Penetré en un salón dieciochesco brillantemente iluminado. Los muros de piedra estaban recubiertos
de refinados paneles de madera de palisandro con espejos enmarcados que se alzaban hasta el techo.
Observé los habituales arcones pintados, los sillones tapizados, los cuadros de paisajes oscuros y
frondosos, los relojes de porcelana. Vi una pequeña colección de libros en unos armarios de puertas de
cristal y un periódico de fecha reciente sobre una mesilla, junto a un sillón con mantelillos de brocado en
los brazos.
Unas puertas corredizas altas y estrechas daban paso a la terraza de piedra, donde una hilera de
azucenas y rosas rojas perfumaban el ambiente.
Y allí, de espaldas a mí y apoyado en la barandilla, había un hombre del siglo XVIII.
Cuando se volvió y me indicó con un gesto que saliera a la terraza, vi que era Marius.
Iba vestido igual que yo. La levita era roja, no violácea, y los encajes eran de Valenciennes, no de
Bruselas, pero llevaba el mismo estilo de ropa, el lustroso cabello recogido en la nuca con una cinta
oscura como yo, y no parecía en absoluto tan etéreo como Armand, sino que daba el aspecto de una
superpresencia, de un ser de blancura y perfección imposibles, que, sin embargo, estaba relacionado con
todo el que le rodeaba: con las ropas que llevaba, con la barandilla de piedra donde tenía la mano,
incluso con el momento mismo en que una nubécula pasó ante la brillante media luna.
Saboreé aquel instante, el hecho de que aquel ser y yo nos dispusiéramos a hablar, de estar allí
realmente. Mi cabeza aún estaba tan despejada como en el barco. Seguía sin sentir la sed y me di cuenta
de que era su sangre corriendo por mis venas lo que me mantenía. Todos los viejos misterios se
concentraban en mi interior, despertándome y aguzando mi mente. ¿Estarían en algún rincón de la isla
aquellos a quienes se llamaba Los Que Deben Ser Guardados? ¿Conocería por fin la respuesta a aquél y
a tantos otros interrogantes?
Avancé hasta la barandilla y me detuve al lado de Marius, con la vista fija en el mar. Sus ojos estaban
clavados en una isla a apenas media milla de la costa, a nuestros pies. Estaba escuchando algo que yo
no podía oír. Y el costado de su rostro, bañado por la luz que surgía de las puertas abiertas a nuestra
espalda, producía la espantosa sensación de ser de piedra.
No obstante, le vi volverse de inmediato hacia mí con una expresión de alegría; su liso rostro adquirió
por un instante una vitalidad imposible y, a continuación, me pasó el brazo alrededor de los hombros y
me condujo de nuevo al interior del salón.
Caminaba con el mismo ritmo que un mortal, con el paso ligero pero firme y desplazando el cuerpo
por el espacio con toda normalidad.
Me guió hasta un par de sillones colocados frente a frente y allí tomamos asiento. Estábamos más o
menos en el centro de la estancia. La terraza quedaba a la derecha y contábamos con una clara iluminación gracias a la lámpara del techo y a la decena larga de candelabros y brazos de luz instalados
en las paredes forradas de madera.
Todo aquello parecía muy normal, muy civilizado. Y Marius se instaló con evidente comodidad entre
los cojines de brocado, curvando los dedos en torno a los brazos del sillón.
Al sonreír, su aspecto se hizo totalmente humano. En su rostro surgieron todas las arrugas, toda la
expresividad de un rostro humano, hasta que la sonrisa se desvaneció de nuevo.
Traté de no mirarle, pero no pude evitarlo.
Y en sus facciones apareció un aire malévolo.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Qué te sería más fácil —me preguntó en francés—, que yo te dijera por qué te he traído aquí, o
que tú me explicaras por qué querías verme?
—Bueno, prefiero lo primero —respondí—. Que hables tú.
Con una risa blanda y conciliadora, Marius continuó:
—Eres una criatura notable. No esperaba que te metieras bajo tierra tan pronto. La mayoría de
nosotros experimenta su primera muerte mucho más tarde: cuando ya tienen un siglo de existencia,
incluso dos.
