. En realidad, yo me encontraba en el extremo opuesto a la solución de Gabrielle, pues me hacía construir ataúdes especiales en cada lugar donde nos quedábamos un tiempo. Y no dormía en el cementerio o en la iglesia, como era nuestra costumbre más corriente, sino en escondrijos dentro de la casa. No puedo decir que Gabrielle no me escuchaba con paciencia en ocasiones, cuando le contaba cosas así. Me prestaba atención cuando le describía las grandes obras de arte que había visto en el museo Vaticano, los coros que había escuchado en la catedral, los sueños que parecían provocados por los pensamientos de los mortales que pasaban sobre mi guarida. Sin embargo, tal vez Gabrielle se limitaba a contemplar el movimiento de mis labios; ¿quién podría decirlo con seguridad? Y, a continuación, volvía a desaparecer sin explicaciones y volvía a deambular a solas por las calles, naciendo comentarios en voz alta a Marius o escribiéndole unos mensajes larguísimos que, en ocasiones, me llevaba toda la noche completar. ¿Qué deseaba yo de ella? ¿Que fuera más humana, que fuera como yo? Las predicciones de Armand me obsesionaban. ¿Y cómo podría Gabrielle dejar de pensar en ellas? Tenía que haberse dado cuenta de lo que sucedía, de que estábamos alejándonos cada vez más, que se me rompía el corazón pero tenía demasiado orgullo para decírselo. «¡Gabrielle, por favor, no puedo soportar esta soledad! ¡Quédate conmigo!» Cuando al fin dejamos Italia, yo empezaba ya a practicar mis arriesgados jueguecitos con mortales. De vez en cuando veía a un hombre o a una mujer, a un ser humano que me parecía perfecto espiritualmente, y me dedicaba a seguirlo. Primero, prolongaba este seguimiento una semana, después durante un mes, a veces incluso más tiempo todavía. Me enamoraba de aquel ser. Imaginaba una amistad, una conversación, una intimidad que jamás podríamos tener. Luego, en algún momento mágico e irreal, le decía: «¿Pero tú ves lo que soy?», y el humano, en un acto supremo de comprensión espiritual, respondía: «Sí, lo veo, lo entiendo...». Un desatino, verdaderamente. Muy parecido al encuentro de la princesa que entrega su amor desinteresado al príncipe encantado y éste recupera su forma original y deja de ser un monstruo. Sólo que en este lúgubre cuento de hadas yo penetraba hasta lo más profundo de mi amante mortal. Los dos nos hacíamos uno, y yo volvía a ser de carne y hueso. Una idea deliciosa. Pero pronto empecé a darles más y más vueltas en mis pensamientos a las advertencias de Armand acerca de que volvería a realizar el Rito Oscuro por las mismas razones por las que lo había hecho antes. Entonces, dejé de practicar el jueguecito y me limité a seguir cazando con toda la crueldad y el espíritu vengativo de siempre, y ya no fueron los malhechores mis únicas presas. En la ciudad de Atenas, dejé el siguiente mensaje a Marius: «No sé por qué continúo. No busco la verdad. No creo en ella. No espero conocer por ti ningún antiguo secreto, sea el que sea. Pero en algo creo: Tal vez sólo sea en la belleza del mundo por el que vago o en la propia voluntad de vivir. Este don me fue entregado demasiado pronto. Y me fue otorgado sin una buena razón. Y, ya a mis treinta años mortales de edad, empiezo a tener una cierta idea de por qué muchos de nuestra r**a lo han desperdiciado o han renunciado a él. Yo, en cambio, continúo. Y te busco.» Ignoro cuánto tiempo pude haber vagado por Europa y Asia de aquella manera. Pese a todas mis lamentaciones por la soledad en que me hallaba, estaba acostumbrado a ella. Y siempre había nuevas ciudades igual que había nuevas víctimas, nuevos idiomas y nuevas músicas que escuchar. Por mucho dolor que sintiera, siempre decidía en último término un nuevo destino. Mi deseo era conocer, finalmente, todas las ciudades de la Tierra, incluso las remotas capitales de la India y de la China, donde hasta el objeto más sencillo me parecería extraño y donde las mentes que sondeara resultaran tan incomprensibles como las de unos seres procedentes de otros mundos. Sin embargo, cuando partimos de Estambul en dirección al sur, adentrándonos en el Asia Menor, Gabrielle sintió con más fuerza todavía la llamada de aquella tierra nueva y extraña, de modo que apenas aparecía a mi lado. Y, en Francia, la situación estaba alcanzando un clímax terrible, no sólo para el mundo mortal por el cual aún me preocupaba, sino también para los vampiros del teatro
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