La corona de espinas y rosas

2075 Palabras

Un año después. El sol de la mañana entraba a raudales en el dormitorio principal de la Mansión Gordon, pero esta vez no iluminaba una escena de soledad o miedo. Iluminaba el caos hermoso de una familia viva. —¡Papá! ¡Papá, mira! —gritó Leo, saltando sobre la cama king size con la energía inagotable de un niño de cuatro años—. ¡Soy un cohete espacial! Bautista, que intentaba abrocharse los gemelos de la camisa frente al espejo, se giró con una sonrisa paciente. Llevaba el pantalón del esmoquin puesto, pero el torso desnudo, y aunque tenía algunas canas nuevas en las sienes (el precio de dirigir un imperio bajo escrutinio constante), se veía más relajado, más sólido que nunca. —Los cohetes espaciales no saltan en la cama de mamá, Leo. Despegan desde el suelo —dijo Bautista, atrapando

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