Capítulo 4.

3039 Palabras
Como todo lo bueno se va, el lunes no tardó en llegar reemplazando el descanso por la rutina. Como todo lunes, me encontraba caminando nuevamente hasta el salón de química, sin embargo, esta vez me sentía gloriosa porque el profesor no podría pasar por encima de mí esta vez; la tarea estaba lista. No pude evitar emocionarme mientras los demás alumnos llegaban y con ellos, el profesor, quien me miró sorprendido cuando vio mi cuaderno en su mesa apenas entró. ― Me sorprende, señorita Jones, aún le quedaba tiempo. Sinceramente, pensé que nunca llegaría a mi escritorio. ― ¿Los revisará o no? ― Para ese punto, ni siquiera me molesté en verificar si los resultados que Oliver había puesto estaban correctos. Mi percepción de él había cambiado en las últimas horas y tenía la suficiente confianza en él como para confiar en sus cálculos, además, siendo completamente sinceros, Oliver era mucho mejor que yo en química, no tendría cómo verificarlo con certeza. ― Gracias. ―Contestó con una sonrisa victoriosa en el rostro. Sin decir una palabra más, comencé a caminar rápidamente en dirección a mi asiento. ― ¡Espera! Aún necesito que hagas algo por mí. Acaban de llegar unos libros nuevos, ¿Puedes ir a buscarlos y traérmelos? ― Para ese punto, las cosas se habían tornado personales. Fruncí el ceño, ¿Acaso los ejercicios no habían sido suficiente suplicio? ¿Por qué yo tenía que traer esos libros? ― No, de ninguna manera, no volveré a ese lugar. ―Dije moviendo las manos de un lado a otro, negando la posibilidad. ― Es helado y el chico ayudante de la bibliotecaria me detesta y yo lo detesto, no gracias. ― No le estoy pidiendo un favor, es una orden. ―Dijo, endureciendo la voz. Mi cara se enrojeció de enojo porque ambos sabíamos que no me quedaba otra que obedecer, era eso o pasar el resto de mi tarde en la sala de castigos o una nueva tanda de ejercicios y realmente, no, gracias, tuve suficiente. ― Okey. ― Simplemente me rendí y salí del salón a paso lento. Si quería esos libros, tendría que esperar. Caminé por los pasillos del instituto lentamente y sin apuros mientras revisaba mi teléfono, una vez que llegué, entré en la biblioteca y allí estaba Mónica, quien amablemente y con una sonrisa en la cara me dio todos los libros que el profesor había dejado a su nombre. Eran siete tomos de química orgánica. ― ¿Eso es todo? ¿No quiere que le suba sus pesas también? ― Exclamé, incrédula. Mónica chasqueó la lengua y negó con la cabeza. ― Si tuviera el carro todo sería más fácil, pero tiene una rueda rota y el instituto aún no la manda a reparar. No tenía ninguna opción. Tomé los siete libros como pude y caminé lentamente hacia la salida. Alcancé a doblar a la izquierda porque apenas podía ver lo que estaba pisando y sin darme cuenta, terminé poniendo el zapato encima de una gaseosa derramada que me hizo resbalarme y caer, al igual que lo hicieron los libros encima de mí. Auch. No pude evitar soltar un gritito de dolor y un par de quejas cuando segundos después mi cuerpo se enfrentaba al verdadero dolor. ― ¿Estás bien? ―Preguntó una voz. Para cuando levanté la mirada, Oliver se encontraba agachado al lado mío, con los libros apilados uno encima del otro a un lado de él. Jamás había tenido la oportunidad de verlo tan de cerca y con tanto detalle, fue realmente agradable ver como sus orbes azules transmitían una verdadera preocupación, o al menos eso es lo que vi en ese momento, al igual que en aquellos recuerdos borrosos de la fiesta donde me acompañó hasta mi auto y no me dejó conducir. Era extraño estar cerca de Oliver, por un rato es un imbécil, por otros ratos es un buen chico. Quizás somos tan diferentes que hay cosas que no entiendo y él no entiende de mí, aún así, no logro comprender este extraño sentimiento que me invade cada vez que estamos juntos, ya sea peleando, charlando o simplemente estando cerca. ― Sí, fue apenas un rasguño. Mónica apareció en la escena y se acercó preocupada a comprobar mi estado. ― ¿Estás bien? Dios Santo, no te preocupes, linda, Oliver subirá esos libros por ti. ― Claro, no hay problema. Mientras Oliver tomaba los libros entre sus brazos con una increíble facilidad, Mónica