A la mañana siguiente llevé una rutina normal pero con la tensión acumulada en mi cuerpo y un estrés creciente en mi cerebro.
No podía dejar de reproducir la absurda conversación de ayer en mi cabeza.
Salí de mi última clase aferrándome a la mochila mientras pasaba por el camino de siempre hasta la puerta, la cuestión era que el camino de siempre consistía en pasar por la mitad de la cancha deportiva y generalmente no sucedía nada porque ya no había nadie jugando a esa hora... a excepción de este día.
Una pelota pasando cerca de mi cabeza, un jugador distraído que le prestaba más atención al balón que a su entorno, un choque y el cuadro terminó conmigo cayendo de bruces en el suelo y un chico encima de mi. Rápidamente sentí que el peso se movía y a un chico moreno con facciones finas, ojos claros y un lunar en la mejilla me ofrecía su mano. En cualquier otra circunstancia me parecería guapo, pero ahora que finalmente mis demonios decidieron escaparse de mi control me encontré golpeando la mano del chico lejos y parándome por mi misma.
- Imbécil.- Le dije con voz fuerte y clara, él subió las cejas sorprendido y yo me giré ignorándolo.
- Oye, ¿Qué te sucede?.- Liz me colocó la mano en el hombro.
Sacudí la cabeza.
-Ese idiota que no se fija por donde camina.- Le contesté moderando mejor mi voz.
Liz sacudió su cabeza.
- Todo el día estuviste demasiado callada, ¿Estás bien?.-
Suspiré y le ofrecí una sonrisa.
- Claro, solo estoy tensa por los exámenes próximos.- Me excusé.
Liz sonrió convencida de mi mentira.
- Ah, con que era solo tu paranoia de ratón de biblioteca.- Se encogió de hombros.- Relájate. La vida no solo son exámenes y estudio.
Le iba a contestar cuando mi teléfono comenzó a vibrar en mi bolsillo. Así que solo le sonreí y me despedí de ella cuando sus padres la recogieron, esperé que se alejara para contestar el número que tanto odiaba.
- ¿Qué quieres?.- Mi voz sonó tan brusca que unos estudiantes que pasaban a mi lado me miraron extrañados.
- Hola, buenos días, ¿Cómo estás? Podrías comenzar tus conversaciones así, ¿Sabes?.- La voz del hombre que me engendró me regañó por el otro lado de la llamada.
- Hola, buen día, ¿Puedo ser un buen padre para ti? Pudiste haber comenzado con eso desde que nací.- Un silencio y mi victoria.
- ¿Bien, tu madre te mencionó sobre el asunto de tu matrimonio?.- Me sorprendió que fuera tan directo con su absurda conversación.
- ¿Así que a eso se le llama ahora el vender a tu hija?.- Ataqué.
-Así se le llamó desde la antigüedad, solo que ahora los padres son más imbéciles y las regalan en vez de sacarles el provecho debido.- Levanté mis cejas con incredulidad ante sus machistas palabras.
- Bueno, te tengo una respuesta: NO.- Mi voz sonó seria y dura.
- ¿Estas segura?.- Su voz parecía divertida.- ¿Quién crees que esta pagando la carrera de tu hermano? ¿Tu madre?.- Se rió.- Tu sabes muy bien que solo falta una palabra mía para que tu hermano sea expulsado de su universidad. ¿Le harías eso a tu hermano?
Apreté mis dientes.
-Sabía que eres muy inteligente. Bueno, ahora que tengo tu afirmación, todo seguirá su rumbo. Espero que seas una buena esposa.- Después de eso solo escuché el sonido de una llamada colgada.
Me despegué el teléfono de la mejilla, ya sin opciones y ahora derrotada.