La última vez que vi a Armand en el siglo XVIII, él estaba ton Eleni, Nicolás y los otros vampiros
actores frente a la puerta del teatro de Renaud. Observaba cómo nuestro carruaje se abría
paso en el tráfico del bulevar. Le había encontrado un rato antes, encerrado con Nicolás en mi
viejo camerino y enfrascado en una extraña conversación que dominaba el sarcasmo de Nicolás y su
peculiar entusiasmo. Cubierto por una peluca y envuelto en una sombría levita roja, me pareció que ya
había adquirido una nueva opacidad, como si cada momento transcurrido desde la disolución de la vieja
asamblea le estuviera dando más solidez y más fuerza.
Nicolás y yo no tuvimos palabras para el otro en esos embarazosos últimos instantes; Armand, en
cambio, aceptó educadamente las llaves de la torre y una gran suma de dinero, con la promesa de que
Roget le facilitaría más cuando él quisiera.
Su mente siguió cerrada para mí, pero me aseguró de nuevo que no causaría el menor daño a
Nicolás. Mientras terminábamos de despedirnos, pensé que Nicolás y el pequeño grupo de vampiros
tenían todas las posibilidades de sobrevivir y que Armand y yo quedábamos amigos.
Al término de aquella primera noche, Gabrielle y yo estábamos lejos de París, como habíamos
prometido. Durante los meses siguientes, viajamos a Lyon, Turín y Viena, y luego fuimos a Praga, Leipzig
y San Petersburgo; luego volvimos al sur, a Italia, donde nos instalamos largos años.
Y, en todos estos lugares, fui dejando mensajes a Marius escritos en las paredes.
A veces no eran más que unas palabras garabateadas apresuradamente con la punta de la navaja. En
otras ocasiones, pasaba horas cincelando mis reflexiones en la piedra. Pero siempre, estuviera donde
estuviese, escribía mi nombre, la fecha y mi futuro destino, junto a mi invitación: «Marius, date a
conocer».
En cuanto a las antiguas asambleas de vampiros, fuimos encontrándolas en un puñado de lugares
dispersos, pero, desde el primer momento, quedó claro que las viejas costumbres estaban
desmoronándose por todas partes. Rara vez eran más de tres o cuatro las criaturas que mantenían los
viejos ritos, y, cuando se daban cuenta de que no queríamos participar en ellos ni nos interesaba su
existencia, nos dejaron en paz.
Infinitamente más interesantes resultaban los espectros que identificábamos esporádicamente en
medio de los humanos, aquellos vampiros solitarios y sigilosos que se fingían mortales con la misma
habilidad con que lo hacíamos Gabrielle y yo. Sin embargo, nunca nos acercamos a estas criaturas.
Huían de nosotros como debían hacerlo de las viejas asambleas y, como no veía en sus ojos otra cosa
que el miedo, nunca sentí la tentación de perseguirlas.
En cambio, me produjo una extraña satisfacción saber que no había sido el primer espectro
aristocrático en moverse por los salones de baile del mundo a la busca de víctimas, con el disfraz de
mortífero caballero que pronto se convertiría en epítome de nuestra tribu en relatos, poemas y horribles
novelas por entregas. Continuamente aparecían otros.
No obstante, en nuestro deambular íbamos a descubrir criaturas de las tinieblas aún más extrañas. En
Grecia topamos con unos demonios que no sabían ni cómo habían sido creados y, en ocasiones, incluso
encontramos unas criaturas desquiciadas, sin razón ni lenguaje, que nos atacaban como si fuéramos
mortales y que escapaban corriendo de las plegarias que pronunciábamos para ahuyentarlas.
Los vampiros de Estambul vivían en auténticas casas, a salvo tras grandes muros y verjas, con las
tumbas en los jardines, y vestían las mismas túnicas vaporosas que todos los humanos de esa parte del
mundo, para cazar por las calles nocturnas.
Pero también ellos se mostraron horrorizados de verme vivir entre los franceses y venecianos, montar
en carruajes y asistir a reuniones en casas de europeos y en embajadas. Nos amenazaban, gritando
encantamientos contra nosotros, y luego huían llenos de pánico cuando nos volvíamos contra ellos, para
volver a acosarnos de nuevo poco después.
Los fantasmas que rondaban las tumbas de los mamelucos en El Cairo eran espectros abominables,
sometidos a las leyes antiguas por unos amos de ojos hundidos que habitaban en las ruinas de un
monasterio copto, cuyos ritos estaban llenos de magia oriental y evocaban a numerosos demonios y
espíritus malignos de extraños nombres.
