Capitulo 10

3592 Palabras
La última vez que vi a Armand en el siglo XVIII, él estaba ton Eleni, Nicolás y los otros vampiros actores frente a la puerta del teatro de Renaud. Observaba cómo nuestro carruaje se abría paso en el tráfico del bulevar. Le había encontrado un rato antes, encerrado con Nicolás en mi viejo camerino y enfrascado en una extraña conversación que dominaba el sarcasmo de Nicolás y su peculiar entusiasmo. Cubierto por una peluca y envuelto en una sombría levita roja, me pareció que ya había adquirido una nueva opacidad, como si cada momento transcurrido desde la disolución de la vieja asamblea le estuviera dando más solidez y más fuerza. Nicolás y yo no tuvimos palabras para el otro en esos embarazosos últimos instantes; Armand, en cambio, aceptó educadamente las llaves de la torre y una gran suma de dinero, con la promesa de que Roget le facilitaría más cuando él quisiera. Su mente siguió cerrada para mí, pero me aseguró de nuevo que no causaría el menor daño a Nicolás. Mientras terminábamos de despedirnos, pensé que Nicolás y el pequeño grupo de vampiros tenían todas las posibilidades de sobrevivir y que Armand y yo quedábamos amigos. Al término de aquella primera noche, Gabrielle y yo estábamos lejos de París, como habíamos prometido. Durante los meses siguientes, viajamos a Lyon, Turín y Viena, y luego fuimos a Praga, Leipzig y San Petersburgo; luego volvimos al sur, a Italia, donde nos instalamos largos años. Y, en todos estos lugares, fui dejando mensajes a Marius escritos en las paredes. A veces no eran más que unas palabras garabateadas apresuradamente con la punta de la navaja. En otras ocasiones, pasaba horas cincelando mis reflexiones en la piedra. Pero siempre, estuviera donde estuviese, escribía mi nombre, la fecha y mi futuro destino, junto a mi invitación: «Marius, date a conocer». En cuanto a las antiguas asambleas de vampiros, fuimos encontrándolas en un puñado de lugares dispersos, pero, desde el primer momento, quedó claro que las viejas costumbres estaban desmoronándose por todas partes. Rara vez eran más de tres o cuatro las criaturas que mantenían los viejos ritos, y, cuando se daban cuenta de que no queríamos participar en ellos ni nos interesaba su existencia, nos dejaron en paz. Infinitamente más interesantes resultaban los espectros que identificábamos esporádicamente en medio de los humanos, aquellos vampiros solitarios y sigilosos que se fingían mortales con la misma habilidad con que lo hacíamos Gabrielle y yo. Sin embargo, nunca nos acercamos a estas criaturas. Huían de nosotros como debían hacerlo de las viejas asambleas y, como no veía en sus ojos otra cosa que el miedo, nunca sentí la tentación de perseguirlas. En cambio, me produjo una extraña satisfacción saber que no había sido el primer espectro aristocrático en moverse por los salones de baile del mundo a la busca de víctimas, con el disfraz de mortífero caballero que pronto se convertiría en epítome de nuestra tribu en relatos, poemas y horribles novelas por entregas. Continuamente aparecían otros. No obstante, en nuestro deambular íbamos a descubrir criaturas de las tinieblas aún más extrañas. En Grecia topamos con unos demonios que no sabían ni cómo habían sido creados y, en ocasiones, incluso encontramos unas criaturas desquiciadas, sin razón ni lenguaje, que nos atacaban como si fuéramos mortales y que escapaban corriendo de las plegarias que pronunciábamos para ahuyentarlas. Los vampiros de Estambul vivían en auténticas casas, a salvo tras grandes muros y verjas, con las tumbas en los jardines, y vestían las mismas túnicas vaporosas que todos los humanos de esa parte del mundo, para cazar por las calles nocturnas. Pero también ellos se mostraron horrorizados de verme vivir entre los franceses y venecianos, montar en carruajes y asistir a reuniones en casas de europeos y en embajadas. Nos amenazaban, gritando encantamientos contra nosotros, y luego huían llenos de pánico cuando nos volvíamos contra ellos, para volver a acosarnos de nuevo poco después. Los fantasmas que rondaban las tumbas de los mamelucos en El Cairo eran espectros abominables, sometidos a las leyes antiguas por unos amos de ojos hundidos que habitaban en las ruinas de un monasterio copto, cuyos ritos estaban llenos de magia oriental y