Dos líneas rosas en la oscuridad

2035 Palabras
La Mansión Gordon se había convertido en un set de filmación bajo la ley marcial. Mientras los jardineros se apresuraban a limpiar los restos de la tormenta y del asedio de la prensa en la entrada, dentro de la casa, un ejército de estilistas, asesores de imagen y abogados de crisis había tomado el control del salón principal. Bautista había llamado a Valeria Santoro, la periodista de espectáculos más respetada y temida del país. La única cuya palabra podía cambiar la marea de la opinión pública. La exclusiva sería en directo, esa misma noche, para el programa central de noticias. Sin edición. Sin filtros. Una jugada de todo o nada. Yo me refugié en el baño del ala oeste, lejos del caos. Cerré la puerta con pestillo y me apoyé contra la madera fría, respirando agitadamente. En mi mano, apretaba una pequeña caja blanca que había logrado que Matilde comprara discretamente en la farmacia bajo la excusa de "analgésicos para la migraña". Me senté en el borde de la bañera de mármol. Mis manos temblaban tanto que casi se me cae la caja. Hice lo que tenía que hacer. Y esperé. Esos tres minutos fueron más largos que la persecución en el puerto. Más largos que la noche en Punta del Este. Miré el reloj de mi móvil. 17:42. 17:43. Pensé en Bautista, abajo, decidiendo qué corbata transmitía mejor "dolor contenido y amor redentor". Pensé en Leo, jugando en su cuarto con un guardia de seguridad en la puerta. Pensé en Ricci, esperando su próximo cargamento de droga. Si estaba embarazada... este bebé no sería de "Ignacio". Ignacio llevaba muerto cuatro días. Si anunciaba un embarazo ahora, todo el mundo haría cuentas. Y aunque dijera que fue concebido en sus últimos días de vida (un milagro médico imposible dado su estado), el nacimiento revelaría la fecha real. Nacería demasiado tarde para ser de Ignacio. Nacería justo a tiempo para ser del "cuñado consolador". El temporizador sonó. Bajé la vista hacia la varita de plástico sobre el lavabo. Dos líneas. Rojas. Fuertes. Indudables. El aire salió de mis pulmones en un sollozo seco. Me llevé las manos a la cara. Embarazada. De nuevo. En medio de una investigación criminal, una crisis de sucesión y una guerra mediática. —Dios mío... —susurré. No era solo un bebé. Era una bomba de relojería biológica. Si Eliana o la prensa se enteraban de esto en los próximos meses, la narrativa de "amor platónico nacido del duelo" se caería a pedazos. Confirmaría que nos acostamos mucho antes, o inmediatamente después de la muerte. Confirmaría la falta de respeto, la lujuria, el pecado. Alguien golpeó la puerta. —¿Brenda? —Era Bautista. Su voz sonaba tensa—. Santoro llega en veinte minutos. Tienes que bajar a maquillaje. Escondí la prueba de embarazo en el fondo del cubo de basura, envolviéndola en papel higiénico hasta que fue invisible. Me lavé la cara con agua helada, frotándome las mejillas para recuperar el color. Abrí la puerta. Bautista estaba allí, impecable. Había cambiado el traje gris de la mañana por un suéter de cachemira azul marino y pantalones oscuros. Un look "casual", accesible, humano. Quería parecer un padre, no un magnate. Me miró, analizando mi rostro con esa precisión de halcón que tenía. —Estás pálida —dijo, entrando y cerrando la puerta tras de sí. Me tomó la barbilla—. ¿Has vuelto a vomitar? —Son los nervios —mentí. La primera de muchas mentiras nuevas—. Tengo miedo, Bautista. Valeria Santoro es un tiburón. Si huele sangre... —No olerá sangre. Olerá amor. —Bautista me rodeó la cintura con los brazos, atrayéndome hacia él. Su olor a sándalo y limpieza me calmó un poco—. Recuerda el guion. Estamos dolidos, pero encontramos luz el uno en el otro. No fue planeado. Sucedió. Somos víctimas del destino, no conspiradores. —¿Y si pregunta por la noche de la tormenta? ¿Por los