CAPÍTULO 2 Debe medir menos de 1,50 metros.

2448 Palabras
Baccarath, 1998 Miré una vez más a mi alrededor, intentando ver algo en la oscuridad y el humo de los cigarrillos que flotaba sobre las cabezas de la gente, para tratar de divisar a Anastasia. Me reí para mis adentros, porque aunque hubiera estado allí, mezclada con la gente en la pista de baile, seguro que no habría podido identificarla, porque era demasiado bajita. - ¿Esperando a alguien? - se burló Marcos. - ¡No! Sacudió la cabeza, riendo, seguro de que la estaba esperando. - ¡Este lugar es realmente bueno! Me voy a quedar con cinco chicas a la vez. - El amigo de Marcos gritó desaforadamente. Éramos cuatro en la cabaña. La alquilé para celebrar mi 18 cumpleaños. Pero era muy difícil conseguir esa simple mesa con bancos acolchados alrededor, y costaba una cantidad absurda. Así que al final tuve que reservarla un mes antes de mi cumpleaños, porque si no, no habría habido ninguna convivencia. - Sus piernas son demasiado cortas. Dios mío, estoy en el paraíso de las mujeres hermosas. - El paraguayo siguió maravillado. Un grupo de cuatro mujeres se detuvo en la pista. Una de ellas sacó un papel del bolso y lo miró, llamando al paraguayo y diciéndole algo al oído. El chico se echó a reír. Luego le oí explicar, mientras gesticulaba: - No sé nada y no soy el dueño de la mesa. Pero entra y todo irá bien. ¿Cómo que no había ningún problema? ¡Yo era el dueño de la cabaña! Ya éramos cuatro, si subían otros cuatro, seríamos ocho y apenas podríamos movernos. Fui hacia ella y agaché la cabeza para explicarle. Pero antes de que pudiera decir nada, ella gritó, su aliento olía a menta: - Dile a tu amigo uruguayo que no entiendo una puta palabra de lo que dice. ¡Sólo quiero mi caja! ¡Fuera de aquí! - Señaló la pista de baile, ordenándonos que nos fuéramos. Me reí: - Es mi cabaña. La alquilé hace un tiempo. Y sobre mi amigo. Es paraguayo. - ¡Como quieras! - miró al chico que hablaba español - Es mi camarote. Debes de estar equivocada. - Me enseñó el papel con la reserva del camarote número 5 mientras la otra chica ya estaba llamando al guardia de seguridad. Pensé en bajarme para no estar tan bajo para hablar con ella, que no sé si medía más de 1,50 metros. Pero antes de que pudiera darme cuenta, ella ya se había subido, mirándome fijamente... La única razón por la que no estaba de frente era porque su cabeza estaba sobre mi pecho. Quise reírme de su audacia, pero me contuve. Llegó el guardia de seguridad y ella se agachó hacia él, que estaba en el escalón inferior, sobre el asfalto, explicando y gesticulando, quizá mucho más tiempo del necesario. ¡Las mujeres y su manía de hablar, hablar y hablar! Suspiré y me senté, mientras ella seguía intentando convencer al hombre de que mi camarote era suyo. Hasta que el guardia de seguridad llamó a uno de los propietarios de Baccarath. Volví a ponerme en pie cuando vi al dueño del Baccarath subir a la cabina, llamándonos a los dos: - Siento informarle, pero ha habido un error. Alguien reservó la misma caja para usted. Se rió: - Yo reservé hace un mes. Es simple: quien reservó primero tiene más derechos. - Yo también reservé hace más de un mes. - Se lo expliqué. - Es mi cumpleaños. - Reveló, como si tuviera que irme y dejarle el lugar a ella. - También es su cumpleaños. - Marcos lo dejó claro. - ¿Por qué no celebramos tu cumpleaños juntos aquí? - sugirió Pablo. - Entendí la parte de "aquí juntos" que dijo el uruguayo -dijo ella-, y pagué demasiado por la caja como para tener que compartirla. Además, estamos esperando a unos amigos. Aquí no cabemos todos. También esperaba a una persona y mis amigos seguramente estarían con alguien y el palco se llenaría de verdad. En otras palabras, no iba a ceder mi asiento. Pero tampoco iba a discutir con ella, que parecía buscar pelea. Que se las arregle el dueño del Baccarat. Éste, por su parte, miró a su alrededor y tomó una lista en la mano, analizándola detenidamente antes de decir: - Todas las cajas están llenas. El número máximo de personas es diez. Ustedes son ocho. Siento las molestias. Lo que puedo hacer es haceros un descuento del 50% y dejaros a todos aquí. O que uno de los grupos renuncie, en este caso tú que has llegado el último - miró a la chica - Y te dejaré elegir otro día para compensar las molestias. En este caso, gratis. - Hoy es mi cumpleaños. Si renuncio, no