El jardín de la Mansión Gordon se había transformado. Bautista había cumplido su palabra (a medias): no había quinientos invitados, pero tampoco era un simple asado. Había creado un bosque encantado. Guirnaldas de luces cálidas colgaban de los árboles centenarios, y las mesas estaban decoradas con cientos de peonías rosas, tal como él quería, creando una atmósfera de sueño de una noche de verano. Bajé las escaleras del porche del brazo de mis hijos mayores. Leo, con un traje de lino beige desenfadado pero elegante, y Lucas, con una camisa blanca impecable y pantalones oscuros. —Mamá, ¿dónde está la cumpleañera? —preguntó Leo, buscando entre los invitados—. ¿Se ha fugado ya? —Está terminando de arreglarse. Ya sabéis cómo es. —Espero que no baje con las botas militares —comentó Lucas

