Dos años después. La adolescencia en la casa Gordon no fue una explosión nuclear, como temía Bautista, sino más bien una guerra fría de personalidades divergentes. Leo y Lucas eran el día y la noche, orbitando en el mismo sistema solar pero con gravedades opuestas. Leo era el sol. Brillante, ruidoso, magnético. Había heredado el carisma peligroso de los hombres Gordon. Era el capitán del equipo de rugby del colegio, el chico al que todos invitaban a las fiestas y el que acumulaba multas de tráfico imaginarias antes incluso de tener el carnet. Tenía a las chicas (y a algunos chicos) del colegio suspirando por los pasillos, y él navegaba esa atención con una mezcla de disfrute y aburrimiento principesco. Lucas era la luna. Reflexivo, pálido, misterioso. Se había estirado, perdiendo