—¿La primera muerte? ¿Quieres decir que es habitual... refugiarse bajo tierra como lo he hecho yo?
—Entre los que sobreviven, es habitual. Morimos. Volvemos a vivir. Los que no se entierran durante
ciertos períodos de tiempo, no suelen durar mucho.
La revelación me había asombrado, pero parecía muy coherente. Y me embargó el terrible
pensamiento de que si Nicolás se hubiera enterrado en lugar de arrojarse a las llamas... Pero no era el
momento para pensar en Nicolás. Si lo hacía, empezaría a lanzar preguntas inútiles a mi interlocutor:
¿Estaba Nicolás en alguna parte? ¿Había dejado de existir? ¿Y mis hermanos? ¿Estaban ellos también
en alguna parte o, sencillamente, habían cesado de existir?
—Pero no debería haberme sorprendido tanto de que, en tu caso, sucediera cuando ha sucedido —
continuó hablando como si no hubiera oído mis pensamientos, o no quisiera aludir a ellos todavía—. Has
perdido demasiado de lo que te era más preciado. Habías visto y aprendido muchas cosas muy deprisa.
—¿Cómo sabes lo que me ha sucedido? —quise saber.
Volvió a sonreír. Casi lanzó una carcajada. El calor que emanaba de él, la sensación de proximidad,
resultaban desconcertantes. Su manera de hablar era animada y absolutamente normal. Es decir,
hablaba como un francés bien educado.
—No te doy miedo, ¿verdad? —preguntó.
—No creo que quieras causármelo —respondí.
—Tienes razón. —Con un gesto informal, prosiguió—: Pero tu aplomo resulta, con todo, bastante
sorprendente. Para responder a tu pregunta, sé cosas que le suceden a nuestra r**a por todo el mundo.
Y, para ser sincero, no siempre entiendo cómo o por qué las sé. Es un poder que, como todos los
nuestros, aumenta con la edad, pero sigue siendo inconsistente, difícilmente controlable. Hay momentos
en que puedo escuchar lo que les sucede a los de nuestra especie en Roma e incluso en París. Y, cuando alguien me llama como tú lo has hecho, puedo captar su llamada desde distancias asombrosas.
Y puedo encontrar el origen de la llamada, como has podido comprobar por ti mismo.
»Pero la información me llega también por otras vías. Sé de los mensajes que me has dejado por las
paredes de media Europa, porque los he leído. Y he oído hablar de ti a otros. Y, a veces, hemos estado
cerca, más cerca de lo que puedas imaginar, y he oído tus pensamientos. Por supuesto, también en este
momento puedo escucharlos, como sin duda podrás advertir, pero prefiero comunicarme por medio de
palabras.
—¿Y eso? —quise saber—. Pensaba que los antiguos prescindirían por completo de la palabra oral.
—Los pensamientos son imprecisos —explicó él—. Si te abro mi mente, no puedo controlar realmente
lo que puedas leer en ella. Y, si soy yo quien lee en la tuya, es posible que malinterprete lo que vea u
oiga. Prefiero utilizar el lenguaje hablado y dejar que mis facultades mentales se expresen a través de él.
Me gusta la alarma del sonido para anunciar mis comunicaciones importantes. Me gusta que se reciba mi
voz. Y me desagrada penetrar en los pensamientos de otro sin advertencia. Para ser totalmente sincero,
creo que el lenguaje es el mayor don que comparten mortales e inmortales.
No supe qué responder a ello. De nuevo, el razonamiento parecía absolutamente coherente. No
obstante, me encontré moviendo la cabeza en gesto de negativa.
—Y tus gestos...—dije—. Tú no te mueves como Armand o Magnus, como yo creía que todos los
antiguos...
—¿Quieres decir como un fantasma? ¿Por qué iba a hacerlo? —replicó Marius con una nueva risa
suave que me hechizó. Se echó un poco hacia atrás en el sillón y dobló la rodilla hasta apoyar el pie en el
cojín del asiento, como haría un hombre en su estudio privado.
