El vómito de la mañana anterior no fue un hecho aislado.
Al día siguiente, el miércoles, me desperté con la misma sensación de mareo, como si el suelo de la Mansión Gordon se hubiera convertido en la cubierta de un barco en plena tormenta.
Me quedé tumbada en la cama unos minutos, con la mano sobre el vientre plano, haciendo cálculos mentales frenéticos.
Mi ciclo siempre había sido un reloj suizo, incluso en los peores momentos de estrés en Madrid. Llevaba tres días de retraso. Tres días.
Podía ser el estrés de la muerte de Ignacio.
Podía ser el cambio de dieta.
Podía ser el miedo a la cárcel.
O podía ser que la vida, con su infinito sentido de la ironía, hubiera decidido plantar otra semilla en medio del campo de batalla.
—¿Brenda?
La voz de Bautista me sacó de mis pensamientos.
Estaba saliendo del baño, ya vestido con un traje gris plomo, ajustándose el reloj en la muñeca. Su rostro estaba pálido, tenso. Las ojeras bajo sus ojos eran profundas.
No habíamos dormido bien.
Nadie duerme bien cuando sabe que tiene un video incriminatorio en manos de un mafioso.
—Estoy despierta —dije, sentándome despacio para no provocar a mi estómago—. ¿Te vas ya?
—Me han llamado de la comisaría 4ª. —Bautista se acercó a la cama, pero no me besó. Parecía tener miedo de contaminarme con su sola presencia—. Han trasladado a Russo.
—¿A dónde?
—Al hospital penitenciario del Hospital Argerich.
Sentí un escalofrío. —¿Por qué? ¿Le ha pasado algo?
—El comisario dice que tuvo una "riña" con otros reclusos en la celda de detención preventiva anoche. —Bautista apretó los labios hasta que desaparecieron—. Una riña, Brenda. Russo tiene setenta años. Es un hombre pacífico. No se pelea.
—Ricci —susurré.
—Es un mensaje. —Bautista golpeó el poste de la cama con el puño—. Me está diciendo que puede tocar a cualquiera, en cualquier lugar. Incluso bajo custodia policial.
—Voy contigo.
—No. Quédate aquí. Tienes la reunión con los proveedores de telas a las diez. Tienes que mantener la fachada de normalidad.
—Al diablo la fachada. —Me levanté de un salto, ignorando el mareo que me nubló la vista por un segundo—. Ese hombre está en el hospital por nuestra culpa. Por mi firma y por tu orden. No voy a quedarme aquí eligiendo cortinas de lino mientras él sangra. Voy contigo.
Bautista me miró. Vio la determinación en mis ojos, esa misma terquedad que nos había metido en este lío y que quizás era lo único que nos sacaría. Asintió bruscamente. —Tienes cinco minutos. Ponte algo discreto. Gafas grandes. Entraremos por urgencias.
El Hospital Argerich era un laberinto de pasillos saturados, olor a desinfectante barato y dolor humano. No tenía nada que ver con la clínica privada de lujo donde murió Ignacio. Esto era la trinchera de la sanidad pública.
Caminamos rápido, escoltados por Gómez (que insistió en venir armado) y seguidos por las miradas curiosas de enfermeras y pacientes que reconocían vagamente al "millonario de las noticias". Llegamos al pabellón de detenidos. Un guardia de policía custodiaba la puerta de la habitación.
—Soy Bautista Gordon. Vengo a ver a mi empleado, Antonio Russo.
El guardia, un joven aburrido que masticaba chicle, miró la autorización que Bautista traía impresa de su abogado. —Cinco minutos. Y sin pasarle nada. Ni comida ni teléfonos.
Entramos. La visión me rompió el alma. Russo estaba acostado en una cama de metal, con una pierna esposada a la barandilla. Tenía la cara hecha un mapa de hematomas morados y amarillos. El ojo izquierdo estaba cerrado por la hinchazón, y tenía el labio partido con puntos de sutura frescos. Su brazo derecho estaba enyesado.
Al vernos, intentó incorporarse, pero soltó un gemido de dolor y volvió a caer. —Señor Bautista... —graznó. Le faltaba un diente.
Bautista se precipitó hacia la cama. Cayó de rodillas al lado del viejo capataz, agarrando su mano sana con una delicadeza que contrastaba con su furia contenida. —Dios mío, Russo... perdóname. Perdóname, por favor.
—No fue nada, señor... —Russo intentó sonreír, pero hizo una mueca—. Unos muchachos... querían mis zapatos. Eso dijeron.
—No querían tus zapatos —dijo Bautista, con lágrimas de rabia en los ojos—. Te enviaron para darme un mensaje a mí.
Russo apretó débilmente la mano de su jefe. —Me dijeron... —susurró el viejo, mirando hacia la puerta para asegurarse de que el guardia no oía—... me dijeron que la próxima vez, el accidente de la grúa será sobre la cabeza de su hijo.
Me tapé la boca para ahogar un grito. Ricci no solo había mandado golpear al viejo. Había amenazado a Leo a través de él.
Bautista se puso rígido. Su rostro se transformó. La culpa se evaporó, dejando paso a un odio frío, absoluto, homicida. —Te voy a sacar de aquí, Russo. Hoy mismo. He pagado la fianza, aunque Varela intentó bloquearla. Te llevaremos a una clínica privada. Tendrás seguridad 24 horas. Tú y tu familia.
—El inspector Varela... —Russo tosió—. Vino a verme antes de la paliza. Quería que declarara que usted me ordenó mover la grúa. Me ofreció inmunidad.
—¿Y qué le dijiste?
—Le dije que se fuera al diablo. Que fue un fallo de los frenos hidráulicos. —Russo miró a Bautista con ojos llorosos—. No soy un soplón, señor Bautista. Su padre me dio trabajo cuando nadie me quería. Yo no traiciono a un Gordon.
Bautista apoyó la frente en el colchón, vencido por la lealtad inmerecida de ese hombre. —No me merezco esto, Russo. No soy mi padre.
—Usted es un buen hombre atrapado en un mal momento —dijo el viejo—. Solo... cuide al niño. Esos tipos no juegan.
Salimos de la habitación cinco minutos después. Bautista caminaba como un autómata. Al llegar al pasillo, golpeó la pared de hormigón con el puño. Una vez. Dos veces. Hasta que sus nudillos sangraron.
—Voy a matarlo —dijo entre dientes—. Voy a matar a Alejandro Ricci con mis propias manos.
—No —le dije, agarrándolo del brazo, inmovilizándolo—. Si lo matas, vas a la cárcel y Leo se queda solo. Si lo matas, te conviertes en lo que él quiere. Tenemos que ser más listos, Bautista. Tenemos que desmantelarlo pieza a pieza.
—Han roto a un anciano para asustarme, Brenda. ¿Qué crees que le harán a Leo?
—Por eso tenemos que blindar la casa. Y tenemos que blindarnos nosotros.
En ese momento, mi teléfono empezó a vibrar. Y el de Bautista también. No eran llamadas. Eran notificaciones. Cientos de ellas. Twitter. i********:. Alertas de Google News.
Saqué el móvil con el corazón latiendo desbocado. Un titular llenaba la pantalla. No era sobre el puerto. No era sobre la droga. Era algo mucho más personal.
"EXCLUSIVA: LA CIENCIA DE LA DUDA. GENETISTAS ANALIZAN EL PARECIDO ENTRE EL HEREDERO GORDON Y SU TÍO."
Abrí la noticia. Era del portal de chismes más leído del país, alimentado, sin duda, por Eliana. Había una composición fotográfica. A la izquierda, una foto de Leo en el funeral, tomada con teleobjetivo. A la derecha, una foto de Bautista a la misma edad, sacada de los archivos familiares. Y en el centro, una foto de Ignacio.
El artículo era devastador. "Expertos en morfología facial señalan una coincidencia del 98% en la estructura craneal, arco de cejas y forma del lóbulo de la oreja entre el pequeño Leonardo y el actual CEO, Bautista Gordon. En contraste, las similitudes con el fallecido Ignacio son prácticamente nulas. ¿Estamos ante el mayor fraude sucesorio de la historia argentina? Fuentes cercanas a la familia (La ex-prometida Eliana Sorel) aseguran que existen registros de seguridad que ubican a la viuda y al cuñado juntos la noche de la concepción..."
Sentí que el suelo se abría. Ya no era un rumor de pasillo. Era un titular nacional.
—Han soltado los perros —dijo Bautista, leyendo la misma noticia en su teléfono—. Ricci ataca por el puerto. Eliana ataca por la prensa. Es un ataque coordinado.
—La gente va a pedir una prueba de ADN —susurré—. Los accionistas la pedirán. El juez la pedirá.
—No pueden obligarnos —dijo Bautista, guardando el móvil—. El reconocimiento legal de Ignacio está firmado. Es cosa juzgada.
—La opinión pública no entiende de "cosa juzgada", Bautista. Nos van a linchar. Van a decir que somos unos monstruos incestuosos que engañaron a un moribundo.
En ese momento, al salir por las puertas de urgencias hacia el parking, nos dimos cuenta de que la realidad era peor que la pantalla del móvil. No pudimos llegar al coche. Una marea de periodistas, fotógrafos y curiosos bloqueaba la salida. Alguien había filtrado que estábamos en el hospital.
—¡Asesinos! —gritó alguien desde la multitud. —¡Incestuosos! —¡Devuelvan la empresa!
Los flashes estallaron en nuestras caras como granadas de luz. Los micrófonos nos golpeaban como lanzas. —¡Señor Gordon! ¿Es cierto que el niño es suyo? —¡Señora Brenda! ¿Se acostó con su cuñado mientras su marido tenía quimioterapia? —¡¿Qué le pasó al empleado Russo?! ¿Lo mandaron callar?
Gómez y los otros dos guardias intentaron abrirnos paso a empujones, pero eran demasiados. Sentí una mano agarrarme del pelo. Alguien me tiró hacia atrás. Grité.
Bautista se giró, rugiendo. —¡No la toquéis!
Empujó a un fotógrafo, tirándolo al suelo con su cámara. El caos estalló. Gritos. Insultos. —¡Violento! ¡Mírenlo! ¡Es un animal!
Gómez logró meternos en el coche blindado a duras penas, cerrando las puertas justo cuando un huevo crudo se estrellaba contra la ventanilla, estallando en una mancha amarilla viscosa que se deslizó por el cristal tintado justo a la altura de mi cara.
El coche arrancó, atropellando casi a un cámara, y salió a toda velocidad.
Dentro, el silencio era sepulcral. Yo estaba temblando, tocándome la raíz del pelo donde me habían tirado. Bautista respiraba como un toro herido, mirando la mancha de huevo en el cristal.
—Se acabó —dijo Bautista, con una calma aterradora—. Se acabó jugar a la defensiva.
—¿Qué vamos a hacer? —pregunté, sintiendo que las lágrimas finalmente salían.
—Vamos a darles lo que quieren. —Bautista se giró hacia mí—.
Quieren un espectáculo. Quieren la verdad. Pues les daremos una verdad tan grande y tan brillante que los dejará ciegos.
—¿Vas a confesar?
—No. Voy a hacer algo más arriesgado. Voy a oficializar lo nuestro.
Me quedé helada. —¿Qué?
—Si somos amantes a escondidas, somos culpables. Somos sucios. —Bautista me tomó la mano—. Pero si somos una "historia de amor trágica y redentora"... si somos dos almas que se encontraron en el dolor y se unieron para salvar el legado... entonces somos románticos. La gente perdona al amor, Brenda. No perdona la mentira, pero perdona la pasión.
—Bautista... hace tres días que enterramos a tu hermano. Si decimos que estamos juntos ahora...
—Diremos que el dolor nos unió. Que encontramos consuelo el uno en el otro. —Sus ojos brillaron con la estrategia—.
Vamos a dar una entrevista exclusiva. En la mansión. Con Leo jugando a nuestro alrededor. Vamos a vender la imagen de la "Familia Reconstruida". Y vamos a anunciar que estamos juntos.
—¿Y la paternidad?
—Negaremos la paternidad biológica hasta la muerte.
Diremos que Leo es de Ignacio, pero que yo lo amo como si fuera mío porque amo a su madre. —Me apretó la mano—.
Es la única forma de protegerlo. Si yo asumo el rol de "padrastro enamorado", el parecido físico se convierte en una anécdota poética: "El niño se parece al tío porque el tío es la figura paterna".
Era una locura. Era manipular la narrativa a un nivel maquiavélico. Pero también era nuestra única salida.
—¿Estás dispuesto a hacer eso? —pregunté—. ¿A fingir que empezamos ayer, cuando llevamos amándonos tres años?
—Estoy dispuesto a quemar el mundo, ¿recuerdas? —Se inclinó y me besó, ignorando a Gómez que conducía—.
Vamos a ser la portada de todas las revistas, Brenda.
Y vamos a sonreír mientras lo hacemos.
Me recosté en el asiento, sintiendo la náusea volver.
Embarazada. Acorralada por la mafia.
Odiada por el público.
Y a punto de protagonizar la farsa romántica más grande del siglo.
—Bien —dije, tocándome el vientre—.
Hagámoslo.