¿Cómo un chicle?

1234 Palabras
Dejé la mochila en el sofá lanzándola sin fuerza después de otro agotador día de escuela. Cerré la puerta con fuerza y observé la casa donde vivía con mi madre y mi hermano mayor, era sencilla, acogedora, nada lujoso, sin embargo, no importaba en lo más mínimo, teníamos lo suficiente. La casa se encontraba sola, me encaminé hacia la cocina y abrí el refrigerador, lo inspeccione y lo cerré sin tomar nada, no tenía apetito. Volví a la sala y me lance a uno de los sofás, una vez ahí me quede viendo un buen rato el techo sin motivos suficientes como para motivarme a comenzar la larga lista de tareas pendientes. En sí podría decir que me agradaba la tranquilidad de la soledad y el silencio. Solo yo, un abanico en el techo dando vueltas lentamente y mis ganas de no pensar en nada. Finalmente me levanté, subí las escaleras arrastrando los pies y al entrar a mi cuarto, decidí quitarme el uniforme. Elegí ponerme un pantalón de mezclilla azul oscuro y una blusa negra, solo porque me daba flojera buscar algo mejor, además, pensaba estar aquí todo el día, no pensaba en encontrarme en otra dimensión a través de las sábanas de mi cama. Me quité las largas calcetas de la escuela, busqué otras en mi cajón el cual estaba hecho un desastre, tanto que tomé una de un par diferente y la otra de otro, era una calceta morada y otra naranjada. Me puse los tenis y recogí la bola de ropa que estaba en el suelo (mi uniforme). Bajé las escaleras, atravesé la sala y la cocina y salí al pequeño patio trasero, abrí la tapa de la lavadora, metí la ropa, agarre el detergente líquido, le eche una tapita, literalmente, eche la tapa junto con el detergente líquido, que se lave también, pensé. Me volví a meter a la casa cerrando la puerta que conducía al patio trasero, subí otra vez los escalones, al entrar a mi cuarto me tumbe sobre la cama, agarre la computadora portátil que había escondido debajo de la almohada, la coloque sobre mi estómago y la prendí, una vez iniciada, me metí a Internet, entre a una página donde podría disfrutar de mi lectura y me sumergí en un mundo donde olvidaba mi aburrida realidad, donde no pasaban cosas extraordinarias. Así eran todos los días de mi vida y este no parecía ser diferente. . . Desperté al escuchar la puerta de la casa abrirse. Me incorporé quitando la computadora de mi regazo, me había quedado dormida, bostecé y me puse de pie. Adormilada bajé las escaleras esperando ver a mi madre engañándome por no haber comido y no desayunar en la mañana, en vez de eso me encontré a mi madre entrando a casa temblando y con ojos llorosos, me alarmé, ¿Le había pasado algo a mi hermano?. -Mamá, ¿Qué pasa?.- pregunte acercándome a ella, en cuanto me vio su expresión se volvió más triste aún. La lleve hacia un sofá para que se sentara, no dije nada, me dirigí hacia la cocina y puse agua a hervir, espere en silencio en la cocina a que el agua se calentara. Observe como mi madre se llevaba las manos a la cara y las sostenía ahí mientras que sus hombros se sacudían por sollozos silenciosos, toda la escena incrementaba la tensión en mi cuerpo. Nunca había visto a mi madre llorar así, admito que sí, ella lloro en unas ocasiones, pero, eran muy raras, normalmente no era sentimental y hacía años que no lloraba, tampoco así, tan... como si no pudiera hacer otra cosa más que llorar. Me separó de mis pensamientos ver que el agua ya estaba hirviendo. Apagué la estufa, saqué una taza roja de la alacena y vertí el agua caliente en ella, tomé un sobre de té de hierbabuena que se encontraba sobre la mesa, saqué el sobre del empaque, eché el sobre en el agua, no me moleste en la azúcar, mi madre no toma el té con azúcar, lo prefería solo. Coloqué la taza a sus pies y espere que se calmara, le tomo un tiempo, pero finalmente, quito sus manos de su rostro y me miro, todavía algo llorosa. -¿Qué paso?.- pregunte, intentando sonar calmada, pero estaba alterada. No me contesto. -¿Qué paso?.- insistí, esta vez en mi voz se notó un poco mi nerviosismo. -Tu padre...-apreté mi mandíbula con coraje. -¿Qué paso con él?.- la verdad, si se trataba de el, ya no me importaba, lo que no entendía era porque mi madre estaba tan alterada. -Tu padre...- empezó otra vez. Le di espacio para que me contestara. -Tu padre... te... vendió. -¿Me vendió?.- estaba confusa. Ella asintió, observando como fruncía el ceño. -¿Así como vender un chicle?.- fue lo único que se me ocurrió decir. -No, en realidad como venden a una virgen en sacrificio.- replicó. La mire sin comprender, ¿una virgen en sacrificio?, ¿Era su sentido de humor?. -¿Qué pasó?.-pregunté esperando que me diera una respuesta más clara. -Hable con...- se abstuvo de decir "tu padre" porque mío no era nada. No tenía el derecho de llamarse mi padre, ya que yo no tengo padre, solo un hombre que metió su ADN en mi madre pero no hizo más.-... el señor, me comunicó que había tenido deudas y estaba en banca rota, ahora le piden que pague y el decidió que tu... serías el pago. Mi boca cayó abierta, estaba incrédula ¿Era un pago? -¿A quién me vendió?.- pregunté intentando mantener la calma y no inquietar a mi madre que ya se había vuelto a alterar visiblemente, sus manos no paraban de temblar en su regazo. Me acordé de que se le podría bajar la presión y coloqué mi mano sobre las suyas en señal de que yo estaba con ella. -A un millonario.- contesto, aferrando con sus dos manos temblorosas la mano que había colocado sobre las suyas. Estuve a punto de poner mis ojos en blanco. Por supuesto que a un millonario, como si un pordiosero tendría como para mantener la empresa de mi padre, empresa que siempre sospeché, tenía que ver con el lavado de dinero. -¿Y qué...- me detuve, intentando tragar el nudo en mi garganta, porque la situación me parecía tan absurda que mi mente ya estaba parcialmente esperando que me dijeran que era una broma.-... que tengo que hacer? -No lo sé, yo... no puedo hacer nada... hay un contrato, perdóname, no puedo protegerte. Es un desgraciado.- Tomé sus manos entre las mías y la mire, le sonreí tranquilizadoramente. -Todo estará bien.- ni yo me creía esas palabras, pero deseaba que fueran verdad. La tranquilice y sin poder soportarlo más me puse de pie, subí las escaleras y me dirigí a mi habitación, cerré la puerta con cuidado y me recargue en ella. Cerré los ojos, ¿mi padre me vendió? No podía salir de la sorpresa, no sabía que sentir. Era un remolino de emociones, pero la furia fue la que ganó. Me sentía enojada con él por arruinarnos más la vida, y pensé que yo no tenía por qué pagar sus deudas. No le debía  nada. Satisfecha conmigo misma me tire sobre mi cama teniendo en mi mente el problema resuelto: que el mismo pague en los problemas en los que se metió o que si va a pagar con su hija, que pague con su favorita, con la hija que siempre quiso. Y esa no era yo... O mejor aún. Que se case con él millonario ese. Eso último me sacó una pequeña risa. ¿Cómo colocas un velo en la cabeza de un calvo?
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR