Capitulo 21

2617 Palabras
Empecé a tranquilizarme un poco, pero mi mente se puso a repasar detenidamente todo lo que había visto claro en el momento del terrible descubrimiento. Marius se ocupaba de ellos. Los atendía desde siempre. Había embellecido aquella cámara porque ellos la veían y tal vez les importara la belleza de los cuadros y de las flores que él traía. Pero él no lo sabía. Y me bastó con mirarles de frente otra vez para sentir de nuevo el espanto de saber que estaban vivos y encerrados dentro de sí mismos. —No puedo soportarlo —murmuré. Sin que Marius lo dijera, supe la razón de que los guardara. No podía enterrarlos en cualquier parte y olvidarlos, pues estaban conscientes. Tampoco podía quemarlos, porque estaban desvalidos y no podían dar su consentimiento. ¡Oh, Dios, aquello era cada vez más terrible! Por eso los guardaba como los paganos de la Antigüedad guardaban a sus dioses en los templos que eran sus casas. Y por eso les traía flores. Y entonces le vi encender para ellos un pequeño pan de incienso que había sacado de un pañuelo de seda, mientras les decía mentalmente que se lo había traído de Egipto y lo ponía a quemar en un platillo de bronce. Me empezaron a lagrimear los ojos y rompí en sollozos. Cuando alcé de nuevo la vista, Marius estaba de espaldas a los dos seres y pude ver a éstos por encima de su hombro. Marius se asemejaba a ellos espantosamente; era otra estatua vestida con telas. Y pensé que tal vez lo estaba haciendo deliberadamente, manteniendo el rostro inexpresivo. —Te he decepcionado, ¿verdad? —le susurré. —No, en absoluto —respondió él con delicadeza—. En absoluto. —Lamento mucho que... —No, no es preciso. Me acerqué un poco más. Sentía que había sido grosero con Los Que Deben Ser Guardados. Que lo había sido con Marius. Él me había revelado aquel secreto y yo había mostrado horror y rechazo. Me sentí decepcionado conmigo mismo. Me adelanté aún más. Quería corregir lo que había hecho antes. Marius se volvió hacia ellos otra vez y me pasó el brazo por la cintura. El incienso resultaba embriagador. Los ojos oscuros de los dos seres reflejaban de pleno el movimiento espectral de las llamas de las lámparas. No se veía el menor abultamiento de venas en la piel blanca; no había el menor pliegue o arruga. Ni siquiera las finas líneas de los labios, que Marius aún conservaba. Sus pechos no se movían en absoluto al ritmo de la respiración. Y, al escuchar con atención en el silencio, no pude captar ningún pensamiento en sus mentes, ningún latido en sus corazones, ningún movimiento de sangre en sus venas. —Pero tienen sangre, ¿verdad? —cuchicheé a Marius. —Sí, la tienen. «¿Y tú...? ¿Tú les traes víctimas?» quise preguntarle. —Ninguno de los dos bebe ya. ¡Incluso esto resultaba espantoso! Aquellos seres ni siquiera disfrutaban de aquel placer. Y sin embargo, ¡ah!, imaginarlo... imaginar cómo habría sido... Los dos recobrando el movimiento el tiempo suficiente para tomar a sus víctimas antes de volver a caer en la inmovilidad... No. La idea debería haberme reconfortado, pero no fue así. —Hace mucho tiempo, todavía bebían, aunque apenas una vez al año. Yo les dejaba algunas víctimas en el santuario, malhechores en estado de debilidad y próximos a la muerte. Cuando volvía, encontraba los cuerpos consumidos ya Los Que Deben Ser Guardados en la misma posición de siempre. Únicamente el color de la carne era un poco distinto. Y nunca encontraba una sola gota de sangre derramada. »Esto sucedía siempre con luna llena y, por lo general, en primavera. Las presas que dejaba para ellos en otras ocasiones no eran