El vómito de la mañana anterior no fue un hecho aislado. Al día siguiente, el miércoles, me desperté con la misma sensación de mareo, como si el suelo de la Mansión Gordon se hubiera convertido en la cubierta de un barco en plena tormenta. Me quedé tumbada en la cama unos minutos, con la mano sobre el vientre plano, haciendo cálculos mentales frenéticos. Mi ciclo siempre había sido un reloj suizo, incluso en los peores momentos de estrés en Madrid. Llevaba tres días de retraso. Tres días. Podía ser el estrés de la muerte de Ignacio. Podía ser el cambio de dieta. Podía ser el miedo a la cárcel. O podía ser que la vida, con su infinito sentido de la ironía, hubiera decidido plantar otra semilla en medio del campo de batalla. —¿Brenda? La voz de Bautista me sacó de mis pensamient

