La madrugada después de la feria llegó con un aire distinto, pesado… como con un olor viciado. Era como si algo se hubiese quebrado en la calma del campo. Una grieta invisible cruzaba el corazón del rancho… y el de Selene también. Como si su alma la llamara a estar alerta, a no bajar la guardia. Se llevó la mano al pecho y apretó con fuerza, tratando de calmar la ansiedad que empezaba a enroscarse en su estómago. Al voltear, notó que Simón ya no estaba en la cama. Soltó un suspiro, intentando convencerse de que podía dormir un poco más, aunque fuera mentira. Y como si el rancho mismo quisiera advertirle que sus miedos no eran invención suya, un caballo empezó a relinchar con desesperación. Después, los perros ladraron con una furia que no dejaba dudas: algo andaba mal. Muy mal. La alar