Todos ellos se mantenían a distancia de nosotros pese a sus ácidas amenazas, pero conocían
nuestros nombres.
En el transcurso de los años, nunca tuvimos más noticias de todas aquellas criaturas; naturalmente,
ello no constituyó una gran sorpresa para mí.
Y, aunque eran muchos los vampiros de otros lugares que habían oído hablar de las leyendas de
Marius y de otros antiguos, ninguno de ellos había visto con sus propios ojos a uno de tales seres.
Incluso Armand se había convertido en una leyenda para ellos y era habitual oírles preguntarnos: «¿De
veras habéis visto al vampiro Armand?». No obstante, jamás encontré a un auténtico vampiro antiguo.
Jamás encontré a un vampiro que estuviera cargado de algún tipo de magnetismo, a un ser de gran
sabiduría o de especial talento, un ser fuera de lo normal en quien el Don Oscuro hubiera obrado una
transformación alquímica perceptible que pudiera interesarme.
Comparado con aquellos seres, Armand era un dios sombrío. Y lo mismo cabía decir de Gabrielle y de
mí.
Pero estoy adelantándome demasiado en mi narración.
Al principio de nuestro vagar, cuando visitamos Italia por primera vez, conseguimos hacernos una idea
más cabal y plena de los ritos y ceremonias antiguos. En Roma, la asamblea salió a recibirnos con los
brazos abiertos. «Venid al aquelarre» nos dijeron. «Acompañadnos a las catacumbas y participad en
nuestros cantos e himnos.»
Aquellos vampiros romanos sabían que habíamos destruido la asamblea de París y que habíamos
vencido al gran Armand, el dominador de los secretos oscuros. Sin embargo, no nos despreciaban por
ello. Al contrario, no lograban entender los motivos de Armand para renunciar a su poder. ¿Por qué no
había cambiado la asamblea con el transcurso del tiempo?
En efecto, incluso allí, donde las ceremonias eran tan complicadas y sensuales que me quitaban la
respiración, los vampiros, lejos de evitar el contacto con los humanos, no tenían ningún reparo en
hacerse pasar por uno de ellos cuando convenía a sus intereses. Lo mismo sucedía con los dos vampiros
que habíamos conocido en Venecia y con el puñado de ellos que encontraríamos más adelante en
Florencia.
Envueltos en capas negras, se mezclaban con el público de la ópera, deambulaban por los pasillos
sombríos de las grandes mansiones durante bailes y banquetes, e incluso, en ocasiones, se sentaban
entre el populacho en las tabernas de baja estofa, estudiando muy de cerca a los humanos que les
rodeaban. En Roma, más que en ninguna otra parte, esas criaturas tenían por costumbre vestir con la
indumentaria de la época de su nacimiento, y, a menudo, iban engalanadas con las joyas y las prendas
más espléndidas, regias e imponentes, que lucían majestuosamente cuando querían.
No obstante, pese a todo ello, seguían retirándose a sus hediondos cementerios para pasar el día y
seguían huyendo entre alaridos de cualquier símbolo del poder celestial, además de volcarse con feroz
abandono en sus espectaculares y aterradores aquelarres.
En comparación con éstos, los vampiros de París habían sido primitivos, bastos e infantiles; sin
embargo, terminé por entender que había sido el propio carácter sofisticado y mundano de París lo que
había impulsado a Armand y a su grey a apartarse del contacto con los mortales.
Con la secularización de la capital francesa, los vampiros se habían asido a los viejos ritos mágicos;
en cambio, los espectros italianos vivían entre humanos de profunda religiosidad cuyas vidas estaban
impregnadas del ceremonial católico, de hombres y mujeres que respetaban el mal tanto como
respetaban a la Iglesia. En resumen, los ritos antiguos de los vampiros no eran muy distintos a las viejas
ceremonias de los italianos mortales, de modo que los espectros se desenvolvían en ambos mundos. Al
preguntarles si creían realmente en los ritos antiguos, se encogían de hombros. El aquelarre constituía
para ellos un gran placer. ¿Acaso no lo habíamos disfrutado Gabrielle y yo? ¿Acaso no nos habíamos
sumado finalmente a la danza?
«Volved siempre que lo deseéis» nos dijeron los vampiros de Roma.
Respecto a lo del Teatro de los Vampiros de París, a aquel gran escándalo que estaba
conmocionando a los de nuestra r**a por todo el mundo... En fin, eso tendrían que verlo con sus propios
ojos para creerlo. Vampiros actuando en un escenario, desconcertando con trucos y mímica a un público
de mondes... ¡Todo aquello les parecía terriblemente parisino!, exclamaban entre risas.
