Capítulo 1: Diseccionada
Catalina
No escuché nada antes de que ocurriera.
El destino nunca anuncia el desastre.
Solo llega... te toma, te reclama y te arrebata la vida que creías tuya.
Salí del trabajo más tarde de lo habitual esa noche. La oficina había estado casi vacía desde las siete, solo quedábamos el gerente de proyectos y yo, terminando un informe que debía entregarse antes de la medianoche.
Recuerdo que me despedí con un gesto cansado, sin ganas de hablar, y caminé hacia el estacionamiento subterráneo con el abrigo desabrochado, porque el aire acondicionado había estado encendido todo el día y el calor de la calle me golpeó como una pared en cuanto crucé la puerta de vidrio.
Llevaba los auriculares puestos, pero sin música; solo quería el ruido del cable rozándome el cuello mientras buscaba las llaves en el bolso.
El ascensor tardó más de lo normal en llegar. Cuando las puertas se abrieron, entré sin mirar atrás. El garaje estaba iluminado por esas luces fluorescentes que parpadean de vez en cuando, y el eco de mis pasos se mezclaba con el zumbido lejano de algún ventilador industrial.
Mi auto estaba en la fila del fondo, como siempre. Pensé en encender el motor y poner algo suave en el reproductor para el trayecto a casa, tal vez esa lista de reproducción que había armado el fin de semana pasado con canciones que no me hacían pensar demasiado.
Estaba tan distraída y agotada que no ví las señales...
Un brazo se cerró de golpe alrededor de mi cintura desde atrás, fuerte, implacable y una mano me tapó la boca con tanta presión que el aire se me cortó en la garganta.
Intenté gritar, pero el sonido salió ahogado, ridículo, como el de un animal atrapado. El cuerpo detrás de mí era sólido, más alto que yo. Olía a cuero y a algo metálico que no pude identificar en ese momento.
Forcejeé con todo lo que tenía: codos, rodillas, uñas contra la piel que alcanzaba a tocar, pero fue como luchar contra una estatua de granito.
Sus dedos se hundieron en mi costado con una fuerza bruta que amenazaba con quebrarme las costillas antes de que pudiera pedir ayuda.
Me sentí pequeña, ridículamente frágil, mientras él apretaba más fuerte, robándome el espacio para que mis pulmones se expandieran, hasta que el ardor en mi pecho se volvió un incendio que nubló mi vista.
Entonces vino el trapo. Lo presionó contra mi nariz y mi boca con una precisión que me heló la sangre. Olía a solvente, a pintura, a algo químico que me hizo girar la cabeza por puro instinto.
Luché por no respirar, pero el pánico me traicionó y aspiré una bocanada profunda. El mundo se volvió borroso casi de inmediato. Mis piernas dejaron de responder, mis brazos, poco a poco, cayeron como si fueran de plomo.
Lo último que recuerdo antes de que todo se apagara fue el sonido de su respiración cerca de mi oído, tranquila, controlada, como si aquello fuera solo un trámite más en su día.
Cuando desperté, ya no estaba en el garaje. No tenía idea de dónde estaba. No veía nada: una tela gruesa y áspera me cubría la cabeza, atada alrededor del cuello.
Cada vez que intentaba jadear, el tejido rancio de la capucha se pegaba a mis labios húmedos por el sudor, obligándome a tragar mi propio aire caliente y viciado. Era una oscuridad que no solo me impedía ver, sino que me asfixiaba con el peso de no saber que estaba pasando a mi alrededor.
Sabía que estaba sentada en una silla dura, con las muñecas atadas a los brazos y los tobillos sujetos a las patas. Las cuerdas eran gruesas y cortaban la piel cada vez que intentaba moverme.
No sentí sangre todavía, pero sí el ardor en las muñecas, el roce insistente que sabía terminaría desgarrando la piel si seguía forcejeando.
El lugar estaba en silencio al principio.
Solo se oía mi propia respiración acelerada, el latido desbocado en mis oídos y el goteo lejano de agua que caía sobre algo metálico.
