Sé que en esta ocasión no podremos resistirnos. Nos llevan a un espacio amplio. Hay todavía más hombres, mejor armados que en la madrugada cuando llegamos. Adrián se detiene frente a una mesa examinando armas. Mi estomago se encoje y me dan ganas de vomitar, del lado derecho hay otra mesa con todas las pertenencias que nos quitaron. La pantalla de mi celular se ilumina por un segundo y suelto un sollozo pensando en mi hermano, en qué tal vez nunca más lo voy a volver a ver. Al fondo hay una pared, no hay más que una pared. Los hombres que nos sostienen nos lanzan a ella y forman una valla alrededor de nosotros dejándonos encerrados entre la pared y las mesas, más allá hay una serie de cortinas que filtran la luz del sol por las grietas entre el piso y el metal. Adrián nos observa y da un

