Cuando llegamos a la casa, Missi justamente venía bajando las escaleras. —¿Qué hace esta mujer aquí? —exclamó Missi, con el ceño fruncido. —Missi, tenemos que hablar. Vamos a mi despacho —respondió Peter con firmeza. —No entiendo, esta mujer debe irse. Es la culpable de que nosotros no seamos felices —insistió Missi, elevando la voz. —Missi, basta. Laura es mi esposa y regresará a vivir a la casa, así que necesito que te mudes a otro lugar. Con el sueldo que ganas en la empresa, puedes hacerlo —dijo Peter, decidido. —¡No me puedes pedir eso! ¡No lo acepto! —protestó Missi, indignada. —Tendrás que hacerlo porque está claro que tú y Laura no pueden estar bajo el mismo techo —sentenció Peter. —Está bien, solo les pido unos días para encontrar un lugar —concedió Missi, a regañadientes.