—Desde luego, hubo un tiempo en que todo esto era muy interesante para mí —comentó—.
Deslizarme sobre el suelo produciendo la impresión de no dar pasos, colocarme en posturas que resultan
incómodas o imposibles para los mortales. Volar distancias cortas y posarme en tierra sin el menor
sonido. Mover objetos por mera voluntad. En realidad, al final, todo ello resulta basto. Los movimientos
humanos poseen elegancia. Hay sabiduría en la carne, en el modo en que hace las cosas el cuerpo
humano. Me gusta el ruido de mis pies al tocar el suelo, el tacto de los objetos entre mis dedos. Además,
mover las cosas por pura fuerza de voluntad y volar, incluso distancias cortas, resulta extenuante. Como
has visto, puedo hacerlo cuando es necesario, pero es mucho más sencillo utilizar las manos para hacer
las cosas.
Sus palabras me complacieron y no traté de ocultarlo.
—Un cantante puede hacer añicos un vaso si logra dar el agudo preciso —añadió—, pero la manera
más fácil de romper ese vaso es, simplemente, dejarlo caer al suelo.
Esta vez, me reí abiertamente.
Empezaba a acostumbrarme a los cambios que experimentaba su rostro, entre la expresividad y la
inmovilidad perfecta como la de una máscara, y a la sostenida vitalidad de su mirada, que unía ambas. La
impresión que producía seguía siendo la de equilibrio y franqueza, la de una persona de desconcertantes
belleza y percepción. Pero a lo que no lograba habituarme era a aquella sensación de presencia, de que algo
inmensamente poderoso, peligrosamente poderoso, estaba allí, contenido y muy próximo.
De pronto, me sentí un poco agitado, un poco abrumado. Y me entró un inexplicable deseo de llorar.
Marius se inclinó hacia adelante y me rozó con los dedos el revés de la mano y me recorrió un
estremecimiento. Estábamos conectados por aquel contacto. Y, aunque su piel era sedosa como la de
todos los vampiros, era menos flexible. Era como si me tocara una mano de piedra en guante de seda.
—Te he traído aquí porque quiero contarte lo que sé —declaró—. Quiero compartir contigo todos los
secretos que poseo. Por varias razones, has atraído mi interés.
Me sentí fascinado y percibí la posibilidad de un amor irresistible.
—Pero te advierto que en ello hay un peligro —continuó—. Yo no poseo las respuestas definitivas. No
puedo decirte quién hizo el mundo o por qué existe el hombre. Ni sé decirte la razón de que exista
nuestra especie. Lo único que puedo hacer es revelarte más cosas acerca de nosotros de las que nadie
te ha explicado hasta ahora. Puedo mostrarte a Los Que Deben Ser Guardados y decirte lo que sé de
ellos. Puedo decirte por qué razón, creo, he logrado sobrevivir tanto tiempo. Tal vez este conocimiento te
cambie en algo. Supongo que eso es lo que hace siempre, en realidad, cualquier conocimiento...
—Sí...
—Pero cuando te haya dado todo lo que tengo para darte, seguirás estando exactamente como antes:
seguirás siendo un ser inmortal que deberá hallar sus propias razones para existir.
—Sí, razones para existir —repetí. Mi voz sonó un poco amarga, pero me gustó oír pronunciar de
aquel modo las palabras.
Con todo, al mismo tiempo, tenía la lúgubre sensación de ser una criatura hambrienta y depravada a
la que iba muy bien una existencia sin propósitos; de ser un vampiro poderoso que siempre conseguía
todo lo que quería, por encima de todos y de todo. Me pregunté si Marius se daba cuenta de lo
absolutamente terrible que yo era.
La razón para matar era la sangre.
Aceptado. La sangre y el puro éxtasis de la sangre. Y sin ella, éramos pellejos como yo había sido
bajo la tierra egipcia.