tendré vino espumoso ni tarta. - Ella se quejó. No pude evitar reírme. ¿Realmente estaba allí por el vino espumoso y la tarta que sólo podían comer dos personas? - Por Dios, reunámonos todos. Será divertido. Somos cuatro hombres y cuatro mujeres. Seguro que es el destino llamando a nuestra puerta. - Pablo intentó sortear la situación. - Estoy de acuerdo en que nos quedemos todos juntos. Además estamos celebrando el cumpleaños de nuestro amigo Pedro - Marcos me señaló - Podemos acordar que si alguien del grupo se queda con alguien fuera del palco, se vaya y utilice la pista de baile. Si queréis, podéis quedaros aquí cerca, no hay problema. Hay sitio para todos. - O nos quedamos con ellos o tendremos que ir a la pista de baile y utilizar nuestra caja para otro día, Clara. - La morena alta intentó convencer a la rubia bajita que había provocado la confusión. - De acuerdo... Ya que insistes, ¡dejaremos que te quedes! - me dijo, poniendo fin a la confusión a su manera: "¡He ganado!". El propietario se disculpó una vez más y se marchó, satisfecho de que la situación se hubiera resuelto. - El pastel es mío. ¡Y yo abriré el vino espumoso! - Me miró, completamente petulante. Antes de que pudiera responder, Pablo ya estaba sobre ella: - ¡Qué chica eres! No puedo creer que no tengas novio. - Sólo tengo 18 años. ¿Por qué debería tener un prometido? ¿Se casan pronto en Uruguay? - le gritó para que la escuchara, sonriendo cálidamente. Pablo frunció el ceño, confuso. Me reí, dejando que la conversación se desarrollara entre ellos. Medía un poco más de 1,50, pero menos de 1,60. Tenía los ojos azul verdoso, la nariz fina y respingona y una bonita boca. A diferencia de Anastasia, no se depilaba las cejas, por lo que eran más gruesas. Llevaba un vestido verde ajustado. Brillaba cuando se movía. Y caminaba con tacones negros, hechos de un material que parecía tela de ropa. Miré los pies de las otras mujeres e imaginé que todas habían comprado sus sandalias en el mismo sitio, porque si no eran iguales, eran muy parecidas. Tenía el pelo rubio, aparentemente teñido, y liso hasta la mitad de la espalda. Y no, no llevaba sujetador. De repente la miré a la cara y la vi mirándome, divertida, como si me hubiera pillado in fraganti. - ¡Tengo novio! - Me gritó al oído, casi reventándome los tímpanos. - A mí también. - Le contesté. - ¿Eres gay? - No", arqueé una ceja, confusa. - Porque dijo que tenía "novio". - No... Dije que también tengo novia. - Mentí, explicándome. - Entiendo, novio. Lo siento. - Me dio una palmada en el hombro, fuerte, irónica y molesta. En realidad ya no salía con Anastasia, pero como seguíamos yendo y viniendo, siempre pensaba que tarde o temprano volvería a hacerlo. Era como si no pudiera deshacerme de ella. Con tantas chicas, ¿por qué me lié con Anastasia, que no quería nada serio con nadie? Ella sólo quería disfrutar de la vida. Y yo, en cambio, no quería nada. Pero mientras ella no me besara, no paraba. Y después de besarla, no paré, queriendo que se quedara conmigo bajo un compromiso. Empezó a sonar "Smash Mouth", y la chica cantaba y gritaba desaforadamente. "No es ninguna broma me gustaría comprar al mundo un toke Enseña al mundo a cantar en perfecta armonía Y enseña al mundo a apagar los fuegos y los mentirosos Ya sé que es sólo una canción, pero es especia para la receta". Su inglés haría que un profesor se muriera allí mismo, de un infarto. Un traductor se pasaría la vida intentando entender lo que dice, sin poder traducirlo nunca. Me miró y empezó a sacudirme los hombros, como si me conociera de toda la vida: - Vamos, no eres un colgado. ¿Percha? ¿Qué quieres decir con que no era una "percha"? Yo estaba serio, inflexible, mi cuerpo como una roca para que ella no pudiera moverme. - ¡Ah, vamos, Percha! - insistió, tocándome la barriga e intentando hacerme cosquillas. ¡Clara! Así se llamaba la loca a la que oí llamar a su amiga. Pablo vino a salvarme de sus manos y se puso delante de mí, agarrándome por la cintura y siguiendo el ritmo de baile de la loca que sin duda se había escapado del sanatorio. - Nunca besé a un uruguayo. - Le dijo, mientras se tiraba hacia atrás, pegando su cuerpo al del "paraguayo". - Luego se va. Es muy bueno. ¿No iba a corregirla Pablo, aclarándole que no era uruguayo sino paraguayo? Ya se lo había dicho a ella, que fingió no entender. Y yo hablaba en portugués. ¿O