me ayudó a levantarme y me acompañó hasta la biblioteca, donde me hizo sentarme y revisarme si me encontraba bien. Efectivamente, lo estaba, solamente tenía un par de heridas en las rodillas por el impacto, pero se sanarían sin problema en menos de una semana. Aún así, disfruté de la posibilidad que otro hiciera mi trabajo, especialmente si se trataba de Oliver. ― Espero que Oliver no se tarde mucho. ― Comentó la bibliotecaria. ― Aún tenemos un gran trabajo por hacer, nos queda ordenar toda la sección B y C. ― ¿Ordenar todos esos libros? ― Mónica asintió. ― Nos llegó material nuevo y los únicos realmente interesados en ordenarlos y descubrir maravillas somos Oliver y yo, así que espero que no se demore tanto. Casi como si lo hubieran llamado, el castaño apareció en escena con mi mochila colgando de su hombro y una ligera capa de sudor cubriéndole la frente. ― La clase terminó antes y todos se fueron. Te traje tus cosas. ― El chico dejó la mochila en mis pies y se dirigió hasta Mónica para recibir instrucciones. ― Diablos, me anotarán por haberme quedado fuera. ― Lamenté, levantándome del asiento. Mónica chasqueó la lengua y me agarró del brazo. ― O quizá no, si te hago un justificativo. Mis ojos brillaron de forma automática, no lo podía creer. ― ¿En serio? ― Todo con su respectivo precio. ― Asintió, sonriente. ― Ya que veo que te encuentras bien y puedes moverte, ¿Podrías ayudarme a mí y a Oliver con el orden de la sección B? Uf, era un trato importante. No podían anotarme una vez más sin llamar a mis padres obligatoriamente y a pesar de que estaba acostumbrada a que discutiéramos sobre mi comportamiento en el instituto, no tenía ganas de meterlos en esto, los prefería peleando y bien lejos de mí. Si bien me daba un poco de flojera la tarea que me estaba asignando, cuando levanté la mirada y vi los ojos azules de Oliver Murphy puestos en mí, un repentino golpe de energía me azotó el cuerpo. No perdía nada, al contrario, ganaba un justificativo y la oportunidad de conocer a Oliver un poco más. ― Está bien. ― ¡Genial! ― Festejó. ― Puedes dejar tus cosas detrás de mi escritorio y luego unirte a Oliver con la sección en la que quedó. Él te lo explicará todo. Dejé mis cosas junto a las de Oliver y caminé tranquilamente entre los estantes repletos de libros que llenaban la biblioteca. La sección B era especialmente grande debido a que incluía un gran inventario de las lecturas que se necesitaban para la clase de literatura, por lo que el trabajo que se venía era arduo. Finalmente, Oliver se encontraba abriendo unas cajas, de las cuales sacaba libros y los acomodaba con los títulos al mismo sentido. ― Bueno, jefe. Estoy a su entera disposición. ― Dije, en tono teatral. ― Más te vale, últimamente no hago nada más que hacerte favores. ― Respondió, sin separar la mirada de su labor. Me crucé de brazos y simplemente me encogí de hombros. ― Nadie te lo pidió. ― Unas gracias eran más que suficientes. Me encogí de hombros nuevamente. ― Supongo. Oliver no pudo aguantar la risa mientras negaba con la cabeza y volvía a acomodar más libros en el estante que se encontraba junto a él. ― No puedes evitarlo, ¿verdad? Fruncí el ceño. ― ¿A qué te refieres? ― Ser desagradable, ¿va con el estatus social? ¿Ser popular te hace automáticamente un desgraciado? Iba a contestar con otra pesadez, pero mientras abría la boca para expulsar una respuesta acida, me detuve. Él tenía razón, no tenía sentido mantener una actitud tan mala con él si en los últimos días no había hecho otra cosa que salvarme el trasero, ¿Qué argumentos tenía para tratarlo mal? Usar la popularidad era tan estúpido que me hacía pensar que él tenía razón, ¿En verdad mi círculo y mi forma de relacionarme con las personas habían creado a esta persona tan… conflictiva? Él simplemente notó que había ganado y sonrió. Lo odiaba, pero siempre tenía razón. ― Lo siento. ― Carraspeé. ― ¿En qué te puedo ayudar? ― Necesito que me traigas las cajas que estén armadas, las abras y vayas ordenándolos a un lado para que yo los pueda ubicar.  ― Indicó, dando instrucciones y señalando para todos lados. Asentí y sin decir más me puse a mover cajas de un lado al otro. Al principio, en mi mente inocente se me ocurrió que esto sería fácil, pero en la práctica, las cosas se ponen un poco más pesadas. Media hora más tarde ya me encontraba agotada, escondida en una olvidada silla entre la sección D y E, rezando porque ni Mónica ni mucho menos Oliver me encontrasen mientras holgazaneaba. ― ¿Mónica? ― La voz del profesor de matemáticas me sobresaltó. Segundos después, el hombre notó que me encontraba ahí y se acercó a mí. ― ¿Jones? ― Frunció el ceño. ― ¿Qué haces aquí? ― Estoy ayudando. ― Respondí. Él parpadeó, sorprendido, sin embargo, movió la cabeza para desechar el pensamiento. ― Está bien, que bueno que te encuentro, toma. ― El profesor estiró una hoja de papel en mi dirección y mi corazón se estrujó por un momento. La hoja estaba decorada por una nota puesta con lápiz rojo y simplemente no pude evitar maldecir por lo bajo. Había reprobado otro examen, genial. ― ¿Has visto a Mónica? ― Está en la sección A, profesor Rodríguez. ― Ambos nos sobresaltamos cuando Oliver apareció de la nada, acomodado sin vergüenza contra una repisa. ― Gracias, Murphy. Nos vemos, señorita Jones. ― Se despidió el profesor, dejándome sola con Oliver, quien no paraba de mirarme con esos ojos azules que no hacían otra cosa que juzgarme. Solté un suspiro mientras doblaba mi examen en varias partes para poder guardarlo en mi bolsillo. ― Si vienes a maldecirme porque no estoy trabajando te pido que consideres que he estado moviendo cajas pesadas. ― Advertí, mientras guardaba el examen. El chico simplemente negó con la cabeza. ― Venía a eso, pero ahora, nuevamente, te vengo a ofrecer mi ayuda. ― Dijo, mientras con la cabeza señalaba el examen que acaba de guardar. Levanté una ceja y crucé mis brazos por encima de mi pecho. ― ¿En serio? Él asintió. ― En serio, si realmente te interesa aprender no me molesta enseñarte. ― ¿Y cuál sería la trampa? El ojiazul se encogió de hombros, restándose toda culpabilidad que era más que palpable en el aire. ― No hay, solamente es un favor que podría cobrarte en un futuro. ― ¿Un favor? ¿En qué podría ayudarte yo? ― No lo sé. Antes de conocerme, ¿Hubieras pensado que necesitarías la ayuda de alguien como yo? Sé honesta. ― Nos miramos por un segundo, Oliver torció la cabeza, esperando una respuesta. No tuve otra opción que la verdad. ― Es cierto, tienes razón. ― Chasqueé la lengua. ― ¿Un favor? ― Por escrito. ― Especificó. ― Firmado. Rodé los ojos. ― Idiota. ― Precavido. ― Corrigió. ― Negocios son negocios. ― No tengo papel. ― Me excusé. El chico puso una sonrisa encantadora en la cara y sin despegar sus ojos de mí, sacó una pequeña libretita de su bolsillo trasero y un lápiz que llevaba en el bolsillo de la camisa. Apretó la punta inferior del lápiz, haciéndolo sacar la punta frente a mi cara. No pude evitar detenerme en su sonrisa, la cual me parecía cada vez más atractiva conforma a la miraba más de cerca. ― Está bien. ― Oliver acercó ambos implementos y los tomé en mis manos para ponerme a escribir. “Vale por un favor de Grace Jones. Válido hasta que se concrete el favor. Un solo uso. GJ.” Saqué la hoja y se la entregó. Oliver asintió satisfecho y sacó su billetera para guardar el vale ahí. ― Hiciste lo correcto. ― Solo espero que me ayudes. ― Tranquila, aprobarás. ― Dijo. ― Un placer hacer negocios contigo. Oliver estiró la mano entre la distancia que nos separaba, dispuesto a estrecharla conmigo. La estiré y apenas entraron en contacto, su piel y la mía casi agradecieron estar en contacto la una con la otra. Ante el sentimiento, no se me pudo contener una sonrisa. ― Chicos, terminamos por hoy. Hora de irnos. ― Nos llamó Mónica desde su escritorio, mientras se colocaba la chaqueta y arreglaba sus cosas antes de acompañar al profesor Rodríguez, quien la acompañaba en la salida. ― ¡Ya vamos! ― Gritó Oliver, soltando mi mano. ― Necesito tu número de teléfono. Oliver simplemente comenzó a caminar a la salida y no tuve otra alternativa que seguirlo. Tomó su mochila y salió sin más a esperarme junto a Mónica y el profesor. Salí última y ambos docentes se despidieron de nosotros y tomaron el ascensor para llegar directamente a los estacionamientos mientras que Oliver y yo seguíamos