El trayecto de regreso desde el puerto fue una huida silenciosa a través de una ciudad que parecía gris y hostil bajo la lluvia. Bautista conducía mirando obsesivamente los espejos retrovisores, esperando ver las luces azules de la policía persiguiéndonos. Pero no había nadie. Solo el tráfico denso del mediodía y nuestra propia paranoia ocupando el asiento trasero. Mis manos seguían temblando sobre mi regazo. Tenía la ropa impregnada de ese olor metálico y acre del puerto, una mezcla de gasoil y miedo que se me había pegado a la piel. —Russo... —susurró Bautista, rompiendo el silencio tras veinte minutos de conducción errática—. El viejo Russo está detenido. Lo vi por el espejo mientras salíamos. Varela le puso las esposas. —Lo sacaremos —dije, intentando sonar firme, aunque sentía gana