Por supuesto, yo tenía en todo instante noticias más directas y concretas sobre el funcionamiento del
Teatro. Ya antes de llegar a San Petersburgo, Roget me había remitido allí un largo testimonio de la
«destreza» de la nueva trouppe:
Se disfrazan de marionetas de madera a tamaño natural. De las vigas descienden unas cuerdas
doradas atadas a sus tobillos, sus muñecas y la parte superior del cráneo, con las que parecen ser
manipulados en las danzas más encantadoras. Llevan dos círculos perfectos de carmín en sus blancas
mejillas y tienen los ojos muy abiertos, como piezas de cristal. Es increíble la perfección con que simulan
ser objetos inanimados.
Pero la orquesta es otra maravilla. Con las caras pálidas y pintadas en el mismo estilo que los
actores, los músicos imitan artilugios mecánicos, como si fueran muñecos articulados que, dándoles
cuerda, pasaran el arco por sus pequeños instrumentos o soplaran sus pequeñas boquillas produciendo
música de verdad.
El espectáculo es tan cautivador que las damas y los caballeros que acuden a él discuten entre ellos
sobre si actores y músicos son muñecos o personas de carne y hueso. Los hay que aseguran que todos
ellos son de madera y que las voces que surgen de sus bocas son obra de ventrílocuos.
En cuanto a las obras en sí, resultarían terriblemente inquietantes de no estar representadas con tanta
belleza y habilidad.
Uno de sus espectáculos más populares presenta al espectro de un vampiro surgiendo de la tumba a
través de una plataforma del escenario. La criatura resulta aterradora, con sus harapos, sus cabellos
revueltos y sus colmillos. Pero, ¡ay!, el vampiro se enamora enseguida de una mujer marioneta sin darse
cuenta de que no está viva. Pero al no encontrar en el cuello de su amada sangre alguna que beber, el
pobre vampiro no tarda en morir, en cuyo momento la marioneta revela que sí está viva, pese a ser de
madera. Y entonces, con una pérfida sonrisa, lleva a cabo una danza triunfal sobre el cuerpo del vampiro
derrotado.
Le aseguro que ver la obra le hiela a uno la sangre. Y, a pesar de ello, el público aplaude y aclama la
representación.
En otra breve escena, las marionetas danzantes forman un círculo en torno a una muchacha humana y
la engatusan para que se deje atar también con las cuerdas doradas como si fuera otra marioneta. El
lamentable resultado es que las cuerdas la obligan a bailar hasta que pierde la vida. La muchacha
suplica con gestos elocuentes que la liberen, pero las marionetas de verdad se limitan a reír y a hacer
cabriolas mientras ella expira.
La música es sobrenatural. Trae a la memoria las tonadas de los cíngaros en las ferias de pueblo. El
director es monsieur de Lenfent, y suele ser el sonido de su violín el que abre la sesión nocturna.
Como abogado de usted, le recomiendo que reclame parte de los beneficios que está consiguiendo esta
destacada compañía. Las colas para cada función ocupan un trecho considerable del bulevar.
Las cartas de Roget siempre me inquietaban. Me dejaban con el corazón desbocado. ¿Qué había
esperado que hiciera aquella compañía de extraños actores? ¿Por qué me sorprendía su osadía y su
inventiva? Los vampiros teníamos el poder para llevar a cabo todo aquello, pero no podía evitar hacerme
aquellas preguntas.
Cuando decidí instalarme en Venecia, donde pasé largo tiempo buscando en vano los cuadros de
Marius, recibía ya noticias directas de Eleni, cuyas cartas venían escritas con una exquisita habilidad
vampírica.
Según me contaba, la compañía era el espectáculo más popular de la noche parisina. De toda Europa
habían llegado «actores» para sumarse a ella, y la trouppe había crecido hasta la veintena de
componentes, número que ni siquiera una metrópolis como aquella podía mantener.
«Únicamente son admitidos los artistas más hábiles e inteligentes, aquellos que poseen un talento
realmente excepcional, pues lo que valoramos por encima de todo es la discreción. Como bien puedes
suponer, no nos gusta el escándalo.»
Respecto a su «Querido Violinista», Eleni escribía sobre él con afecto, afirmando que era la mayor
fuente de inspiración para todos, que escribía las obras más ingeniosas y que tomaba éstas de relatos
que había leído.
