El alba apenas despuntaba cuando Selene se envolvió en el chal tejido por su abuela y usado después por su madre y salió por la puerta trasera de la casa, en silencio, como si el piso crujiera distinto después de lo que había sucedido la noche anterior. No había palabras suficientes para nombrarlo, y quizás tampoco las quería. Había sido piel, fuego, susurros contra las cicatrices y una ternura que desarmaba. Pero ahora… ahora era secreto. El aire de la madrugada estaba impregnado de humedad, el cielo teñido aún de un azul profundo que anunciaba el día sin nombrarlo. Caminó hacia el granero con pasos lentos, cuidando que ni los gallos anunciaran su presencia. El corazón le latía con fuerza. Y no por miedo. Él la esperaba. Simón estaba allí, apoyado contra el viejo roble donde solían co

