La tormenta y el caos que tanto temía llegó justo la mañana siguiente que Selene despertó con un silencio que nunca presagiaba nada bueno. Asi que salió al campo con el corazón en vilo. Los brotes de trigo, que un día habían sido verdes y firmes, ahora se inclinaban doblados por plagas invisibles. Algunas hojas mostraban manchas negras como sombras que se extendían con voracidad. Se agachó, pasó la yema de los dedos por una hoja dañada y la hierba crujió bajo sus manos. El sabor a tierra sabía amargo; la ansiedad se le enroscó en la garganta. A lo lejos, en la llanura baja, Simón y algunos trabajadores volteaban la tierra. Al verla acercarse, él les hizo una seña y guardó silencio. Sabía que era ella quien debía tomar la palabra. —Tenemos… una plaga —dijo Selene en voz alta, sin rodeos—