evocaban a numerosos demonios y espíritus malignos de extraños nombres. Todos ellos se mantenían a distancia de nosotros pese a sus ácidas amenazas, pero conocían nuestros nombres. En el transcurso de los años, nunca tuvimos más noticias de todas aquellas criaturas; naturalmente, ello no constituyó una gran sorpresa para mí. Y, aunque eran muchos los vampiros de otros lugares que habían oído hablar de las leyendas de Marius y de otros antiguos, ninguno de ellos había visto con sus propios ojos a uno de tales seres. Incluso Armand se había convertido en una leyenda para ellos y era habitual oírles preguntarnos: «¿De veras habéis visto al vampiro Armand?». No obstante, jamás encontré a un auténtico vampiro antiguo. Jamás encontré a un vampiro que estuviera cargado de algún tipo de magnetismo, a un ser de gran sabiduría o de especial talento, un ser fuera de lo normal en quien el Don Oscuro hubiera obrado una transformación alquímica perceptible que pudiera interesarme. Comparado con aquellos seres, Armand era un dios sombrío. Y lo mismo cabía decir de Gabrielle y de mí. Pero estoy adelantándome demasiado en mi narración. Al principio de nuestro vagar, cuando visitamos Italia por primera vez, conseguimos hacernos una idea más cabal y plena de los ritos y ceremonias antiguos. En Roma, la asamblea salió a recibirnos con los brazos abiertos. «Venid al aquelarre» nos dijeron. «Acompañadnos a las catacumbas y participad en nuestros cantos e himnos.» Aquellos vampiros romanos sabían que habíamos destruido la asamblea de París y que habíamos vencido al gran Armand, el dominador de los secretos oscuros. Sin embargo, no nos despreciaban por ello. Al contrario, no lograban entender los motivos de Armand para renunciar a su poder. ¿Por qué no había cambiado la asamblea con el transcurso del tiempo? En efecto, incluso allí, donde las ceremonias eran tan complicadas y sensuales que me quitaban la respiración, los vampiros, lejos de evitar el contacto con los humanos, no tenían ningún reparo en hacerse pasar por uno de ellos cuando convenía a sus intereses. Lo mismo sucedía con los dos vampiros que habíamos conocido en Venecia y con el puñado de ellos que encontraríamos más adelante en Florencia. Envueltos en capas negras, se mezclaban con el público de la ópera, deambulaban por los pasillos sombríos de las grandes mansiones durante bailes y banquetes, e incluso, en ocasiones, se sentaban entre el populacho en las tabernas de baja estofa, estudiando muy de cerca a los humanos que les rodeaban. En Roma, más que en ninguna otra parte, esas criaturas tenían por costumbre vestir con la indumentaria de la época de su nacimiento, y, a menudo, iban engalanadas con las joyas y las prendas más espléndidas, regias e imponentes, que lucían majestuosamente cuando querían. No obstante, pese a todo ello, seguían retirándose a sus hediondos cementerios para pasar el día y seguían huyendo entre alaridos de cualquier símbolo del poder celestial, además de volcarse con feroz abandono en sus espectaculares y aterradores aquelarres. En comparación con éstos, los vampiros de París habían sido primitivos, bastos e infantiles; sin embargo, terminé por entender que había sido el propio carácter sofisticado y mundano de París lo que había impulsado a Armand y a su grey a apartarse del contacto con los mortales. Con la secularización de la capital francesa, los vampiros se habían asido a los viejos ritos mágicos; en cambio, los espectros italianos vivían entre humanos de profunda religiosidad cuyas vidas estaban impregnadas del ceremonial católico, de hombres y mujeres que respetaban el mal tanto como respetaban a la Iglesia. En resumen, los ritos antiguos de los vampiros no eran muy distintos a las viejas ceremonias de los italianos mortales, de modo que los espectros se desenvolvían en ambos mundos. Al preguntarles si creían realmente en los ritos antiguos, se encogían de hombros. El aquelarre constituía para ellos un gran placer. ¿Acaso no lo habíamos disfrutado Gabrielle y yo? ¿Acaso no nos habíamos sumado finalmente a la danza? «Volved siempre que lo deseéis» nos dijeron los vampiros de Roma. Respecto a lo del Teatro de los Vampiros de París, a aquel gran escándalo que estaba conmocionando a los de nuestra r**a por todo el mundo... En fin, eso tendrían