plantados fuera de la biblioteca. ― Ten. ― Me ofreció el lápiz y la libreta nuevamente. ― Te hablaré hoy en la noche para coordinar. ― Está bien. ― Asentí, y tomé la libreta para escribir mi número y mi nombre. Una vez que había terminado, le devolví la libreta y ambos nos quedamos mirándonos fijamente por un silencio. Tomé aire. Después de pensarlo mucho, lo que estaba a punto de hacer era lo correcto. ― Lo siento, Oliver. ― Me disculpé. ― No tengo motivos para ser mala contigo. El ojiazul asintió con la cabeza. ― No te preocupes. ― Y gracias, por querer ayudarme. ― Añadí. ― No hay problema. ― Asintió nuevamente y yo hice lo mismo, nerviosa por alguna extraña razón. ― Nos vemos mañana entonces. ― Sí, nos vemos. ― Respondió. No sabía si despedirme con un beso en la cara o simplemente con un adiós. Qué incómodo. No tuve otra opción que darme media vuelta y caminar rápidamente hacia la salida, intentando ocultar el sonrojo que se había tomado mis mejillas y los tontos pensamientos sobre lo linda que era la sonrisa de Oliver. Llegué a casa casi una hora después y desde la entrada pude ver como los autos de mis padres se encontraban estacionados, algo extraño para la hora. Subí a mi habitación y le di un cariñoso saludo a Bruno, quien me recibió tirándose al suelo para mostrarme su panza. Bajé a la cocina y mis padres estaban sentados con la cara larga. ¿Qué es lo que pasaba? Generalmente, nunca se sentaban juntos, evitaban estar el uno al lado del otro lo que más se pudiera, sin embargo, esta vez ambos se veían realmente más tristes de lo normal. ― ¿Qué pasó? ― Pregunté, aún con el ceño fruncido. ― Hija, siéntate. ― Me senté. Los nervios aumentan, detesto cuando empiezan a rellenar y no van al punto de una vez. ― ¿Qué pasó? Me están asustando. ― Pasa que... Nos vamos a separar. ― Soltaron finalmente. La seriedad de mi expresión se relajó considerablemente. La noticia no tenía nada de malo, al menos para mí. Al fin podría dormir en paz y la verdad, era lo mejor para todos, la situación ya era insostenible. En algunos casos, a veces es mejor que se separen a que los veas todo el día peleándose como el perro y el gato todos los días. Al fin, esta tortura de más de cuatro años había terminado. No más gritos, no más insomnio por peleas o ruidos extraños. Era libre. Libre, al fin. ― Hoy fuimos con el abogado. Ya lo está preparando todo y cree que para un par de meses más todo estará oficializado. ― Genial. ¿Dónde viviré yo? Ambos fruncieron el ceño. ― Bueno, yo tenía pensado irme la próxima semana de la casa. Tengo que juntar mis cosas y encontrar un lugar… Mi padre se veía genuinamente cansado y triste. Torcí el gesto, pero aún así, el alivio que sentía no se podía opacar con ningún otro sentimiento. Esto era lo mejor para todos. ― ¿Te encuentras bien, hija? Puede ser algo fuerte para ti…― Comenzó mama, pero la corté de inmediato mientras negaba con la cabeza. No, no era fuerte, era lo mejor que me había pasado. ― Estoy bien, no me afecta realmente. Creo que es lo mejor para todos, si ya no se quieren, no tiene sentido que sigan juntos, ¿o sí? ― No. ― Acordaron ellos. ― Simplemente estaba destinado a pasar. ― Me encogí de hombros. ― Lo siento. Ambos se miraron, consternados. Papá decidió tomar la palabra: ― Puedes vivir con quien quieras, aquí mantendrás tu habitación y vivirás con tu madre y en cuanto encuentre algo puedes venir a quedarte las veces que quieras. ― Está bien. ― Asentí. ― ¿Eso es todo? Me levanté como si no hubiera pasado nada y subí a mi habitación en silencio, dispuesta a descansar por un par de minutos junto a Bruno antes de conectarme a la vida social a través de mi teléfono. Mientras acariciaba al felino, una notificación llamó mi atención. Un mensaje nuevo. “Hey, soy Oliver, anota mi número.” Una sonrisa fugitiva se asomó por mi rostro, demasiado entusiasta para un simple mensaje de un nerd con el cual, en el último tiempo, no había hecho otra cosa que pelear. “Hola Oliver” Me quedé con la mirada fija mientras el “Escribiendo…” decoraba la pantalla. Sonreí nuevamente como una tonta y preparé a mis pulgares para una larga conversación. 
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