registros? —Los negaremos. Diremos que son fabricaciones de una ex-empleada despechada que intenta extorsionar a la familia. Sin los papeles originales (que trituramos), es su palabra contra la nuestra. Me besó la frente. —Vamos. Te esperan para peinarte. Quiero que lleves el pelo suelto. Suave. Nada de moños de ejecutiva agresiva. Hoy eres la madre y la mujer enamorada. —Bautista... —lo detuve antes de que saliera. —¿Qué? Quise decírselo. Estoy embarazada. Vamos a tener otro hijo. Pero miré sus ojos cansados, la tensión en su mandíbula. Si le decía esto ahora, justo antes de salir en directo ante cinco millones de espectadores, podría romperse. Podría entrar en pánico. O podría ocurrírsele una locura aún mayor para protegernos. —Nada —dije, tragándome el secreto—. Solo... no me sueltes la mano durante la entrevista. —Nunca. El salón principal se había transformado. Habían retirado los muebles pesados y colocado dos sofás de lino claro frente a la chimenea encendida. La iluminación era cálida, dorada, diseñada para suavizar las facciones y crear intimidad. Valeria Santoro estaba sentada en uno de los sillones mientras los técnicos ajustaban los micrófonos. Era una mujer de unos cincuenta años, elegante, con una mirada inteligente que no se perdía nada. Al vernos entrar tomados de la mano, se levantó. —Bautista. Brenda. Gracias por recibirme en un momento tan... delicado. —Gracias a ti por venir, Valeria —dijo Bautista, estrechándole la mano con firmeza—. Queremos acabar con las especulaciones. Por el bien de Leo. —Por supuesto. —Valeria me miró. Sus ojos se detuvieron en mi vientre un segundo (¿instinto femenino o paranoia mía?) y luego subieron a mis ojos—. Te ves cansada, querida. —Ha sido una semana difícil —dije, sentándome junto a Bautista. —Bien. —Valeria se sentó y cruzó las piernas—. Vamos en vivo en 3, 2, 1... La luz roja de la cámara se encendió. Valeria miró a la lente con su voz profesional. —Buenas noches. Estamos en exclusiva desde la Mansión Gordon. Una casa que ha sido testigo de tragedias, éxitos y, ahora, de un escándalo que sacude al país. Hoy, los protagonistas rompen el silencio. Se giró hacia nosotros. —Bautista, Brenda... la pregunta que todo el mundo se hace. Se habla de incesto, de traición, de fraude. Se dice que Leo, el heredero, es en realidad tu hijo, Bautista. ¿Qué tenéis que decir? Bautista no parpadeó. Me apretó la mano sobre su rodilla, visible para la cámara. —Decimos que basta. Basta de ensuciar la memoria de mi hermano y la inocencia de un niño de tres años. Leo es hijo de Ignacio. Fue su deseo, su legado y su orgullo final. Cuestionar eso es cuestionar la voluntad de un hombre muerto. —Pero el parecido físico es innegable —insistió Valeria, mostrando la foto en una tablet—. La genética... —La genética es compleja —intervine yo, con la voz suave pero firme—. Los Gordon tienen genes fuertes. Bautista e Ignacio se parecían mucho de jóvenes. Es natural que Leo se parezca a su tío. Buscar conspiraciones en los rasgos de un niño es cruel, Valeria. Valeria asintió, concediendo el punto, pero atacó de nuevo. —Hablemos de vosotros. Las fotos saliendo del funeral. El viaje a Uruguay. Las miradas. —Se inclinó hacia adelante—. La gente dice que no parecéis cuñados. Parecéis amantes. Se hizo un silencio dramático. Bautista me miró. Yo lo miré a él. Dejamos que la cámara captara esa conexión eléctrica, esa devoción que no se podía fingir. Bautista se volvió hacia Valeria. —No vamos a mentir. Mi corazón se detuvo. —La muerte de Ignacio nos rompió a los dos —continuó Bautista—. Brenda cuidó de él hasta el final. Yo estuve a su lado gestionando la empresa. Compartimos un dolor que nadie más entiende. Y en ese dolor... en esas noches largas en el hospital y en esta casa vacía... nos encontramos. —¿Estás diciendo que estáis juntos? —preguntó