El sol de la mañana en Buenos Aires no trajo claridad, sino ruido. Tras la entrevista con Valeria Santoro, la mansión estaba sitiada. No había un metro cuadrado de acera libre de cámaras, unidades móviles de televisión y curiosos que gritaban "¡Bravo!" o "¡Vergüenza!" dependiendo de qué revista hubieran leído esa mañana. Estaba en la cocina, intentando beber un té de jengibre para calmar las náuseas matutinas (que cada vez eran más difíciles de ocultar), cuando Bautista entró. Se veía diferente. Había dormido unas horas. Se había duchado. Y aunque la sombra de la amenaza de Ricci seguía en sus ojos, había tomado una decisión. Lo supe por la forma en que tiró el teléfono sobre la encimera, como si fuera un objeto inútil. —Haz las maletas —dijo. No era una orden, era una invitación. —¿Qu

