Cuando desperté, me encontré en una choza con una señora y una joven aproximadamente de mi edad. Me sentí intranquila, temiendo que Pablo me hubiera capturado nuevamente. —¿Dónde estoy? ¿Quiénes son ustedes? —pregunté, alarmada. —Tranquila, señora. Yo me llamo María y ella es mi hija Leticia —respondió la señora con voz calmada. —¿Qué hago aquí? —insistí, aún desconcertada. —Te encontramos tirada en medio de la nada y te trajimos a nuestra choza —dijo Leticia. —¿Qué haces tú por aquí? No pareces ser de estos lados, más bien pareces de la ciudad —comentó María. —Exactamente, soy de la ciudad. Por favor, ¿me pueden prestar un celular? Necesito llamar a mi esposo para decirle que estoy bien —pedí, con urgencia. —Lo siento, señorita, pero nosotros no usamos esos aparatos —respondió Leti

