Missi y yo llegamos a una casa abandonada en las afueras de la ciudad. No tenía idea de dónde estaba. Al entrar, mi sorpresa fue mayúscula: Pablo estaba allí. —¿Entonces era verdad lo que decía Missi? ¡Tú eres su cómplice! —exclamé, incrédula. —No, mi amor, no te confundas. Lo hago por amor a ti. Missi fue quien me abrió los ojos para que luchara por ti —respondió Pablo, tratando de justificarse. —¿Y crees que secuestrándome me vas a conquistar? —dije, con desdén. —No lo tomes como un secuestro. Míralo como que vamos a pasar mucho, pero mucho tiempo juntos —replicó Pablo, con una sonrisa siniestra. —Ya está bueno del drama, Pablo. Ahora tú tienes lo que querías, pero yo no —interrumpió Missi, impaciente. —Eres muy inteligente. Algo se te ocurrirá —dijo Pablo, acercándose a Missi y be