Luego empezaron los sonidos. Pasos lentos, deliberados, que se acercaban desde algún punto a mi derecha. El chirrido de una puerta de metal que se abría con esfuerzo. El tintineo de llaves o herramientas que chocaban entre sí. El crujido de botas sobre un suelo duro. Cada sonido llegaba amplificado por la oscuridad absoluta en la que me habían sumido, y eso lo hacía todo más insoportable.
Intenté hablar. Mi voz salió ronca, temblorosa, aun así las palabras salieron con desafío.
—¿Quién eres? ¿Qué quieres?
La respuesta fue más pasos, ahora más cerca. El aire se condensó cuando se detuvo frente a mí. No me tocó, pero su presencia era tan intensa que casi podía sentir el peso de su mirada aunque no la viera.
Pasaron varios segundos en los que solo se escuchó su respiración, calmada, medida, mientras la mía se volvía cada vez más errática.
—No grites —dijo al fin. Su voz era baja, sin prisa, con un tono que no encajaba con la situación. No tenía emoción alguna ni urgencia—. Nadie va a escucharte aquí.
Tragué saliva. El saco me rozaba los labios y me impedía hablar con claridad.
—¿Por qué estoy aquí? —pregunté, tratando de sonar firme aunque el miedo me recorría como electricidad por cada terminación nerviosa—. Si es dinero, puedo darte lo que tengo en mi cuenta de ahorros, pero déjame ir.
Silencio otra vez. Luego un leve movimiento, como si hubiera movido la cabeza o se hubiera inclinado hacia mí.
—No quiero tu dinero, Catalina.
El mundo se detuvo.
Me ahogué con mi propia respiración. Escuchar mi nombre en su boca fue como si me hubieran clavado algo frío en el pecho. No había forma de que hubiera dicho en voz alta en el garaje. No tuve tiempo.
Eso significaba que él ya sabía quién sería su víctima. Esto no era un secuestro al azar.
—¿Cómo sabes mi nombre? —Mi voz se quebró al final de la frase.
No respondió. Escuché el sonido de algo que se arrastraba por el suelo: una silla, quizás, o una caja. Luego el crujido cuando se sentó frente a mí. Tan cerca que sentí el calor de su cuerpo contrastando con el frío del lugar.
—Te he observado durante meses —dijo con la misma calma de antes—. Sé que te gusta el café n***o sin azúcar y que te quedas trabajando hasta tarde porque no quieres volver a un departamento vacío.
Todo mi cuerpo tembló. Aunque no lo podía ver, escuchaba la sonrisa perversa en su voz, la arrogancia de conocer todo eso.
—Sé cuántas veces suspiras antes de apagar la luz de tu mesilla de noche y el sonido exacto que hace tu llave al girar en la cerradura. No te he observado, Catalina; te he diseccionado. Conozco tus horarios mejor que tú —se detuvo en esa frase, dejando un silencio más incómodo entre los dos—. Sé cuándo mientes.
Cada palabra era un golpe. No gritaba, solo enumeraba hechos con una exactitud que me hacía sentir desnuda, expuesta de una forma que iba más allá de la tela que me cubría la cabeza.
—¿Quién eres? —susurré, aterrorizada—. ¿Qué quieres de mí?
Otra pausa. Sentí que se inclinaba más cerca. Su aliento rozó la tela sobre mi mejilla.
—Soy Jax. Y quería que fueras mía —respondió sin más—. Y ahora lo eres.
Forcé las cuerdas, me retorcí para liberarme, pero solo conseguí que el dolor en las muñecas se intensificara.
El pánico me subió por la garganta como bilis. No podía ver su rostro, no podía ver si sonreía, si estaba furioso, si aquello era un juego enfermo o algo mucho peor.
Solo tenía su voz, su presencia, y la seguridad absoluta de que no tenía escapatoria.
El goteo seguía en algún rincón del taller. El zumbido de un ventilador lejano. El latido de mi corazón que parecía querer salirse del pecho.
Y él, sentado frente a mí, respirando con esa tranquilidad que me atemorizaba más que cualquier grito. Era una calma depredadora, la de quien ya ha ganado la guerra antes de que el otro sepa que ha empezado.
El pánico empezaba a corroer mi resistencia, dejándome a merced de su voluntad, con la terrible sospecha de que, a partir de ahora, mi único mundo sería el espacio que él decidiera otorgarme.