Mendoza nos recibió con un cielo de un azul insultante y un aire seco que raspaba la garganta. La finca "Los Viñedos" estaba ubicada en el Valle de Uco, lejos de las bodegas turísticas y los hoteles boutique. Era un terreno vasto, salvaje, pegado a la precordillera de los Andes, donde la civilización parecía rendirse ante la montaña. Bautista iba al volante, en silencio, mirando el paisaje. Hacía años que no pisaba esta tierra. Yo iba a su lado, con una mano en el vientre y la otra agarrada al asa de la puerta mientras el vehículo saltaba por el camino de ripio. —Ahí está —dijo Bautista, señalando hacia adelante. La casa apareció entre una arboleda de álamos viejos que actuaban como cortavientos. No era la típica estancia colonial elegante. Era una construcción de piedra gris, maciz

