Capítulo 3.

3769 Palabras
Grace. ― Jóvenes, pueden retirarse. ―Dijo la profesora de historia, dándonos la libertad para poder irnos a casa. Lamentablemente, no era una dirección que yo podía seguir porque los ejercicios seguían ahí, pendientes de hacerme la vida imposible. Cogí mi mochila y me encaminé como un robot en dirección a la biblioteca que parecía desierto más que biblioteca. La fiesta era en unas horas y tenía tiempo para arreglarme así que no me venía mal adelantar un poco de trabajo para luego poder tener tiempo de descansar, aunque fueran un par de horas, de la resaca que se me vendría encima. Abrí la puerta y doblé a la izquierda, dispuesta a instalarme en las mesas de trabajo, pero al levantar la mirada vi que Oliver estaba en la biblioteca, acomodado tras una mesa, mordiéndose el pulgar de forma distraída mientras no podía despegar la mirada del libro que sostenía. Maldita sea.  Entré sin saludarlo porque él tampoco iba a hacerlo. Es un idiota, y aunque no lo parezca es uno muy grande. Créanme cuando se los digo, soy una especialista en la materia y puedo reconocer a uno sin tener que mirarlo dos veces. Saqué los libros correspondientes y comencé a escribir en mi cuaderno todo lo que necesitaba. Fórmulas, condiciones, tips y cualquier cosa que me sirviera. Me paré de mi asiento y fui a la estantería que seguía para poder devolver los libros que ya había terminado de usar y buscar otras cosas que pudieran ayudarme. Miré de reojo a Oliver en cuanto tuve oportunidad y vi que se estaba riendo de mí tras un libro. Estúpido, estúpido, estúpido. Tardé minutos decidirme siendo que al final no pude escoger ninguno. Cuando me di vuelta, Oliver estaba metiendo “Hijo de Satanás” en su mochila, riéndose todavía. Lo ignoré y me encaminé a mi puesto, pero todo lo que había escrito estaba en bolas de papel esparcidos por los lados de mi cuaderno, el cual estaba lleno de cálculos de una caligrafía extraña, pero limpia. Después de revisar las páginas pude comprobar que todos los ejercicios de química hechos de manera ordenada e impecable. Es decir, a simple vista era imposible saber si estaban correctos, pero tampoco tuve muchas dudas, menos cuando me fijé en la esquina de mi cuaderno. “Logré hacer los ejercicios en veinte minutos y tu te demoraste dos días en hacer pura basura. Más atenta, Jones. - O.” Sonreí involuntariamente. Era un idiota, pero estaba agradecida con él porque me había sacado un peso enorme de encima y sin ninguna explicación, sin siquiera habérselo pedido. Guardé el cuaderno en mi mochila y salí del instituto casi corriendo. Por fin era libre. Llegué a casa, me bañé y me vestí para la fiesta. Por último, le di de comer a Bruno y me quedé esperando a que Josh viniera por mí como lo había prometido aquella mañana en la clase de artes. Las horas pasaron y el reloj ya indicaba que eran las diez cuando Bruno maullaba por más comida y supe que había esperado demasiado. Mi paciencia se había agotado. Le di comida de nuevo a Bruno y cogí las llaves del coche. ―Vete al demonio Josh. ― Lo maldije al aire y entré al auto para comenzar a conducir hacia la casa de Savannah. (…) Llegué a la casa, la cual estaba más iluminada de lo normal y con la música siendo casi vomitada a través de las ventanas. En cuanto bajé del auto me encontré con Josh apenas despierto en los sillones de la sala, ebrio como si no hubiera mañana. Oh, maldita sea. ― ¿Por qué tardaste tanto, preciosa? ― Preguntó, con un leve vaivén en su sitio, aprobando mi teoría de lo borracho que estaba. ― Porque se suponía que tenías que ir a buscarme, idiota.  ―Oh, lo siento, bebé. Pero... ¡Llegaste! ― Celebró. Rodé los ojos y no logré escaparme a tiempo antes de que estampara un beso salvaje en mi boca frente a todos sus amigos. Ew. Me alejé y fui a buscar una cerveza, para luego mezclarme entre los adolescentes y comenzar a bailar. ― ¡Fondo, fondo, fondo! ―Acerqué el gran vaso de vidrio a mis labios como pude, con cuidado de no derramar ni un mililitro del litro que tenía dentro. Bebí hasta al fondo sin apartar mi boca del vaso, el aire me faltaba y el alcohol había hecho que mi cabeza diera vueltas, sin saber exactamente donde estaba parada y provocando que todo comenzara a moverse de una manera extraña.  ― ¡Sí! ―Gritaron todos al ver el vaso vacío. Dejé el vaso en la barra y comencé a bailar con un chico que ni siquiera conocía. Sentía la conocida sensación cuando el alcohol llega a la sangre lo cual me hacia sonreír y bailar sexy, esta noche sería algo más que una simple noche, sería la mejor noche de toda mi vida, con mucho alcohol de por medio.   Oliver.   Pensé que iba a poder soportarlo, pero realmente, no puedo pensar en otra cosa más que en lo estúpido que fui al aceptar esta invitación. Doy vueltas por la casa, intentando darle sentido a esto, pero todos están metidos en sus propias realidades, nadie estaba dispuesto a interactuar realmente. Desde hace más de una hora que había perdido contacto con Sam y me encontraba perdido en gente que apenas podía mirarte al rostro de lo borrados que se encontraban. No me quedó otra cosa que darme vueltas y observar. La cocina estaba repleta y desordenada, con mucha suerte logré acercarme lo suficiente a la isla para rescatar un vaso con gaseosa, sin alcohol. El calor humano dentro de la casa era abrasador, el aire se respiraba caliente y era necesario andar con camiseta de manga corta para no sofocarte, por lo mismo, me quedé pegado por bastante tiempo mientras observaba a una masa de personas bailar sin descanso en una habitación. Se movían en conjunto y soltaban alaridos cada vez que alguien salía a bailar al centro. No pude evitar reirme por algunos pasos de baile que algunos hacían cuando les tocaba ir al centro y también mover mi cabeza incoscientemente por la música de fondo. Me distraje por un rato revisando la hora en el teléfono mientras le daba un sorbo al vaso. Los gritos de la masa se intensificaron y llamaron mi atención, para cuando levanté la mirada toda la conmoción del ambiente ya tenía nombre y apellido. Grace Jones estaba en el centro del círculo y era su turno de bailar. Casi como si la mano del destino hubiera puesto su mano en mi hombro, tuve que acercarme al círculo para poder observar todo de más cerca. La chica sabía lo que hacía, bailaba realmente bien incluso para el dudoso estado en el que se encontraba. La gente a su alrededor no podía parar de verla y yo tampoco, sin embargo, su hechizo se rompió cuando la música se detuvo de pronto. Su público comenzó a reclamar sin piedad contra el DJ, quien alegaba un problema técnico. Mientras todos los asistentes se movilizaron rápidamente para resolver el problema, yo no pude despegar la mirada de Grace. La chica se movía vacilante, claramente ebria pero también expectante de volver para la próxima canción, se abanicaba con una mano mientras que con la otra sostenía un vaso, del cual tomó dos sorbos antes de chocar su mirada con la mía. Ambos nos encontrábamos a una distancia más que prudentes, quietos, viéndonos fijamente frente a frente. No pude leer su mirada, pero tampoco quería dejar de verla, ¿Qué diablos pasaba? ¿Qué era todo esto? La multitud seguía reclamando y caminando de un lado a otro. Después de un par de pruebas, el DJ pudo volver a hablar por el parlante. ― Está todo listo, disculpen el inconveniente. Vuelvan a sus posiciones y denlo todo. ― La música se reanudó y el centro se colapsó nuevamente. Grace se tomó el cabello mientras bailaba en su posición, con la vista aún puesta en mí. No hice otra cosa que tomar un sorbo de gaseosa, esperando su próximo movimiento. Con una sonrisa malévola y para mi total sorpresa, la morena comenzó a bailar mientras se acercaba a mí sin ningún tipo de vergüenza asomándose por su rostro. Su cuerpo entero se movía al ritmo de la música electrónica, fluyendo. La gente se le cruzaba y bailaban con ella, quien sonriente jamás se negaba de pasarlo bien. Ya estábamos bastante cerca y yo parecía un faro en medio de un mar de bailarines. Grace