que verlo con sus propios ojos para creerlo. Vampiros actuando en un escenario, desconcertando con trucos y mímica a un público de mondes... ¡Todo aquello les parecía terriblemente parisino!, exclamaban entre risas. Por supuesto, yo tenía en todo instante noticias más directas y concretas sobre el funcionamiento del Teatro. Ya antes de llegar a San Petersburgo, Roget me había remitido allí un largo testimonio de la «destreza» de la nueva trouppe: Se disfrazan de marionetas de madera a tamaño natural. De las vigas descienden unas cuerdas doradas atadas a sus tobillos, sus muñecas y la parte superior del cráneo, con las que parecen ser manipulados en las danzas más encantadoras. Llevan dos círculos perfectos de carmín en sus blancas mejillas y tienen los ojos muy abiertos, como piezas de cristal. Es increíble la perfección con que simulan ser objetos inanimados. Pero la orquesta es otra maravilla. Con las caras pálidas y pintadas en el mismo estilo que los actores, los músicos imitan artilugios mecánicos, como si fueran muñecos articulados que, dándoles cuerda, pasaran el arco por sus pequeños instrumentos o soplaran sus pequeñas boquillas produciendo música de verdad. El espectáculo es tan cautivador que las damas y los caballeros que acuden a él discuten entre ellos sobre si actores y músicos son muñecos o personas de carne y hueso. Los hay que aseguran que todos ellos son de madera y que las voces que surgen de sus bocas son obra de ventrílocuos. En cuanto a las obras en sí, resultarían terriblemente inquietantes de no estar representadas con tanta belleza y habilidad. Uno de sus espectáculos más populares presenta al espectro de un vampiro surgiendo de la tumba a través de una plataforma del escenario. La criatura resulta aterradora, con sus harapos, sus cabellos revueltos y sus colmillos. Pero, ¡ay!, el vampiro se enamora enseguida de una mujer marioneta sin darse cuenta de que no está viva. Pero al no encontrar en el cuello de su amada sangre alguna que beber, el pobre vampiro no tarda en morir, en cuyo momento la marioneta revela que sí está viva, pese a ser de madera. Y entonces, con una pérfida sonrisa, lleva a cabo una danza triunfal sobre el cuerpo del vampiro derrotado. Le aseguro que ver la obra le hiela a uno la sangre. Y, a pesar de ello, el público aplaude y aclama la representación. En otra breve escena, las marionetas danzantes forman un círculo en torno a una muchacha humana y la engatusan para que se deje atar también con las cuerdas doradas como si fuera otra marioneta. El lamentable resultado es que las cuerdas la obligan a bailar hasta que pierde la vida. La muchacha suplica con gestos elocuentes que la liberen, pero las marionetas de verdad se limitan a reír y a hacer cabriolas mientras ella expira. La música es sobrenatural. Trae a la memoria las tonadas de los cíngaros en las ferias de pueblo. El director es monsieur de Lenfent, y suele ser el sonido de su violín el que abre la sesión nocturna. Como abogado de usted, le recomiendo que reclame parte de los beneficios que está consiguiendo esta destacada compañía. Las colas para cada función ocupan un trecho considerable del bulevar. Las cartas de Roget siempre me inquietaban. Me dejaban con el corazón desbocado. ¿Qué había esperado que hiciera aquella compañía de extraños actores? ¿Por qué me sorprendía su osadía y su inventiva? Los vampiros teníamos el poder para llevar a cabo todo aquello, pero no podía evitar hacerme aquellas preguntas. Cuando decidí instalarme en Venecia, donde pasé largo tiempo buscando en vano los cuadros de Marius, recibía ya noticias directas de Eleni, cuyas cartas venían escritas con una exquisita habilidad vampírica. Según me contaba, la compañía era el espectáculo más popular de la noche parisina. De toda Europa habían llegado «actores» para sumarse a ella, y la trouppe había crecido hasta la veintena de componentes, número que ni siquiera una metrópolis como aquella podía mantener. «Únicamente son admitidos los artistas más hábiles e inteligentes, aquellos que poseen un talento realmente excepcional, pues lo que valoramos por encima de todo es la discreción. Como bien puedes suponer, no nos gusta el escándalo.» Respecto a su «Querido Violinista», Eleni escribía sobre él con afecto, afirmando que era la mayor fuente