El viento del Río de la Plata soplaba con fuerza esa mañana, trayendo el olor a salitre, gasoil y humedad que siempre había caracterizado al puerto de Buenos Aires. Pero para mí, ese olor tenía otro matiz: olía a miedos antiguos y a victorias recientes. Estaba de pie junto a Bautista en la zona VIP de la Terminal 4. Ambos llevábamos cascos de obra blancos con el logotipo de Gordon Enterprises y chalecos reflectantes sobre nuestra ropa de abrigo. Bautista me rodeaba la cintura con el brazo, protegiéndome del viento. —¿Estás seguro de esto? —le pregunté, mirando el edificio que teníamos delante. Era el viejo edificio de administración de la Terminal 1. Un bloque de hormigón gris, brutalista, construido por su padre Augusto en los años setenta. Allí había estado el despacho de Ignacio.