utilizadas nunca. Y, más adelante, incluso este festín anual cesó. Entonces continué trayéndoles víctimas de vez en cuando. En una ocasión, cuando ya había transcurrido una década así, dieron cuenta de otra. De nuevo, eso sucedió en primavera, en noches de luna llena. Después, no volvieron a probar sangre durante al menos medio siglo. Perdí la cuenta. Entonces pensé que tal vez tenían que ver la Luna, que tenían que percibir el cambio de las estaciones. Pero, como luego se comprobó, tampoco aquello tenía que ver. »No han vuelto a beber desde antes de que les trasladara a Italia, y de eso hace ya tres siglos. Ni siquiera volvieron a probar una gota en el calor de Egipto. —Pero, cuando lo hacían, ¿nunca les viste con tus propios ojos en pleno festín? —No —respondió Marius. —¿No les has visto nunca moverse? —No, desde... Desde el principio. Me descubrí temblando otra vez. Mientras contemplaba a los dos seres, imaginé que los veía respirar, que los veía mover los labios. Sabía que se trataba de una ilusión, pero me estaba volviendo loco. Tenía que salir de allí o me echaría a llorar otra vez. —A veces —prosiguió Marius—, cuando acudo a verles, encuentro las cosas cambiadas. —¿Cómo? ¿Cuáles? —Pequeñas cosas —dijo, contemplando con aire pensativo a la pareja. Extendió la mano y tocó el collar de la mujer—. Éste le gusta. Al parecer, es apropiado para ella. Antes tenía otro que siempre encontraba en el suelo, roto. —¡Entonces pueden moverse! —Al principio pensé que el collar se le caía, pero, después de repararlo tres veces, comprendí que era inútil. Ella se lo arrancaba del cuello, o lo hacía caer con su mente. Solté un pequeño siseo de horror e, inmediatamente, me sentí mortificado de haberlo hecho en presencia de ella. Quise salir de la cámara en aquel mismo instante. Su rostro era un espejo que reflejaba todas mis fantasías. Sus labios se curvaron en una sonrisa, sin curvarse en absoluto. —Lo mismo ha sucedido a veces con otros ornamentos que, creo, debían llevar los nombres de unos dioses que no les gustaban. En cierta ocasión, un florero que había traído de una iglesia apareció roto, como si lo hubiesen hecho estallar en pequeños fragmentos con su sola mirada. También ha habido otros cambios sorprendentes. —Cuéntame. —A veces he entrado en el santuario y he encontrado a alguno de los dos en pie. Aquello era demasiado terrible. Quise cogerle de la mano y arrastrarle fuera de aquel lugar. —Una noche le encontré a él a varios pasos de la silla. Y, otra vez, a la mujer junto a la puerta. —¿Tratando de salir? —Quizás —asintió, pensativo—. Pero, entonces, podían salir fácilmente si así lo querían. Cuando hayas oído todo el relato podrás juzgar. Siempre que los he encontrado desplazados, los he devuelto a su lugar y los he colocado exactamente como estaban. Para hacerlo se precisa una fuerza extraordinaria. Son como de piedra flexible, si puedes imaginar algo parecido. Y si yo tengo esa fuerza, imagina la que pueden tener ellos. —Acabas de decir «entonces». ¿Y si ya no pueden seguir haciendo lo que desean? ¿Y si llegar hasta la puerta era lo máximo que les permitían sus esfuerzos? —Yo creo que, si ella hubiera querido, habría roto las puertas. Si yo puedo abrir cerrojos con la mente, ¿qué no podrá hacer ella? Contemplé sus rostros fríos y remotos, sus mejillas finas y hundidas, sus bocas grandes y serenas. —Pero, ¿y si te equivocas? ¿Y si pueden escuchar cada palabra que estamos diciendo y eso les irrita, les enfurece? —Creo que, en efecto, nos oyen —asintió Marius tratando de tranquilizarme otra vez, con su mano en la mía y una voz apaciguadora—, pero