Selene despertó antes que el gallo. No había dormido mucho, pero la claridad de la madrugada le alcanzó los huesos con una fuerza inusitada. El aire olía a tierra húmeda y a promesa, pero también a peligro. El pequeño distanciamiento y discusión con Simón todavía le pesaba en el pecho, como si le hubieran incrustado una espina en el alma. No había vuelto al jacal. No quería verlo. No todavía. Aunque parecía que ya se había arreglado todo entre ellos. El rancho estaba silencioso cuando salió a enfrentar el día, pero dentro de ella bullía una energía nueva, casi rabiosa. No iba a dejar que Xavier, Elvira o Caleb la doblaran. Ni con rumores, ni con trampas, ni con ese pasado del que tanto le costaba hablar. Y mucho menos iba a permitir que su amor por Simón se viera manchado por sus juegos