«Pero cuando no está enfrascado en el trabajo, puede ser absolutamente imposible. Hay que vigilarle
en todo instante para que no aumente el número de vampiros. Sus apetitos alimenticios son terriblemente
desordenados, y, de vez en cuando, le cuenta a un desconocido las cosas más asombrosas, aunque, por
fortuna, todo el mundo es demasiado razonable como para no tomar por cierto lo que oye.»
En otras palabras, Nicolás trataba de hacer más vampiros y no guardaba ninguna precaución en sus
salidas de caza.
En general, es nuestro Amigo Más Viejo [Armand, obviamente] el encargado de refrenarle, cosa que
hace por medio de las amenazas más cáusticas, aunque debo decir que éstas no tienen un efecto duradero
sobre nuestro violinista, pues suelen referirse a viejas costumbres religiosas, a fuegos rituales o al paso a
nuevos estados del ser.
No puedo decir que no le amemos. Por ti, cuidaríamos de él aunque no fuera así, pero le queremos. Y
nuestro Amigo Más Viejo, en particular, le tiene un gran afecto. No obstante, debo hacerte notar que, en los
viejos tiempos, personas así no habrían durado mucho entre nosotros.
Por lo que respecta a nuestro Amigo Más Viejo, dudo de que le reconocieras ahora. Ha construido
una gran mansión al pie de la torre y vive allí entre libros y grabados como un caballero erudito, sin
prestar atención apenas al mundo real.
No obstante, cada noche llega a la puerta del teatro en su carruaje n***o y sigue la representación
desde su palco protegido por cortinas.
Y acude después a resolver todas las disputas entre nosotros, a gobernar como siempre ha hecho, a
amenazar a nuestro Divino Violinista, pero nunca jamás consiente en salir al escenario para actuar. Es él
quien acepta a los nuevos miembros, que, como te he contado, vienen de todas partes. No tenemos que
solicitar su presencia, sino que vienen a llamar a nuestra puerta...
Vuelve con nosotros [escribía Eleni para terminar]. Nos encontrarás más interesantes que cuando nos
dejaste. Hay mil maravillas oscuras que no puedo exponer por escrito. Somos una estrella brillante en la
historia de nuestra r**a. No podríamos haber elegido un momento más perfecto en la historia de esta gran iudad para nuestra pequeña maquinación. Y todo esto, esta espléndida existencia que llevamos, es obra
tuya. ¿Por qué nos dejaste? ¡Vuelve con los tuyos!
Guardé todas estas cartas. Las conservé con el mismo cuidado con que guardé la misiva de mis
hermanos de la Auvernia. Con la imaginación, vi perfectamente las marionetas. Escuché el lamento del
violín de Nicolás. Vi también a Armand, llegando en su oscuro carruaje y ocupando su asiento en el
palco. Incluso describí todo aquello en términos vagos y extravagantes en mis largos mensajes a Marius,
aplicándome de vez en cuando con el buril, presa de un pequeño frenesí, en alguna oscura calleja
mientras los mortales dormían.
Sin embargo, para mí, volver a París estaba fuera de cuestión por muy solo que pudiera llegar a
sentirme. El mundo que me rodeaba se había convertido en mi amante y mi maestro. Estaba embelesado
con las catedrales y los castillos, con los museos y palacios que veía. En todos los lugares que visitaba,
me introducía en el centro de la sociedad, me impregnaba de sus entretenimientos y chismorreos, de su
literatura y de su música, de su arquitectura y de todo su arte.
Podría llenar volúmenes con las cosas que estudié, que pugné por comprender. Me sentía tan
cautivado por los violinistas cíngaros callejeros y por los titiriteros ambulantes como por los grandes
castrad en los lujosos teatros de la ópera y por los coros de las catedrales. Rondé los burdeles y los
garitos de juego y los lugares donde los marineros bebían y se peleaban. Leí los periódicos de todas las
ciudades y frecuenté las tabernas, pidiendo a veces, por el mero hecho de tenerlo delante, algún plato de
comida que nunca tocaba. En esos lugares, conversé sin cesar con los mortales, invitando a muchos de
ellos a incontables vasos de vino, oliendo las pipas y los habanos que fumaban y dejando que aquellos
olores mortales impregnaran mi ropa y mis cabellos.
Y, cuando no estaba fuera merodeando de ese modo, viajaba por el reino de los libros que había
pertenecido tan exclusivamente a Gabrielle a lo largo de todos aquellos horribles años mortales en mi
casa natal.