—Recuerda bien mi advertencia de que las circunstancias seguirán siendo las mismas después. Sólo
tú puede que cambies. Tal vez salgas de aquí más ignorante que cuando has entrado.
—¿Pero por qué has decidido revelarme estas cosas? —le pregunté—. Sin duda, otros vampiros te
habrán buscado. Debes saber dónde está Armand, ¿no?
—Como te he dicho, tengo varias razones —contestó—. Y, probablemente, la principal es el modo en
que me buscaste. Muy pocos seres buscan de verdad el conocimiento en este mundo. Mortales o
inmortales, son escasos los que hacen preguntas. Al contrario, casi todos intentan extraer de lo
desconocido las respuestas a las que ya han dado forma en sus propias mentes; justificaciones,
confirmaciones, formas de consuelo sin las cuales serían incapaces de continuar adelante. Preguntar de
verdad es abrir la puerta al torbellino. La respuesta puede aniquilar a la vez la pregunta y a quien la hace.
Pero tú te has estado haciendo preguntas de verdad desde que dejaste París, hace diez años. Comprendí lo que me decía, pero sólo inconexamente.
—Tienes pocos prejuicios formados —prosiguió—. En realidad, me asombras porque haces las cosas
tan extraordinariamente simples. Sólo quieres un objetivo. Sólo buscas amor.
—Cierto —dije con un leve encogimiento de hombros—. Bastante vulgar, ¿no?
Marius lanzó otra de sus leves risas:
—No. Nada de eso. Es como si los dieciocho siglos de civilización occidental hubieran producido un
inocente.
—¿Inocente? No te estarás refiriendo a mí, ¿verdad?
—En este siglo se habla mucho del buen salvaje —me explicó—, de la fuerza corruptora de la
civilización y de que debemos encontrar el modo de volver a la inocencia que hemos perdido. Pues bien,
todo eso no es, en realidad, más que una serie de tonterías. Los pueblos auténticamente primitivos
pueden ser monstruosos en sus creencias y expectativas. No les cabe en la cabeza el concepto de
inocencia. Y tampoco a los niños. En cambio, la civilización ha creado, al menos, hombres que se
comportan con tal inocencia. Por primera vez, miran a su alrededor y se dicen: «¿Qué diablos es todo
esto?».
—Tienes razón, pero yo no soy inocente. Impío, tal vez —repliqué—. Procedo de gentes sin Dios, y
me alegro de ello. Pero sé qué son el bien y el mal de una manera muy práctica, y soy Tifón, el asesino
de su hermano, no el matador de Tifón, como debes saber.
Marius asintió enarcando levemente las cejas. Él ya no tenía que sonreír para parecer humano. Ahora,
podía ver en él una expresión de emoción aunque no hubiera una sola arruga en su rostro.
—Pero tampoco buscas ningún sistema de valores para justificarlo —afirmó—. A eso me refiero
cuando hablo de inocencia. Eres culpable de matar mortales porque has sido creado como un ser que se
alimenta de sangre y de muerte, pero no eres culpable de mentir, de crear grandes esquemas de
pensamientos lóbregos y maléficos en tu cabeza.
—Eso es cierto.
—Carecer de dios es, probablemente, el primer paso para la inocencia, para despojarse del
sentimiento de culpa y de subordinación, de la falsa pena por las cosas que, supuestamente, se han
perdido.
—¿De modo que eso entiendes por inocencia: no la ausencia de experiencia, sino la ausencia de
artificios engañosos?
—La ausencia de necesidad de artificios —me corrigió—. El amor y el respeto por lo que tienes
delante de los ojos.
Lancé un suspiro. Me eché hacia atrás en el sillón pensando en lo que acababa de oír, en qué tenía
que ver aquello con Nicolás y con lo que éste decía de la luz, siempre la luz. ¿Se refería a esto?
Marius también parecía meditabundo. Seguía recostado en el sillón como había permanecido desde el
principio de la conversación y tenía la mirada perdida en el cielo nocturno más allá de las puertas
abiertas. Tenía los ojos entrecerrados y la boca un poco tensa.