—Pero lo que me ha atraído de ti no ha sido sólo tu espíritu animoso, tu honestidad, si lo prefieres.
También ha sido el modo en que pasaste a ser uno de nosotros.
—Entonces, también sabes todo eso...
—Sí, todo —asintió, sin darle importancia—. Has sido hecho vampiro al final de una era, en un
momento en que el mundo se enfrenta a unos cambios inimaginables. Lo mismo sucedió en mi caso. Yo
nací y crecí entre los hombres en una época en que el mundo antiguo, como hoy lo llamamos, estaba
llegando a su final. Las viejas creencias estaban agotadas y un nuevo dios estaba a punto de surgir.
—¿Qué época fue ésa? —inquirí, excitado.
—La de César Augusto, cuando Roma acababa de convertirse en imperio y la fe en los dioses había
muerto como expresión de elevados ideales.
Le dejé ver la sorpresa y el placer que inundaban mi rostro. Ni por un instante dudé de sus palabras.
Me llevé una mano a la cabeza como para recobrar la serenidad perdida, pero él continuó hablando:
—La gente corriente de esa época creía en la religión como la gente de hoy. Para ellos era una
costumbre, una superstición, una magia elemental, el uso de unas ceremonias cuyos orígenes se perdían
en la antigüedad, igual que sucede hoy. Pero el mundo de los que creaban ideas, de los que gobernaban
y hacían avanzar el curso de la historia, era un lugar sin fe y desesperadamente sofisticado como el de la
Europa de los tiempos actuales.
—Así me pareció mientras leía a Cicerón, a Ovidio y a Lucrecio —murmuré.
El asintió y se encogió de hombros ligeramente.
—La humanidad ha tardado dieciocho siglos en volver al escepticismo, al nivel de sentido práctico de
esos tiempos. Pero la historia no se repite en absoluto, esto es lo más sorprendente.
—¿A qué te refieres?
—¡Mira a tu alrededor! En Europa están sucediendo cosas absolutamente nuevas. El valor que se
otorga a la vida humana es superior al de cualquier otra época. A la sabiduría y a la filosofía se unen
nuevos descubrimientos en las ciencias, nuevos inventos que modificarán completamente el modo de
vida de los humanos. Pero ésta es otra historia distinta. Es el futuro. A lo que me quiero referir ahora es a
que has nacido en el punto de ruptura del viejo modo de ver las cosas. Igual me sucedió a mí. Has
aparecido de una época sin fe y, sin embargo, no eres cínico. Lo mismo pasó conmigo. Los dos hemos
surgido de una g****a entre la fe y la desesperación, por llamarlo así.
Y Nicolás, pensé, había caído en aquella g****a y había perecido.
—Ésa es la razón de que tus preguntas sean distintas a las de quienes han nacido a la inmortalidad
bajo el Dios cristiano.
Recordé la conversación con Gabrielle en El Cairo. Nuestra última conversación. Yo mismo le había
dicho que ésta era mi fuerza.
—Precisamente —asintió él—. Así pues, tú y yo tenemos eso en común. Nos hicimos adultos sin
esperar gran cosa de los demás. Y el peso de la conciencia, por terrible que fuese, siempre fue algo
privado.
—¿Pero fue bajo el Dios cristiano, en los primeros tiempos de ese Dios cristiano, cuando tú..., cuando
tú «naciste a la inmortalidad», según tu propia expresión?
—No —replicó Marius con un asomo de disgusto—. Nosotros nunca hemos servido al Dios cristiano.
Puedes quitarte desde este momento esa idea de la cabeza.
—Pero, ¿y las fuerzas del bien y del mal representadas en los nombres de Cristo y Satán?
—Repito que nada, o muy poco, tienen que ver con nosotros.
—Pero seguro que el concepto de mal, de alguna forma...
—No. Nosotros somos más viejos que todo eso, Lestat. Los hombres que me crearon eran
adoradores de dioses, es cierto. Y creían en cosas que yo no podía aceptar. Pero su fe se remontaba a
una época muy anterior a los templos de la Roma imperial, un tiempo en que se podía derramar a mares
sangre humana inocente en nombre del bien. Y en que el mal era la sequía, la plaga de langosta y las
malas cosechas. A mí me hicieron lo que soy esos hombres, en nombre del bien.
Aquello era demasiado seductor, demasiado subyugante.
Y, en un coro de vertiginosa poesía, acudieron a mi mente todos los viejos mitos. Osiris era un buen
dios para los egipcios, un dios del trigo. ¿Qué tiene eso que ver con nosotros? Los pensamientos eran un
torbellino en mi mente. En una sucesión de imágenes mudas, recordé la noche en que dejé la casa de mi
padre en la Auvernia, mientras los aldeanos bailaban en torno a la hoguera de Carnaval y elevaban sus
cantos pidiendo que aumentaran las cosechas. Mi madre había tildado de pagana aquella fiesta. Lo
mismo había dicho el colérico párroco al que habían echado del pueblo tiempo atrás.
Y todo ello pareció más que nunca la historia del Jardín Salvaje, de bailarines en el Jardín Salvaje,
donde no prevalecía ninguna ley salvo la del jardín, que era una ley estética. Que el grano crezca muy
alto, que el trigo verdee y luego se vuelva dorado, que luzca el sol. ¡Mirad, fijaos en esa manzana de
forma perfecta que ha hecho el árbol! Los campesinos corriendo entre los árboles del huerto, con los
tizones ardientes de la hoguera de Carnaval, para hacer que las manzanas crecieran.
—Sí, el Jardín Salvaje —murmuró Marius con una chispa de luz en los ojos—. Y tuve que salir de las
ciudades civilizadas del Imperio para encontrarlo. Tuve que acudir a los profundos bosques de las
provincias del norte, donde el jardín crecía aún en toda su exuberancia, a las propias tierras de la Galia
meridional donde tú naciste. Tuve que caer en manos de los bárbaros que nos dieron a ambos nuestra
estatura, nuestros ojos azules y nuestro pelo rubio. Yo los recibí a través de la sangre de mi madre, que
procedía de esas gentes, pues era hija de un caudillo celta, casada con un patricio romano. Y tú los has
recibido a través de la sangre de tus padres, transmitida directamente desde esos tiempos. Y, por una
extraña coincidencia, ambos fuimos escogidos para la inmortalidad (tú por Magnus y yo por mis captores)
por idéntica razón: porque éramos el máximo exponente de nuestra sangre y de nuestra r**a de ojos
azules, porque éramos más altos y bien plantados que otros hombres.
—¡Oh, es preciso que me lo expliques todo! ¡Tienes que contármelo todo! —exclamé.