dio un par de vueltas y en mi mente pude ver la imagen de cómo perdía el equilibrio y se caía al suelo, segundos después, casi como la imagen de mi mente, ella hizo lo mismo, pero por suerte, pude alcanzar a tomarla y evitar que se cayera. ― ¿Estás bien? ― Pregunté. Ella se reincorporó tras un par de segundos mientras meneaba la cabeza para poder reaccionar. ― Sí, solo...me voy a casa. ― Se dio media vuelta mientras metía las manos en el pequeño bolso que llevaba colgando de la cintura. Nuevamente y tal como un perro faldero cualquiera, la seguí a la distancia, observando como se detenía en la sala para hablar con Josh, quien estaba postrado en un sillón con la cabeza atrás, los ojos cerrados y la camiseta mojada. Entendí de inmediato que se iría sola a casa porque Josh no podía llevarla, ni ella a él, ni siquiera ella podía llevarse a sí misma a su casa. Desde mi posición la vi con unas llaves en las manos y supe que tenía que ir a detenerla. No podía dejarla irse en auto en ese estado, era un s******o. Salí de la casa y vi su cabellera salir por la vereda, caminando a un lado de los autos, probablemente en busca del suyo. Finalmente, lo encontró y se metió, yo pude llegar a tiempo como para tocarle la ventanilla con los dedos. Me miró sorprendida y con un poco de dificultad, logró bajar la ventana. ― ¿Qué ocurre? ― ¿Que qué ocurre? No puedes manejar así. Bájate. ― Ordené. La chica frunció el ceño mientras miraba para distintos lados. ― Es mi auto, no puedes obligarme a bajarme de mi auto. ― No puedes manejar así. ― No te metas. ― No voy a dejarte manejar en este estado. ― La chica no pudo aguantar la risa por la seriedad de mis palabras, sin embargo, yo no me moví ni un centímetro. ― ¿Y qué es lo que harás? ¿Sacarme del auto? ― Preguntó, con los brazos cruzados por encima de su pecho y con una actitud desafiante. Me encogí de hombros. ― Lo haré si es necesario. ― Me gustaría ver eso. ― Suspiré y ella acomodó sus brazos para mantenerlos cruzados. Metí la mano por dentro de la puerta y la abrí, la tomé en brazos con facilidad y giré por delante del vehiculo para bajarla en el suelo al lado de la puerta del copiloto. Mientras ella se quejaba, volví al asiento de piloto y encendí el auto. ― No puedo creer que estés en mi auto. ― Ella no podía aguantar la risa, así que se tapó la boca con las manos. Intenté no reírme de su estado de ebriedad mientras salía del estacionamiento y me abría camino por las calles. ― Ponte el cinturón. ― Ponlo tú. ― Suspiré y me acerqué para hacerlo. Ella se volvió hacia mi dirección y quedamos frente a frente, sus ojos cafés estaban pegados a los míos y una sensación extraña se formó en mi estomago de inmediato. Tuve que buscar una salida fácil. ― Grace, ¿Por qué tomaste tanta cerveza? ― Dije, arrugando la nariz. ― Un duende me la dio para que celebráramos el día de San Patricio, lo juro. ― Dijo con seriedad fingida, apoyada en la ventana mientras mantenía una sonrisa. ― Hoy no es el día de San Patricio. ― Le dije, con una sonrisa. Ella soltó una risita. ― Entonces me mintió. ― Declaró. ― Todos los irlandeses son todos unos mentirosos. ― Yo no soy mentiroso y soy irlandés. ― Expliqué, con el ceño fruncido. ― Un irlandés viviendo en Londres. Extraño. Me encogí de hombros. ―Es más común de lo que piensas. Dime, ¿Qué es eso de que los irlandeses son mentirosos? ― Lo son. ― No, no tienes pruebas. ― A ver, ¿Te caigo bien? ― Sí. ― Contesté. Ella se levantó y me miró con una sonrisa triunfante. ― ¿Ves? Mentiroso. ― No puedo evitar soltar una risa. La Grace ebria es mucho más simpática que la Grace sobria. ― ¿Dónde vives? ― No dijo nada, solo se quedó jugueteando con sus dedos. No respondió a ninguna de las frecuentes preguntas que yo le hacía. ― ¿Por qué me odias? ― Preguntó finalmente, después de un largo silencio. ― No te odio, solo que no eres mi persona preferida en el mundo. ― Contesté. ― Tú tampoco eres mi persona favorita en el mundo, pero hay algo que me gusta de ti. ― Confesó. ― Gracias. ― Fue lo último que