Capítulo 30

1103 Palabras

El amanecer no rugía; se deslizaba con calma sobre el rancho, como si también quisiera tomarse su tiempo. El canto de los gallos se mezclaba con los primeros ruidos de la cocina, y el vapor del café se escapaba por la ventana abierta, envolviendo el aire con olor a hogar. Selene salió al porche descalza, con la taza entre las manos y el cabello todavía enredado por el sueño. No traía maquillaje, ni prisas. Solo traía paz. Por primera vez en mucho tiempo, amanecía sin miedo, sin excusas, sin esconderse de nadie. Amanecía donde quería estar: en su lugar. Simón apareció poco después, saliendo del granero con la camisa medio desabrochada, el torso cubierto de aserrín y una sonrisa que aún le sabía a noche. Al verla, alzó la mano y caminó hacia ella. —¿Soñaste algo? —le preguntó, apoyándose

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