ella tampoco entendía portugués? Me senté mientras ella seguía bailando con Pablo y cantando todo mal, lo que me puso nerviosa. Estaba haciendo un curso de inglés avanzado y escuchar una pronunciación así me volvía completamente loca. Pronto terminó la música y consiguió despedir a Pablo, sentándose a mi lado y quitándose las sandalias como si estuviera en casa. No sé qué parte me perdí o qué estaba haciendo, pero cuando vi que Marcos se había quedado con una de sus amigas y nuestro otro amigo con la más alta. Eso me dejaba a mí, a ella, a Pablo y a la morena, que no parecía estar muy contenta allí. - Me muero de dolor en los pies. - Me dijo - No me quedé con tu amiga uruguaya porque como que tengo novio. - ¿Qué es "algo así" como tener novio? - Como si nos juntáramos cada vez que nos vemos. - Levantó los hombros, como si fuera lo más sencillo del mundo. - Así que no son "medio" novios. Son "novios". - No, porque no nos vemos todo el tiempo... Así que también quedamos con otras personas. Bien, ahora estaba demostrado: padecía graves trastornos mentales y psicológicos. - Ah, ¡a mí también me encanta esta canción! - Mencionó cuando empezó a sonar "The Way" de Fastball Entonces empezó a tararear de esa forma extraña y equivocada, mientras se recostaba en el sofá de la cabina, cerrando los ojos. - ¿Sabes lo que estás cantando? - Tuve que preguntar para entender lo que pasaba por su cabeza. - ¿El camino? - Respondió con el nombre de la canción, volviendo la cara hacia mí y abriendo perezosamente los ojos. - La canción que cantaste antes era una apología de la cocaína. - Te lo expliqué. - ¿Cuál? He cantado tantas... No le importaba. - ¿Por qué me has llamado "colgado"? - Tus hombros son demasiado anchos. Parecen una percha. Me toqué los hombros, palpándolos. ¡No, no parecían perchas! - Tráeme una laguna azul. - ordenó, sin mover la cabeza, con cara de cansancio. - ¿Por qué iba a hacerlo? - Porque no puedo soportarlo. - Me mostró el sello en su muñeca, que mostraba que era menor de edad. - Creía que ya tenías 18 años. - Sí, después de medianoche. El cabrón del portero me echó y me dijo que no podía beber hasta después de medianoche. - Así que sólo puedes beber después de medianoche. Así de simple. Teóricamente aún tienes 17. - Tómalo por mí, ¡vamos! Podría ser tu regalo de cumpleaños para mí. Le enseñé el sello que llevaba en la muñeca, igual que el suyo, escrito "menor de 18 años". - Me di cuenta de que era tu cumpleaños, chico. - Se rió, levantando la cabeza. - Así es. Dentro de un mes. - ¡Así que se suponía que la caja era mía! - Ella negó con la cabeza - Voy a soplar las velas de la tarta y me la voy a comer yo sola. - Se echó a reír. - Para mí... Está bien. Es sólo un pastel. - Estoy de broma, Hanger -me dio un golpecito en el hombro-. Te dejaré soplar las velas conmigo. Siento estar siendo un pesado hoy, pero soy más divertido cuando he bebido, te lo juro. Y por no mencionar que estoy un poco molesta porque Jason no va a venir. - Aún no es medianoche. Quizá venga. - Incluso sentí pena por ella. - Si no viene, es su problema. Voy a besar a un uruguayo. - Miró a Pablo, que desaparecía entre la multitud y se dirigía a la pista de baile. ¡Se me salió el corazón! ¡No dejes que Jason venga! Porque él no se perdería nada. Ella yacía allí como un muerto viviente. Y ni siquiera había bebido. - En realidad me gusta estar con Jason. Pero no me gusta "Jason". Dios mío, cada vez era peor. ¿Y no escuchó Pablo la conversación y le trajo a la loca la laguna azul? El alcohol para una persona que ya no estaba al cien por cien de la cabeza fue sin duda un error. - ¡Dios mío, Pablo! ¡Arriba lá revolución! - gritó, atrayendo la atención de algunas personas cercanas. - ¡Arriba lá revolución! - gritó Pablo, riendo, brindando con su botella de cerveza. Los dos bebieron. Ella volvió a sentarse, entre Pablo y yo. - Esto está muy bueno. - Dijo, cerrando los ojos y bebiéndose de un trago todo el contenido del vaso con una pajita. - Creo que es curaçao azul y Sprite. - Pablo preguntó - ¿Cómo te llamas? - Me llamo Clara. - Dijo muy despacio, por si él no la entendía. - Los libros sobre la mesa. - No pude contenerme al mirar a Pablo. - Que te jodan. - Ella me dio el dedo medio. ¿Me mandó a la mierda? Una palabrota, al parecer la loca la conocía bien en cualquier idioma.
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