dijo. Ella sonrió y asintió con la cabeza. ― ¿Quién es tu persona favorita en el mundo? ― Preguntó. ― Nadie, no tengo persona favorita en el mundo. ―Respondí, y luego pregunté: ― ¿Y la tuya? ¿Quién es tu persona favorita en el mundo? ― Bruno. ― Contestó, firme. Seguro que era su amante o su mejor amigo, algo así. ― ¿Quién es Bruno? ―Mi gato. ― Respondió. No pude evitar que se me escapara una sonrisa. ― Eso no cuenta como una persona. ― Pero es mí ser vivo favorito en este mundo. ― Ella solo cerró los ojos y se quedó dormida, o al menos cerró los ojos como si estuviera dormida. Como Grace no me dijo donde estaba su casa no tuve otra opción que llevarla a la mía, por lo menos tendría un lugar seguro para dormir. Tras una media hora conduciendo, detuve el auto y lo estacioné bajo el edificio. Tomé a Grace en mis brazos y subí con ella en el ascensor. En casa, le saqué los zapatos y la dejé recostada encima de mi cama, tapada con una manta para evitar que se resfriase. Suspiré, sería una larga noche en el sillón. Fui a buscar una cerveza al refrigerados antes de recostarme en el sillón para esperar a Sam. Una película y media después las llaves sonaron y Sam apareció con la cara rojiza producto del alcohol y con unas extrañas marcas en el cuello. ― Uff, veo que te viniste antes. ¿Viste lo que hizo Grace? Hermano, la chica sabe lo que hace. Todos la aman. ― Me puse los dedos en la boca de inmediato, indicándole que se callara. ― ¿Qué? ¿Qué pasa? ― Preguntó, tambaleándose en su sitio. ― ¿Quieres callarte? La chica de la que hablas está durmiendo en mi cuarto y podría escucharte. ― ¿Grace? ¿Está aquí? ― De pronto abrió los ojos como platos. ― ¡Hermano! ¿Qué pasó? Negué con la cabeza de inmediato. ― No es lo que piensas. ― Intenté explicar. Mi amigo me miró de arriba abajo y simplemente no pudo aguantar la risa y me apuntó directamente con su índice. ― ¡Mentiroso! ¿Qué hace aquí si no? ― Shh. ― Le indiqué nuevamente. ― Ella estaba ebria, no sabía donde llevarla y no podía dejar que se fuera conduciendo en ese estado así que la traje. ― La chica se volverá loca. ― ¿Qué? ― Solo a ti se te ocurriría pelearte con su novio y luego traerla a casa sin preguntarle. Quizás que piense mañana. Pese al alcohol que llevaba en la sangre, Sam tenía razón y me hizo sentir como un estúpido por no pensar en eso. ¿Por qué la traje? ¿Por qué me metí en esto si yo no tenía nada que ver? Simplemente pude haberla ignorado y dejar que se marchase, seguramente ella ya había hecho lo mismo un par de veces antes y no le había pasado nada, después de todo, ¿Qué me importaba? Realmente no tengo explicación de porqué accedí a complicarme la vida de forma voluntaria, de la misma manera que no me explico porqué le hice su tarea. Quizás quería humillarla, o de eso me convencí en un principio. A ese punto, pocas cosas estaban claras dentro de mi mente y era difícil pensar así. Suspiré pesadamente mientras pensaba en el lío que me acababa de meter. Ebrio y todo, Sam puso su mano en mi hombro en un solo golpe, dándome su apoyo. ― Mañana le explicaremos todo. No te preocupes. ― Sam se acercó y finalmente terminó abrazandome. ― Te quiero, hermano. Eres buena persona, un poco amargado y aburrido, pero eres genial. Me voy a dormir. Me besó en la frente y se fue tambaleándose hasta su cuarto. Desde la sala pude escuchar como se lanzó sobre la cama y como tiraba las cosas al suelo. Me metí a la habitación para revisar si Grace se encontraba bien y comprobé que se había destapado. Decidí sacar otra manta del closet y ponerle otra encima para que no tuviera frio en caso de que se moviera ya que apenas iba con un top de manga corta que no la abrigaba lo suficiente. Me devolví a la sala rápidamente sin detenerme mucho a mirarla debido al miedo de parecer un psicópata por mirarla demasiado, lo cual era bastante difícil de no hacer teniendo en consideración de que era una chica muy hermosa. Me acomodé en el sillón dispuesto a dormir, pero me quedé mirando al techo por un buen rato mientras pensaba en Grace, en su baile y en sus locuras estando borracha, en lo bonita que era. Dios, que bella era, pero tenía esa belleza que mata, si tan solo fuera menos soberbia, menos orgullosa, menos popular, quizás… solo quizás. ¿En qué demonios pienso? No tengo ni la más mínima idea.   Grace. Mi cabeza estaba a punto de explotar apenas abri los ojos y vi la luz del sol entrando por la ventana. Fruncí el ceño apenas pude ver un poco de la habitación donde me encontraba. ¿Dónde estaba? No era la casa de Savannah ni la de Josh, no era ninguna casa conocida para mí. Me levanté y vi que seguía con ropa, pero sin zapatos y sin la cobertura de las mantas, los brazos se me helaban por culpa de mi top. ¿Qué es esto? ¿De quién es esta habitación? Me levanté como pude y me envolví en una de las mantas para poder salir por la puerta. Afuera de la habitación había una bonita sala de estar con un comedor y una mesa en el mismo ambiente. Por la derecha había un pequeño balcón y a la izquierda se encontraba la cocina. ― ¿Hola? ― Grace caminó un poco y se puso en medio de la sala de estar. Apenas se volteó, se encontró con Oliver tumbado en el sillón, aún durmiendo. Se tapó la boca de impresión casi por instinto, evitando soltar un grito. ¡¿Qué demonios hacia en el departamento de Oliver?! ― Buenos días. ― Saludó Oliver, con una voz grave y ronca. Pegué un salto y el muy desgraciado no pudo evitar reírse mientras recogía sus gafas en la mesa de centro. ― Me asustaste, pensé que dormías. ― Expliqué. ― ¿Qué pasó anoche? Oliver evadió el tema. ― ¿Quieres comer algo? Ven. ―Se levantó y caminó hacia la cocina. Me senté en la mesita que había allí mientras él preparaba el agua para unos cafés. Tras unos minutos de silencio donde aproveché de observar su departamento en profundidad, él se sentó frente a mí y me dio una taza de café. Fruncí el ceño, ¿Desde cuándo era tan amable conmigo? ― Gracias. ―Por nada. ― Bebió un sorbo de café con toda la tranquilidad del mundo antes de empezar a hablar: ― Ayer hubo una fiesta en la casa de Savannah Asher y bueno te emborrachaste, ibas a manejar así y yo no podía permitirlo, así que te iba a llevar a tu casa, pero no sé tu dirección, entonces te traje aquí, dormiste en mi cama y yo en el sillón y eso es todo.   Aún así, necesitaba aclarar algo porque yo no recordaba casi nada.  ―Tú y yo, no… no pasó nada entre nosotros, ¿verdad? Oliver levantó una ceja. ― ¿Qué clase de persona crees que soy? ― Solo quiero estar segura. ― No, no pasó nada. ― Está bien. ― Respondí. ― Gracias. ― Era mi obligación, no tienes que agradecerme. Fruncí el ceño. ― ¿Por qué estas tan amable conmigo? ― Creo que confundes los términos: una cosa es ser caballero y la otra que me caigas bien. Nos quedamos en silencio. ― Lo siento por las molestias de anoche. ―Sonreí antes de beber el último sorbo que me quedaba en la taza. Quería irme rápido de ahí, ya me sentía avergonzada de la cantidad de veces que Oliver me había salvado en un par de horas y como sabía que mi presencia no era la más bienvenida en su casa, decidí irme rápido para no torturarlo más. ― Bueno, gracias por todo. Me levanté y dejé la manta doblada en el sillón. Volví a la habitación para buscar mi bolso y una vez que lo tuve me acerqué a la puerta. Oliver me esperaba con un sweater gris y las que parecían ser las llaves de mi auto. ― Hace frío afuera. Me lo puedes devolver después. ― Estiró las llaves y el sweater hacia mí. Simplemente quedé en shock. Tomé ambas cosas con un ligero toque de duda, sin embargo, me puse el sweater antes de que él abriera la puerta. Quizás me equivoqué, quizás Oliver no era tan idiota como pensaba. ― Gracias. ― Dije, con una sonrisa. Él la aceptó con un asentimiento y sonrió ligeramente. ― No hay de qué. Adiós. ― Una vez que salí, él cerró la puerta y me pasé todo el camino hasta que llegué a mi auto pensando en quién demonios era este nuevo Oliver Murphy y porqué me parecía tan condenadamente interesante. 
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