Valeria, con los ojos brillando por la primicia. —Estoy diciendo que me enamoré de la fortaleza de Brenda —dijo Bautista, mirándome con una intensidad que hizo que me sonrojara de verdad—. Y ella encontró apoyo en mí. No lo planeamos. No lo buscamos. Sucedió. Y no me avergüenzo de amar a la mujer que hizo feliz a mi hermano, y de querer cuidar al hijo que él nos dejó como si fuera mío. Era el discurso perfecto. Manipulador, emotivo, brillante. Valeria sonrió. Se había tragado el anzuelo, o al menos, sabía que esa historia vendía más revistas que la del adulterio sórdido. —Es una historia... conmovedora. Un amor nacido de las cenizas. —Exacto —dije yo, con lágrimas en los ojos (que no eran falsas, eran de puro estrés)—. Solo queremos criar a Leo en paz. Queremos reconstruir esta familia. La entrevista continuó durante veinte minutos más. Hablamos de la Fundación (anunciando una "reestructuración por transparencia" para tapar el robo de Eliana), hablamos de los nuevos proyectos de diseño. Al final, Valeria hizo una última pregunta. —Bautista, hay rumores sobre un incidente en el puerto. Se habla de contrabando. De violencia. Bautista se puso serio. —Fue un accidente industrial lamentable. Un fallo de maquinaria. Estamos investigando y apoyando a nuestro empleado herido. Cualquier insinuación de actividad ilegal es calumnia y será tratada en los tribunales. Gordon Enterprises es una empresa limpia. —Gracias a ambos. —Corten —gritó el técnico. Las luces se apagaron. Valeria se levantó y nos dio la mano. —Habéis estado fantásticos. Tenéis a la audiencia en el bolsillo. Twitter está ardiendo con el hashtag #AmorGordon. La gente adora los romances prohibidos que se vuelven legítimos. Cuando se fueron, y la casa quedó en silencio otra vez, Bautista se dejó caer en el sofá y se aflojó el cuello del suéter. Estaba empapado en sudor frío. —Lo hemos hecho —dijo, cerrando los ojos—. Hemos vendido la mentira. Yo me quedé de pie, sintiendo el peso de la prueba de embarazo imaginaria en mi bolsillo. —Hemos ganado tiempo, Bautista. Pero la mentira tiene patas cortas. En ese momento, mi teléfono vibró. Un mensaje de w******p. Número desconocido. Lo abrí. Era un video. Le di al play. La imagen era oscura, granulada, pero clara. Se veía el puerto. Se veía la grúa. Se veía a Bautista forcejeando con El Turco. Y se oía su voz, nítida a pesar del viento: "¡Sacadlo de aquí! ¡Ya!" Y luego, un mensaje de texto debajo: "Bonita entrevista. Qué románticos sois. Pero el inspector Varela también tiene w******p. Y creo que le va a encantar este ángulo de cámara que mis chicos grabaron. El próximo envío es en dos semanas. Quiero el doble de capacidad. O Varela recibe el video. - A.R." Se me cayó el teléfono de las manos. Ricci no se había tragado la entrevista. Ricci estaba viendo la tele y riéndose de nosotros. Bautista abrió los ojos al oír el golpe del teléfono. —¿Qué pasa? —Ricci —susurré—. Quiere más. Y tiene el video. Bautista recogió el teléfono. Vio el mensaje. Su rostro se endureció, convirtiéndose en piedra. Se levantó y caminó hacia la ventana, mirando la oscuridad del jardín. —Dos semanas —dijo—. Tenemos dos semanas para encontrar su punto débil y matarlo. —¿Y si no podemos? Bautista se giró. Me miró al vientre, como si supiera, como si intuyera el secreto que yo guardaba. —Entonces tendremos que huir. De verdad esta vez. Los tres. —¿A dónde? —A donde no haya extradición. Se acercó a mí y me abrazó. Sentí su corazón contra el mío. Dos corazones culpables, dos corazones asustados, y un tercero, minúsculo, latiendo en secreto entre nosotros. La entrevista había sido un éxito. Pero la realidad era una soga que se apretaba cada vez más. —Vamos a dormir —dijo él—. Mañana... mañana empezamos a cavar la tumba de Alejandro Ricci.
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