La ciudad tenía otro ritmo. Lo supo apenas bajó del autobús, con la mochila al hombro y la rabia aún vibrando en el pecho. El humo, los claxonazos, la gente caminando a toda prisa, los edificios grises... todo le pareció ajeno. Simón no era de ese mundo. No era hombre de corbatas, ni de oficinas con café recalentado y burocracia absurda. Pero ese día, se prometió no irse sin respuestas. Sin una salida para proteger a Selene. El recuerdo de la amenaza pintada en la puerta del establo aún lo perseguía como un espectro. Las palabras de Alfred le daban vueltas en la cabeza: “No es justo lo que están haciendo con ella, mijo. No lo es. Y tú lo sabes.” Por eso fue directo a las oficinas públicas, aquellas donde si no traías influencias o dinero, eras invisible. Pasó horas esperando, preguntando