Antes incluso de trasladarnos a Italia, ya dominaba lo suficiente el latín como para estudiar a los
clásicos, y reuní una biblioteca en el viejo palazzo veneciano que era mi guarida, donde a menudo
pasaba la noche entera leyendo.
Y, por supuesto, era la leyenda de Osiris lo que más me subyugaba, evocándome el recuerdo de la
narración de Armand y las enigmáticas palabras de Marius. Al adentrarme en todas aquellas viejas
versiones de la historia, me sentí calladamente sobrecogido por lo que leía.
Hete aquí a un antiguo rey, Osiris, hombre de extraordinaria bondad que aparta a los egipcios del
canibalismo y les enseña el arte de la agricultura y de la elaboración del vino. ¿Y cómo es asesinado por
su hermano Tifón? Mediante una treta, éste hace acostarse a Osiris en una caja del tamaño exacto de su
cuerpo y aprovecha para cerrar la tapa con clavos. Tifón arroja entonces la caja al río y, cuando la fiel Isis
encuentra el cuerpo del rey, éste sufre un nuevo ataque de Tifón, que le descuartiza. Finalmente, todas
las partes de su cuerpo son encontradas, salvo una.
Y bien, ¿por qué habría Marius de hacer referencia a un mito como éste? ¿Y cómo no habría yo de
asociarlo al hecho de que todos los vampiros dormidos en ataúdes, que son cajas del tamaño exacto de
los cuerpo (incluso la miserable multitud de la asamblea de les Innocents dormía en sus sepulcros)?
Magnus me había dicho: «Debes dormir siempre en ese féretro o en un sitio similar». En cuanto a la parte
del cuerpo que se perdió, la que Isis no encontró, ¿no existía una parte de nosotros que el Don Oscuro
no hacía revivir? Los vampiros podemos hablar, ver, gustar, respirar o moverse como los humanos, pero
no podemos procrear. Y tampoco Osiris podía, por lo que se convirtió en Señor de los Muertos.
¿Era aquél un dios vampiro?
Pero aún había algo más que me tenía desconcertado y atormentado. Aquel dios Osiris era el dios del
vino entre los egipcios, que más tarde se convertiría en Dioniso para los griegos. Y Dioniso era el «dios
oscuro» del teatro, el dios maléfico que Nicolás me había descrito en el pueblo, cuando éramos dos
muchachos. Y ahora teníamos el teatro lleno de vampiros en París. ¡Ah, era demasiado espléndido!
Estaba impaciente por contarle todo aquello a Gabrielle, pero, cuando lo hice, ella reaccionó con
indiferencia diciendo que había cientos de viejas leyendas parecidas.
—Osiris era el dios del trigo —replicó—. Era un buen dios para los egipcios. ¿Qué podría tener que
ver eso con nosotros? —Tras echar una ojeada a los libros que estaba estudiando, añadió—: Tienes
mucho que aprender, hijo mío. Muchos dioses antiguos fueron descuartizados y llorados por sus diosas.
Lee los mitos de Acteón y de Adonis. A los antiguos les encantaban esos relatos.
Y, tras esto, se marchó y me dejó a solas en la biblioteca, a la luz de las velas, hincado de codos entre
todos aquellos libros.
Medité sobre el sueño de Armand del santuario de Los Que Deben Ser Guardados, en las montañas.
¿Se trataba de un rito mágico que se remontaba a tiempos de los egipcios? ¿Cómo habían olvidado tales
cosas los Hijos de las Tinieblas? Quizás aquella mención a Tifón, el asesino de su hermano, sólo había
sido una referencia poética del maestro veneciano, nada más.
Salí de nuevo a las calles nocturnas y tallé mis preguntas a Marius en piedras que eran más viejas
que cualquiera de los dos. Marius se había hecho tan real que ya conversábamos igual que en otro
tiempo habíamos hecho Nicolás y yo. Había pasado a ser el confidente que recibía mi excitación, mi
entusiasmo, mi sublime perplejidad ante todas las maravillas y misterios del mundo.
Pero, conforme profundicé en mis estudios y amplié mis conocimientos, empecé a captar los primeros
indicios pavorosos de lo que podía ser la eternidad. Estaba solo entre mortales, y mis escritos a Marius
no lograban impedir que reconociera mi propia monstruosidad como había sucedido en aquellas primeras
noches parisinas, tanto tiempo atrás. Al fin y al cabo, Marius no estaba allí en realidad.
Y tampoco Gabrielle.
Casi desde el primer momento, las predicciones de Armand se habían demostrado ciertas.