El martes amaneció con un cielo de color hematoma, una mezcla de morado y gris oscuro que amenazaba con descargar una tormenta eléctrica sobre el puerto de Buenos Aires. Era el escenario perfecto para un crimen, o para una ejecución. Me desperté antes de que sonara la alarma. En realidad, no había dormido. Había pasado la noche mirando el techo de la habitación de invitados, escuchando la respiración acompasada de Bautista a mi lado (se había negado a dejarme sola) y la de Leo en la cama de al lado. Una extraña y retorcida familia durmiendo junta antes de cometer un delito federal. A las seis de la mañana, Bautista ya estaba vestido. Pantalones oscuros de trabajo, botas de seguridad y una chaqueta impermeable negra. Parecía un mercenario, no un CEO. Yo me vestí igual: vaqueros negros, bo