de inspiración para todos, que escribía las obras más ingeniosas y que tomaba éstas de relatos que había leído. «Pero cuando no está enfrascado en el trabajo, puede ser absolutamente imposible. Hay que vigilarle en todo instante para que no aumente el número de vampiros. Sus apetitos alimenticios son terriblemente desordenados, y, de vez en cuando, le cuenta a un desconocido las cosas más asombrosas, aunque, por fortuna, todo el mundo es demasiado razonable como para no tomar por cierto lo que oye.» En otras palabras, Nicolás trataba de hacer más vampiros y no guardaba ninguna precaución en sus salidas de caza. En general, es nuestro Amigo Más Viejo [Armand, obviamente] el encargado de refrenarle, cosa que hace por medio de las amenazas más cáusticas, aunque debo decir que éstas no tienen un efecto duradero sobre nuestro violinista, pues suelen referirse a viejas costumbres religiosas, a fuegos rituales o al paso a nuevos estados del ser. No puedo decir que no le amemos. Por ti, cuidaríamos de él aunque no fuera así, pero le queremos. Y nuestro Amigo Más Viejo, en particular, le tiene un gran afecto. No obstante, debo hacerte notar que, en los viejos tiempos, personas así no habrían durado mucho entre nosotros. Por lo que respecta a nuestro Amigo Más Viejo, dudo de que le reconocieras ahora. Ha construido una gran mansión al pie de la torre y vive allí entre libros y grabados como un caballero erudito, sin prestar atención apenas al mundo real. No obstante, cada noche llega a la puerta del teatro en su carruaje n***o y sigue la representación desde su palco protegido por cortinas. Y acude después a resolver todas las disputas entre nosotros, a gobernar como siempre ha hecho, a amenazar a nuestro Divino Violinista, pero nunca jamás consiente en salir al escenario para actuar. Es él quien acepta a los nuevos miembros, que, como te he contado, vienen de todas partes. No tenemos que solicitar su presencia, sino que vienen a llamar a nuestra puerta... Vuelve con nosotros [escribía Eleni para terminar]. Nos encontrarás más interesantes que cuando nos dejaste. Hay mil maravillas oscuras que no puedo exponer por escrito. Somos una estrella brillante en la historia de nuestra r**a. No podríamos haber elegido un momento más perfecto en la historia de esta gran iudad para nuestra pequeña maquinación. Y todo esto, esta espléndida existencia que llevamos, es obra tuya. ¿Por qué nos dejaste? ¡Vuelve con los tuyos! Guardé todas estas cartas. Las conservé con el mismo cuidado con que guardé la misiva de mis hermanos de la Auvernia. Con la imaginación, vi perfectamente las marionetas. Escuché el lamento del violín de Nicolás. Vi también a Armand, llegando en su oscuro carruaje y ocupando su asiento en el palco. Incluso describí todo aquello en términos vagos y extravagantes en mis largos mensajes a Marius, aplicándome de vez en cuando con el buril, presa de un pequeño frenesí, en alguna oscura calleja mientras los mortales dormían. Sin embargo, para mí, volver a París estaba fuera de cuestión por muy solo que pudiera llegar a sentirme. El mundo que me rodeaba se había convertido en mi amante y mi maestro. Estaba embelesado con las catedrales y los castillos, con los museos y palacios que veía. En todos los lugares que visitaba, me introducía en el centro de la sociedad, me impregnaba de sus entretenimientos y chismorreos, de su literatura y de su música, de su arquitectura y de todo su arte. Podría llenar volúmenes con las cosas que estudié, que pugné por comprender. Me sentía tan cautivado por los violinistas cíngaros callejeros y por los titiriteros ambulantes como por los grandes castrad en los lujosos teatros de la ópera y por los coros de las catedrales. Rondé los burdeles y los garitos de juego y los lugares donde los marineros bebían y se peleaban. Leí los periódicos de todas las ciudades y frecuenté las tabernas, pidiendo a veces, por el mero hecho de tenerlo delante, algún plato de comida que nunca tocaba. En esos lugares, conversé sin cesar con los mortales, invitando a muchos de ellos a incontables vasos de vino, oliendo las pipas y los habanos que fumaban y dejando que aquellos olores mortales impregnaran mi ropa y mis cabellos. Y, cuando no estaba fuera merodeando de ese modo, viajaba por el reino de los libros que había