«Sucedió cuando tenía cuarenta años, una cálida noche de primavera en la ciudad romana de Massilia, en las Galias, mientras me hallaba en una sucia taberna de los muelles garabateando unos párrafos de mi historia del mundo. »La taberna estaba deliciosamente desvencijada y abigarrada, un reducto para marinos y vagabundos; viajeros como yo, quería imaginar en una especie de vago amor por todos ellos aunque la mayoría de ellos eran pobres y yo no, y eran incapaces de leer mis escritos cuando miraban por encima de mi hombro. »Había llegado a Massilia tras un largo y provechoso viaje en el cual había podido estudiar las grandes ciudades del Imperio. Había estado en Alejandría, en Pérgamo y en Atenas, observando y escribiendo sobre las gentes, y me disponía a continuar mi recorrido por