no me parece que les importe. Si les importara, se moverían. —¿Cómo puedes saberlo? —Hacen otras cosas que requieren grandes fuerzas. Por ejemplo, hay veces en que cierro el tabernáculo e, inmediatamente, ellos vuelven a correr el cerrojo y a abrir las puertas. Sé que son ellos porque son los únicos que podrían hacerlo. Las puertas se abren de par en par y ahí están. Los llevo fuera a contemplar el mar, y, antes del amanecer, cuando regreso para devolverlos adentro, resultan más pesados, menos flexibles, casi imposibles de mover. Hay ocasiones en que creo que hacen todas estas cosas para atormentarme, para jugar conmigo. —No. Se esfuerzan en vano. —No te apresures tanto en tu juicio —respondió Marius—. Como digo, he entrado en su cámara y he encontrado pruebas de cosas muy raras. Y, por supuesto, están las cosas que sucedieron al principio... Interrumpió la frase. Algo le había distraído. —¿Te llegan pensamientos de ellos? Marius estaba estudiándoles. Tuve la intuición de que algo había cambiado. Utilicé hasta el último recurso de mi voluntad para no dar media vuelta y echar a correr. Miré a los dos seres detenidamente. No vi ni escuché ni percibí nada. Si Marius no me explicaba pronto por qué se había quedado mirándoles de aquel modo, empezaría a gritar. —No seas tan impetuoso, Lestat —dijo por último con una leve sonrisa, con sus ojos fijos aún en la figura del hombre—. De vez en cuando los escucho, en efecto, pero es algo ininteligible. Es sólo el sonido de su presencia..., ya sabes a qué me refiero. —Y entonces les oyes, ¿no es eso? —Sssí... Tal vez. —Marius, por favor, salgamos, te lo ruego. ¡Perdóname, pero no puedo soportarlo! Por favor, Marius, vámonos. —Está bien —aceptó él con paciencia. Me dio un apretón en el hombro y añadió—: Pero antes haz una cosa por mí. —Lo que me pidas. —Háblales. No es preciso que lo hagas en voz alta, pero háblales. Diles que los encuentras hermosos. —Ya lo saben —repliqué—. Saben que los encuentro indescriptiblemente hermosos. —Estaba seguro de que así era, pero Marius se refería a decirlo de manera ceremoniosa, de modo que borré de mi mente todo el miedo y las locas supersticiones y les dije lo que Marius me había sugerido. —Habla con ellos, simplemente —insistió Marius. Lo hice. Miré a los ojos al hombre y también a la mujer. Y se adueñó de mi una sensación extrañísima. Una y otra vez, repetí las frases Os encuentro hermosos, os encuentro incomparablemente hermosos hasta que dejaron de parecer auténticas palabras. Me vi rezando como cuando era muy, muy pequeño y me tumbaba en el prado en la ladera de la montaña y le pedía a Dios que, por favor, por favor, me ayudara a escapar de la casa de mi padre. Así le hablé a la mujer en aquel instante y le dije que estaba agradecido de que me hubiera sido concedido acercarme a ella y a sus antiguos secretos, y este sentimiento se hizo físico. Se difundió por toda la superficie de mi piel y por las raíces de los cabellos. Noté que la tensión abandonaba mi rostro. La noté abandonando mi cuerpo. Yo era todo luz, y el incienso y las flores envolvían mi espíritu mientras miraba las negras pupilas de sus ojos castaños tan profundos. —Akasha —dije en voz alta. Escuché el nombre en el mismo instante de decirlo. Y me sonó encantador. Se me erizó el vello de todo el cuerpo. El tabernáculo se convirtió en una frontera llameante en torno a ella y sólo quedó algo borroso donde estaba la figura sentada del hombre. Me acerqué más a ella, no por propia voluntad, y me incliné hacia adelante hasta casi besar su boca. Deseé hacerlo. Me incliné aún más. Y al fin noté sus labios. Deseé que la sangre fluyera a mi boca y pasara a la suya como había hecho aquella vez con Gabrielle mientras yacía en el ataúd. El hechizo se hacía cada vez más intenso y fijé la mirada en las órbitas insondables de sus ojos. ¡Estoy besando en la boca a la diosa! ¿Qué me está pasando? ¡Estoy loco sólo de pensarlo! Me aparté. Me encontré de nuevo contra la pared, temblando, con las manos en las sienes. Por lo menos, esta vez no había derribado los lirios; pero estaba llorando de nuevo. Marius ajustó las puertas del tabernáculo e hizo que el pasador interior se cerrara de nuevo. Penetramos en el rellano de la escalera y Marius hizo que la viga interior se alzara hasta sus horquillas. Luego, colocó la exterior con sus manos. —Vamos, joven —me dijo—. Subamos. Pero cuando apenas habíamos dado unos pasos, escuchamos un seco crujido, seguido de otro. Marius se volvió y miró atrás. —Lo han hecho otra vez —murmuró. Y una sombra de inquietud hendió su rostro. —¿Qué? —Retrocedí contra la pared. —El tabernáculo, lo han abierto. Vamos. Volveré más tarde y lo cerraré antes de que salga el sol. De momento, volvamos al estudio y te contaré mi relato. Cuando llegamos a la estancia iluminada, me dejé caer en el sillón con la cabeza entre las manos. Marius permaneció inmóvil, mirándome; me percaté de ello y alcé la vista. —Te ha dicho su nombre —murmuró. —¡Akasha! —repetí entonces. Era como rescatar una palabra de un sueño que se desvanecía—. ¡Sí, me lo ha dicho! Ahí abajo he dicho Akasha en voz alta. Miré a Marius, implorando una respuesta, una explicación a la actitud con la que me miraba. Creí que iba a perder la razón si aquel rostro no recobraba la expresividad enseguida. —¿Estás enfadado conmigo? —Chist. Calla —me ordenó. No pude captar nada en el silencio. Salvo el mar, tal vez. Y acaso el chasquido de la mecha de alguna lámpara de las paredes. Y el viento, quizá. Ni siquiera los ojos de los dos dioses habían parecido tan carentes de vida como los de Marius en aquel instante. —Haces que algo se agite en ellos —susurró. Me puse en pie. —¿Qué significa eso? —No lo sé. Nada tal vez. El tabernáculo sigue abierto y están allí sentados como siempre, nada más. ¿Quién sabe...? Y de pronto percibí todos sus largos años de querer saber. Siglos, diría, pero no puedo imaginar de verdad lo que eso significa. Ni siquiera ahora. Percibí sus años y años de intentar sacar conclusiones de sus menores signos sin conseguir nada, y supe que se estaba preguntando cómo era que yo había obtenido de ella el secreto de su nombre, Akasha. Ya antes habían sucedido cosas, pero eso había sido en tiempos de la antigua Roma. Cosas oscuras. Cosas terribles. Sufrimientos, unos sufrimientos atroces. Las imágenes desaparecieron. Silencio. Marius estaba inmóvil en mitad de la estancia como un santo descendido de un altar y plantado en el pasillo central de una iglesia. —¡Marius! —susurré. Salió de su ensimismamiento; su rostro se animó lentamente y me miró con afecto, casi con admiración. —Sí, Lestat —respondió, apretándome la mano en un gesto tranquilizador. Tomó asiento y me indicó con un gesto que hiciera lo mismo. De nuevo, los dos quedamos frente a frente, relajadamente. Incluso la luz uniforme de la estancia resultaba reconfortante. Y era reconfortante ver, tras las ventanas, el cielo nocturno. Marius estaba recuperando su anterior viveza, aquel destello de humor en los ojos. —Aún no es medianoche y todo está tranquilo en las islas. Creo que, si nada me interrumpe, es el momento de contarte toda la historia.
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