pertenecido tan exclusivamente a Gabrielle a lo largo de todos aquellos horribles años mortales en mi casa natal. Antes incluso de trasladarnos a Italia, ya dominaba lo suficiente el latín como para estudiar a los clásicos, y reuní una biblioteca en el viejo palazzo veneciano que era mi guarida, donde a menudo pasaba la noche entera leyendo. Y, por supuesto, era la leyenda de Osiris lo que más me subyugaba, evocándome el recuerdo de la narración de Armand y las enigmáticas palabras de Marius. Al adentrarme en todas aquellas viejas versiones de la historia, me sentí calladamente sobrecogido por lo que leía. Hete aquí a un antiguo rey, Osiris, hombre de extraordinaria bondad que aparta a los egipcios del canibalismo y les enseña el arte de la agricultura y de la elaboración del vino. ¿Y cómo es asesinado por su hermano Tifón? Mediante una treta, éste hace acostarse a Osiris en una caja del tamaño exacto de su cuerpo y aprovecha para cerrar la tapa con clavos. Tifón arroja entonces la caja al río y, cuando la fiel Isis encuentra el cuerpo del rey, éste sufre un nuevo ataque de Tifón, que le descuartiza. Finalmente, todas las partes de su cuerpo son encontradas, salvo una. Y bien, ¿por qué habría Marius de hacer referencia a un mito como éste? ¿Y cómo no habría yo de asociarlo al hecho de que todos los vampiros dormidos en ataúdes, que son cajas del tamaño exacto de los cuerpo (incluso la miserable multitud de la asamblea de les Innocents dormía en sus sepulcros)? Magnus me había dicho: «Debes dormir siempre en ese féretro o en un sitio similar». En cuanto a la parte del cuerpo que se perdió, la que Isis no encontró, ¿no existía una parte de nosotros que el Don Oscuro no hacía revivir? Los vampiros podemos hablar, ver, gustar, respirar o moverse como los humanos, pero no podemos procrear. Y tampoco Osiris podía, por lo que se convirtió en Señor de los Muertos. ¿Era aquél un dios vampiro? Pero aún había algo más que me tenía desconcertado y atormentado. Aquel dios Osiris era el dios del vino entre los egipcios, que más tarde se convertiría en Dioniso para los griegos. Y Dioniso era el «dios oscuro» del teatro, el dios maléfico que Nicolás me había descrito en el pueblo, cuando éramos dos muchachos. Y ahora teníamos el teatro lleno de vampiros en París. ¡Ah, era demasiado espléndido! Estaba impaciente por contarle todo aquello a Gabrielle, pero, cuando lo hice, ella reaccionó con indiferencia diciendo que había cientos de viejas leyendas parecidas. —Osiris era el dios del trigo —replicó—. Era un buen dios para los egipcios. ¿Qué podría tener que ver eso con nosotros? —Tras echar una ojeada a los libros que estaba estudiando, añadió—: Tienes mucho que aprender, hijo mío. Muchos dioses antiguos fueron descuartizados y llorados por sus diosas. Lee los mitos de Acteón y de Adonis. A los antiguos les encantaban esos relatos. Y, tras esto, se marchó y me dejó a solas en la biblioteca, a la luz de las velas, hincado de codos entre todos aquellos libros. Medité sobre el sueño de Armand del santuario de Los Que Deben Ser Guardados, en las montañas. ¿Se trataba de un rito mágico que se remontaba a tiempos de los egipcios? ¿Cómo habían olvidado tales cosas los Hijos de las Tinieblas? Quizás aquella mención a Tifón, el asesino de su hermano, sólo había sido una referencia poética del maestro veneciano, nada más. Salí de nuevo a las calles nocturnas y tallé mis preguntas a Marius en piedras que eran más viejas que cualquiera de los dos. Marius se había hecho tan real que ya conversábamos igual que en otro tiempo habíamos hecho Nicolás y yo. Había pasado a ser el confidente que recibía mi excitación, mi entusiasmo, mi sublime perplejidad ante todas las maravillas y misterios del mundo. Pero, conforme profundicé en mis estudios y amplié mis conocimientos, empecé a captar los primeros indicios pavorosos de lo que podía ser la eternidad. Estaba solo entre mortales, y mis escritos a Marius no lograban impedir que reconociera mi propia monstruosidad como había sucedido en aquellas primeras noches parisinas, tanto tiempo atrás. Al fin y al cabo, Marius no estaba allí en realidad. Y tampoco Gabrielle. Casi desde el primer momento, las predicciones de Armand se habían demostrado ciertas.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR