La campana de la puerta sonó suave, apenas un tintineo sobre el murmullo del café. Simón entró con prisa, con las botas sucias del camino y el corazón más enredado que nunca. El aroma a pan recién horneado y café tostado no alcanzaba a borrar la amargura que traía encima, pero al menos era un respiro. Una tregua. Aunque, en una cafetería de la ciudad, era imposible que lo hiciera. Se sentó en la esquina más lejana del local, donde nadie lo vería pensar… o sentirse tan jodidamente expuesto. Pidió un café cargado, sin azúcar. Lo necesitaba amargo. Como su ánimo. Mientras esperaba, apoyó los codos sobre la mesa y se frotó el rostro con ambas manos. No podía dejar de pensar en lo que le había dicho a Selene: “No puedo darte la vida que tenías aquí." ¡Qué estupidez! Como si ella no se lo h

