Selene se detuvo frente a la fachada blanca del banco. Respiró hondo. La última vez que había cruzado esas puertas fue junto a su abuelo, años atrás, cuando él todavía podía caminar con firmeza y su voz imponía respeto. Ahora era ella quien debía cargar con la responsabilidad, aunque se sintiera como una niña disfrazada de adulta. Se ajustó el cabello detrás de la oreja, enderezó los hombros y entró. El gerente del banco, un hombre de rostro pulido y sonrisa calculada, la recibió con cordialidad apenas forzada. —Señorita Miller, la estaba esperando —dijo, haciéndole una señal para que pasara a su oficina. El aire dentro era denso. Papeles, contratos y promesas implícitas flotaban como cuchillos. Selene explicó con calma que deseaba renegociar los términos del préstamo, pero a medida qu

