Ya habían pasado varios días desde la tormenta. Nada podría salir mal o eso pensaba Selene esa mañana antes de que tomara el sobre que le entregaba el cartero. Después de abrir el sobre lo único que se escuchó fue el sonido del papel del sobre desgarrado rompiendo la calma matutina como un trueno seco. Selene frunció el ceño mientras sus ojos repasaban una y otra vez las palabras impresas, cada línea pesando más que la anterior. La notificación del banco era clara, brutal en su formalidad: si no liquidaba la deuda pendiente en los próximos treinta días, la granja sería embargada. O, como alternativa, podían aceptar la propuesta del banco: vender. Y no solo salir ilesos, sino con una considerable suma que les permitiría comenzar de nuevo en cualquier parte. Selene dejó caer la hoja sobre

