El viento soplaba con fuerza aquella tarde. Las nubes densas y pesadas comenzaban a cubrir el cielo, como si el campo mismo presintiera que algo estaba por estallar. Selene acababa de salir del granero cuando las primeras gotas de lluvia empezaron a caer, una a una, casi tímidas. Llevaba una camisa remangada, vieja y cómoda, y las botas cubiertas de tierra. Había estado ayudando a asegurar algunos costales de alimento para los caballos antes de que la tormenta anunciada llegara con toda su furia. —¿Ya viste el cielo? —preguntó Tomás, uno de los peones más antiguos—. Si no nos apuramos, se nos viene encima. —Ya casi termino aquí —respondió Selene, limpiándose las manos con un trapo sucio mientras echaba una mirada hacia la llanura oscurecida. Entonces lo vio. Simón venía corriendo desde

